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La senda del mar

TEXTO LUIS MIGUEL BUGALLO PAZ   | 16.04.2017 
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La Senda del Sar discurre paralela a la calle de Camilo Otero. En realidad viene a ser la misma calle. Y a lo largo está la senda propiamente dicha, frontera de un campo y un breve curso del río que cantara Rosalía, en la zona baja de los verdes campos que llevan a pie al Hipercor. Que, pese a su belleza bucólica, la de los campos, naturalmente, nadie transita, por razones obvias, y por la existencia además de un buen aparcamiento gratuito.

Ahí están las esculturas. La piedra, que sólo sabe su verdad, es indiferente a todo y a todos nosotros. Por eso, verla, contemplarla al pasar, como quien no quiere la cosa, con mirar distraído, o sea, seda el espíritu mogollón y nos tranquiliza. Nos hace el psicoanálisis, sin más. Porque la piedra dos canteiros de Poio no sabe mentir ni engañar. Es maciza y precisa. Calla, escucha, pero no otorga. Tiene peso y la misma gravedad de todo lo que es muy cierto: Gravidez. Como la mujer preñada es la piedra. Pero luego ocurrió que esta piedra cayó en manos de los escultores de Poyo, ("os canteiros de Poio"), ya dijimos, que han logrado, trabajando arduamente, (o eso creo), repetir el día primero de la Creación. Cuando se logró tallar el cuerpo de los hombres, y de las mujeres, (para no discriminar) que es materia final. Y lo decimos por eso con lenguaje emocionado y en el día de hoy, que es luminoso y templado. Morno, quentiño, decimos en buen gallego.

 


Veo aquí, en esta senda, repetidamente, nuestro cuerpo tallado, no en basalto, que sería el original en negativo, sino ya en piedra más luminosa, en granito (cuarzo, feldespato y mica) no del todo luminoso, pero casi, como es el cuerpo humano, mitad y mitad, mitad de luz, mitad de sombras. Golpeando los canteros, con esfuerzo bien medido, a uno y otro lado, en el día y en la noche nuestra, con martillo y cincel, lograron que la piedra se enterase de quienes somos, que supiese de nosotros todo lo que hay que saber: Decir, vaciar en ella, toda nuestra memoria. Callar la incertidumbre. Que tanto pesa.

 


El beso, no inferior a Rodin, el gaitero, (mejor en gallego, o gaiteiro). la despedida, el niño en brazos de su padre, la costurera (a costureira)... ¡Una auténtica gozada! Estas piedras de los canteros de Poio parecen vivir. Pero no hablan ni escuchan. No sienten ni padecen. Son inexpugnables tanto a la alegría como al dolor. Parece que supieran, de modo misterioso, la consistencia indestructible de las cosas hermosas y buenas. Y tienen el peso y la gravedad de lo muy cierto. Parecen saber suficiente metafísica como para mostrar su verdad, la verdad, a todo bicho viviente que la quiera saber. Una verdad que fuese permanente porque fuese callada. Lo hecho en piedra es inmutable, aunque no sea eterna esa verdad, pero sí lo suficientemente duraderas para llegar más lejos que nosotros. Salvo que venga un talibán y las destruya: Porque esos ya son de otra tribu. No son de los nuestros. Evidentemente.

 


Los santiagueses que se acerquen a la calle de Camilo Otero, que es nombre de famoso escultor, donde se inician los jubilosos campos que llevan al Hipercor, se encontrarán con un buen número de esculturas en granito a lo largo de un paseo por donde circula muy cercano un arroyo campero, que es el mismo Sar en su niñez, que, ya mozo y de buen ver, allá por Bastavales etc. vino a ser cantado por nuestra inolvidable Rosalía.

Debemos agradecer al Ayuntamiento de Santiago, (porque es de mucho agradecer), este enorme regalo que nos hace, que hay que ir a ver con mucha frecuencia. Todas las semanas. Todos los santiagueses. Y agradecer también a la escuela de canteiros de Poio su gran talento narrativo, por una obra de enaltecimiento de lo más auténtico o enxebre que pueda haber en nuestra Galicia.

 


Deben continuar un poco más, muy poco más. Con obras inspiradas ahora en la mujer, que nos parece que haya sido algo, no del todo, abandonada, porque la mujer está en una despedida, (las despedidas gallegas, tan dolorosas, que hasta aquí la piedra nos parece llorar) y está a costureira. Les pedimos, al menos, una sola escultura femenina que echamos mucho en falta, y necesitamos: La madre.

La madre nuestra de cada día. Y, a su lado, la vaca. Que es nuestra diosa madre también, pues siempre nos dio de mamar. Desde que éramos niños. Tal como Isis en el viejo Egipto, la vaca Hathor.

Sobre la cuerna de la vieja madre, (Murillo lo debió pensar así) se alzó María, Madre de Jesús y Madre nuestra.