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Transporte y desarrollo urbano

F. JAVIER VARELA TEJEDOR / TÉCNICO SUPERIOR DE INSPECCIÓN DEL TRANSPORTE   | 08.07.2018 
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Los sistemas de transporte influyen decisivamente en las condiciones y características del desarrollo urbano. El transporte público contribuyó a configurar las ciudades desde finales del siglo XIX hasta avanzado el siglo XX, etapa en la que los centros urbanos eran densos y compactos, las calles eran espacios de convivencia, y los peatones y las ciudades crecían estructurándose principalmente en torno a las líneas de transporte existentes. Sin embargo, en los últimos 50 años, los sistemas de transporte se han caracterizado por un gran incremento del uso del automóvil particular, con el consiguiente desarrollo de infraestructuras viarias y de espacios destinados al aparcamiento.

Este modelo basado en la dependencia del automóvil ha desempeñado un importante papel en la estructuración del desarrollo urbano y suburbano en torno a los corredores viarios, produciendo un uso segregado, aislado, disperso y de baja densidad en el que el transporte público ocupa una posición secundaria, lo que ha originado efectos adversos tales como: congestión y pérdida de productividad y de tiempo de desplazamiento; mayor coste del transporte para la comunidad; pérdida de espacios verdes valiosos; mayor consumo de energía para el transporte de pasajeros; contaminación y sus consiguientes problemas para la salud; contribución al cambio climático; menor calidad de vida urbana; problemas de salud provocados por la falta de ejercicio físico; exclusión social de quienes no pueden permitirse vivir cerca del centro urbano y no tienen acceso a un automóvil particular.

A lo que debemos añadir que esa tipología de expansión urbana hace que el transporte público y otras formas alternativas al automóvil resulten menos viables, generándose así un círculo vicioso, ya que la menor demanda de transporte público hace que éste reciba una cantidad menor de recursos, lo que, a su vez, genera una reducción de los servicios, etc. Para romper este círculo vicioso, sería necesario que los planificadores urbanos y de transporte, los responsables de la toma de decisiones (a nivel local, regional y nacional) y los promotores inmobiliarios adopten un nuevo enfoque con respecto a la relación entre la planificación urbana y el transporte público. En todas las ciudades del mundo, la integración del transporte y de la planificación urbana constituye un reto en gran medida sin resolver.

La integración de la planificación urbana y el transporte público, solo supone ventajas, ya que ayuda a mejorar la calidad de vida, el desarrollo socioeconómico y la regeneración urbana. La mejora del transporte público como parte de un paquete de inversión no sólo amplía las opciones de transporte (elección modal) y la accesibilidad, sino que también puede aportar mejoras al entorno urbano al potenciar una mayor inversión y unos servicios mejores en la ciudad.

Los organismos de planificación del transporte regional/metropolitano, como el Consorcio Regional de Transportes de Madrid, constituyen un ejemplo de cómo desempeñar un papel mucho mayor en la planificación del uso del suelo por el simple hecho de tener una visión metropolitana. Analizando los ejemplos que han puesto en práctica esa integración podemos extraer las siguientes recomendaciones:

En las ciudades de hoy, donde la movilidad cada vez se está convirtiendo en un fenómeno que trasciende su ámbito físico, la visión metropolitana del transporte público y del desarrollo territorial tiende a ser más acertada y los casos que mejor funcionan son aquéllos en los que se otorga a un organismo metropolitano algunos poderes para la planificación y ejecución. Hay que promover siempre la participación de las autoridades de transporte público en los procesos de toma de decisiones urbanísticas.

 


Las políticas que dan preferencia a un desarrollo más denso en torno a los nodos de transporte público se pueden complementar con unas políticas que desalienten el desarrollo en otras áreas.

Y, por último, también es fundamental asegurarse de que todas las partes interesadas se reúnan en una mesa multisectorial y con activa participación ciudadana.

Dicho esto, hay tres factores básicos que pueden mejorar las posibilidades de aumentar el número de usuarios del transporte público y mejorar la vitalidad urbana: el desarrollo orientado hacia modos sostenibles, un transporte público de calidad y la gestión del acceso de los automóviles.

Un desarrollo urbano denso, compacto, de uso mixto y orientado hacia los peatones, con una buena conectividad entre calzadas y aceras, aumentará la probabilidad de captar usuarios para el transporte público. Son factores clave además, que los edificios susciten el interés del peatón a nivel del suelo y la adaptación del espacio urbano para crear lugares, en los que vivir, y convivir, que incorporen el transporte público de un modo funcional.

No obstante, una mezcla de usos no es condición suficiente para que las ciudades o sus barrios sean más interesantes, también es necesario que se use más el transporte público. Los ciudadanos deberían poder llegar a todos los destinos necesarios habituales, haciendo uso del transporte público o trasladándose a pie o en bicicleta. Además, las estrategias de crecimiento metropolitano deben garantizar que los generadores principales de nuevos desplazamientos (centros de empleo, colegios, universidades y centros comerciales, entre otros) se ubiquen cerca del transporte público.

El transporte público debe pensarse no sólo para ofrecer accesibilidad y facilitar la movilidad, sino también para aumentar la calidad de la zona urbana circundante. Hay que cuidar que el diseño de las estaciones, las paradas y las terminales resulten agradables para los peatones y usuarios.

Hay que prestar también una especial atención al transporte multimodal, que no es necesario que se dé en todas las estaciones, pero sí a nivel del sistema integrado de transporte, facilitando los aparcamientos y el acceso para bicicletas, al tiempo que una accesibilidad de calidad para los peatones, maximizando asimismo la integración entre el autobús y los sistemas ferroviarios y singularmente los trenes de cercanías para aumentar la gama de destinos accesibles, lo que contribuiría a mejorar la competitividad del transporte público frente al automóvil particular.

No debemos olvidar tampoco las políticas que ofrecen incentivos económicos y prácticos para fomentar la elección de modos sostenibles y que hacen visibles los costes reales del uso del automóvil. Así por ejemplo, si resulta lento utilizar el automóvil para acceder a una zona céntrica o a un centro de trabajo debido a la congestión y, sin embargo, el transporte público es rápido, fiable, cómodo y económico, éste último será la opción más clara para un mayor número de ciudadanos, al incluir medidas de gestión del aparcamiento, tasas por congestión, zonas de bajo nivel de emisiones, tarifas integradas para el transporte público, etc.).

La integración del transporte público y de la planificación urbana aporta pues muchas ventajas. La gestión del desarrollo espacial reduce la necesidad de desplazarse, el transporte público de calidad permite atender con facilidad y eficiencia los desplazamientos, y las áreas metropolitanas en las que se implantan estos proyectos se vuelven más accesibles, generando otras ventajas socioeconómicas.

Es evidente que el desarrollo urbano y el transporte público tienen una influencia recíproca: la integración activa de ambos nos permite aprovechar aún mejor esas ventajas mutuas. Lograr tal integración efectiva requiere una visión de futuro estratégica y convincente, un marco institucional propicio y modelos financieros sostenibles.