Se alcanzaba la vigésima edición de la gala de entrega de los premios Gallegos del Año y, ante el éxito de las ediciones anteriores, se había optado por cambiar el escenario y acudir al Palacio de Congresos de Santiago para poder atender a todas las solicitudes. El éxito fue total. Más de mil quinientas personas, de todos los estratos sociales llegados de las cuatro provincias gallegas, abarrotaron el local para arropar a Gerardo Fernández Albor y a los doce Gallegos del Mes. Pero no sólo hubo cantidad. Los asistentes supieron apreciar el valor de los galardonados y aplaudieron a rabiar las intervenciones de todos ellos. El ex presidente Albor, hombre bueno, recibió una de las más sonoras ovaciones que se recuerdan en el Palacio de Congresos. Pero hubo más. El franciscano Francisco Castro hizo saltar la emoción; la alpinista Chus Lago, el sentido de la aventura; María Castro, toda la alegría que lleva dentro; María Esporas, la solidaridad; Rosa Aneiros, el compañerismo; Carlos García, López Alsina y Fraga Bermúdez convirtieron en normalidad sus conocimientos; Manolo Pazo nos transmitió su emoción; Fonseca, su grandeza; y María del Carmen Andrade, su saudade. Y todos echamos de menos a Neira Vilas. Fue inolvidable. Es histórico.