Durante muchos años no conoció el descanso durante el verano, que llenó de canciones, simpatía y un gran amor a su público en las principales romerías y fiestas de Galicia. Pero la enfermedad que sufre, contra la que viene luchando con fuerza e ilusión, le ha obligado a cambiar radicalmente de vida. Aquellos veranos de estrella de la canción, trabajando de noche y durmiendo de día, haciendo miles de kilómetros, cansada de firmar autógrafos y de dejarse fotografiar, siempre amable con sus fans, han dado paso a unos días llenos de paz, donde lo que prima en la casa es su cuidado, el máximo cuidado.
La vida actual de Ana Kiro es metódica y muy ordenada. Se levanta la artista a las nueve de la mañana y desayuna. Muy poca cosa, pues fue operada del estómago el año pasado y desde entonces, según sus palabras, come "coma un pitiño". Carlos, su esposo, que fue un cotizado cocinero profesional e hizo carrera por el mundo, incluso en los mejores cruceros del Caribe, se desvive por prepararle con amor los platos que más le gustan, pero su cuerpo los rechaza. Confiesa que desde noviembre ha perdido veinte kilos. Luego, siempre dependiendo de cómo se encuentre, hace diez minutos de cinta andadora, que repite, si puede, por la tarde. La siesta es sagrada, aunque breve. Le sigue un poco de ejercicio: unas vueltas por el jardín, o por el paseo de Mera, un rato a pie y otro en la silla de ruedas. Pero todo ello en dosis muy pequeñas porque se cansa mucho, incluso cuando habla. Dice que le faltan energías y que en su vida estuvo tan delgada. Pesaba setenta y dos kilos y medio y está en cincuenta y dos y medio.
Cada veintiún días, la artista se somete a una sesión de quimioterapia. Ahora recibe el tratamiento con Yondelis. La quimio gallega, dice, y le brillan los ojos. Tiene mucha fe en este fármaco. Y no es para menos. Porque sabe muy bien que el médico le había dicho a su hija, al principio, cuando le descubrieron el mal, que estaba tan invadida que sólo le quedaba año y medio de vida… Y van cuatro y medio.
Llama la atención su fuerza interior. Ella, generosa, dice que es gracias a Carlos Rivero, su marido; a su hija Mari Carmen; a sus nietos y a los amigos que siempre llaman y se preocupan por su estado. Pero Ana es, además, una mujer de fe. "Siempre fui creyente", confiesa, "aunque poco practicante, por mi profesión. Ahora voy a misa, comulgo y le doy gracias a Dios por todos estos años que me está dando. En este mes de agosto hace dos años que Carlos y yo nos casamos por la Iglesia, cuando pudimos hacerlo. Tengo una gran devoción al Apóstol Santiago, que ya me ha ayudado muchas veces. He estado afónica, le he rezado al santo y he podido cantar perfectamente. Ya hice una parte del Camino y, si me recupero, volveré a hacer otra etapa".
De su médico, el doctor Rafael López, director del departamento de Oncología del CHUS y presidente de la Sociedad de Oncología de Galicia, habla con un cariño inmenso. Y de sus nietos, ya se lo imaginan. Es una abuelaza. Iñaki, el mayor, tiene un negocio en Sada y cumplirá veintiséis años el próximo día veintisiete. Eva, que sigue sus pasos –ya cantó con ella en sus discos– y estudia Arte Dramático, cumplirá los veinte en octubre.
Y una novedad: la artista quiere dictar sus memorias y le gustaría que las escribiera un periodista amigo, compositor de varios de sus éxitos. Mientras, sigue su lucha y natural, como lo ha sido siempre, pide a sus admiradores que recemos por ella.
ARTES Y LETRAS
Canción: ‘El amor desolado’, de Alberto Cortez.
Disco: ‘Marinero de luces’.
Película: ‘El jurado’, de A. Hopkins.
Libro: ‘Cantares Gallegos’.
GASTRONOMÍA
Vino: Albariño.
Queso: el de Arzúa.
Plato: todos los de mi marido.
Restaurante: A casa do arxentino, de Mera.
OCIO
Automóvil: Mercedes.
Deporte: ahora, estar sentada.
Televisión: Telexornal.
Radio: poca.
LUGARES
Para vivir: Mera.
Para veranear: Marbella.
Ciudad: Barcelona.
NOMBRES PROPIOS
Político: Manuel Fraga.
Deportista: David Meca.
Escritor: Vázquez Figueroa.
Modisto: Roberto Verino.
ESTACIÓN
El verano. Todo se llena de luz.
FRASE O REFRÁN
Si de noche lloras por el sol, las lágrimas te impedirán ver las estrellas (Tagore)
