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Se cumplen 141 años de la mayor tragedia pesquera de Galicia en Porto do Son

Maqueta de una volanteira como las que naufragaron, y que actualmente está depositada en el Museo Marea de Porto do Son.  - FOTO: J.S
Maqueta de una volanteira como las que naufragaron, y que actualmente está depositada en el Museo Marea de Porto do Son. - FOTO: J.S

10.02.2020 
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FUERON 28 LOS NÁUFRAGOS, QUE DEJARON DIECISIETE VIUDAS
 
El de 1878-1879 fue uno de los inviernos más duros de los que quedan memoria en Galicia y Europa, hasta el punto de que algún geógrafo lo cataloga como el año que puso fin a la conocida como Pequeña Edad de Hielo que otros fijan unos cuantos años antes. Monet lo inmortalizó en sus cuadros con el deshielo del Sena en los alrededores de París. En Escocia se lamentaban que de noviembre a febrero la helada escarcha penetraba en el suelo hasta las 18 pulgadas de profundidad. Padrón se vio inundado en varias ocasiones a lo largo de la dura época invernal. En Baiona las autoridades locales habilitaron donativos para alimentar durante semanas a las familias de los pescadores que no podían faenar y en A Guarda entregaron préstamos sin intereses ni plazos, y siempre a devolver cuando se pudiera.

Pero donde realmente las inclemencias meteorológicas tiñeron de luto a todo un pueblo fue en Porto do Son, el 8 de febrero de 1879, cuando dos de las nueve volantas que habían aprovechado un claro para retirar aparejos no lejos de Monte Louro se vieron incapaces de sortear una repentina tormenta de lluvia, fuerte oleaje y viento, que se tragó a dos de ellas, ‘Minerva’ y ‘Lucita’, y a sus 28 tripulantes, quince de la primera y trece de la segunda. Las otras siete que les acompañaban en la faena pudieron retornar a tiempo a puerto no sin luchar denodadamente con el fuerte oleaje.

Cuando el pueblo tuvo noticia se volcó entre desesperado e incrédulo en la playa que desde Subigrexa deja ver Monte Louro, al otro lado de la ría. Con la mirada colgada en ese horizonte infinito que las tragedias del mar marcan para siempre, diecisiete viudas, cuatro de ellas embarazadas, y cuarenta huérfanos; la otra cara de la tragedia. Un suceso que movió y conmovió a la solidaridad de toda Galicia y aún de España en las siguientes semanas, llenando de decenas de crónicas los periódicos de la época.
 
Madrugada del día 8 de febrero de 1879 –hizo 141 años–. Luego de semanas de ininterrumpidos temporales de lluvia y viento que apenas había posibilitado faenar a las lanchas volanteiras dedicadas a la captura de merluza y abadejo y aprovechando unos momentos de sosiego de las inclemencias marinas, nueve de esas embarcaciones –tripuladas cada una de ellas por entre 12 y 15 hombres– se hicieron a la mar para recoger los aparejos largados ocho días antes a 14 millas del puerto y no lejos de Monte Louro.

Estaban ya en el lugar de destino cuando una huracanada fuerza del viento y lluvia les obligó a abandonar toda faena y dirigirse al abrigo de puerto a la mayor brevedad. Siete lo consiguieron no sin dramáticas escenas –“arrollándolos de tal manera, que se dieron todos por náufragos, y sólo después de heroicos esfuerzos y haciéndose superiores al inminente peligro en que se hallaban, pudieron darse a la vida refugiándose siete de aquellas y pereciendo dos”–, señalan los diarios de la época, pero no así Minerva y Juanita, con sus respectivas tripulaciones, víctimas, como se señala, de “una manga de viento que cruzó por fuera de la mar de Montelouro, ahogándose toda la tripulación, consistente en quince individuos de la marinería del Puerto del Son, no salvándose de ellas más que diez y nueve volantas, unas cubetas de achicar  y dos pedazos del carro, arrojados por la mar al Distrito de Corcubión”, según aparece anotado en el correspondiente folio del buque Minerva, el 185, “según altas y bajas de este Distrito, perteneciente al mes de marzo, aprobado por la Comandancia en 7 de abril del mismo año” y que puede verse en el museo Marea de Memoria Mariñeira, en la localidad sonense.
La embarcación Minerva, propiedad de Benito Ben, había sido matriculada con el citado folio el “12 de abril de 1865 con las dimensiones siguientes: 41 cuartas de quilla=48 de eslora=15 de manga=6 de puntal=Carga 50 quintales”. Días después llegarían también a esas costas, peinadas metro a metro por los desesperados vecinos, más restos de las lanchas pero ninguno de los cuerpos de las dos tripulaciones. Restos que se encontraron en Queiruga y en la muradana de San Francisco.

J. SALGADO
Ofrenda floral de los pescadores de O Son el Día del Carmen de 2007 a los pies de Monte Louro, lugar de la tragedia de 1879.
FOTO: J. SALGADO

DAÑOS. Los desperfectos, según apunta a este diario el profesor sonense Manuel Mariño del Río, fueron tasados en apenas veintiocho reales en la que es una de las mayores tragedias pesqueras de Galicia, según los datos de que se disponen y que con tanto rigor sigue recopilando Rafael Lema referidos a toda la costa gallega y que se consultaron para esta entrega.

El temporal hizo naufragar a la Minerva, con sus quince marineros a bordo, a saber, Francisco Maneiro, que dejaba viuda y un huérfano; Daniel Bazarra, viuda embarazada; Carlos Blanco, casado; Agustín González, casado y padre de seis hijos; Bartolomé Ventoso, con viuda y tres huérfanos; Juan Cruz, soltero con tres hermanos menores; José Alvariza, casado y con un hijo; Agustín Zarzón, viuda embarazada; Francisco López, viuda y tres huérfanos;  Eugenio García, viuda y tres huérfanos, Enrique Paz, soltero; José Bem, soltero; Manuel Pensado, casado y con dos hijos; Eugenio García, casado y padre de tres hijos, y Roque Montemuiño, que estaba soltero. Otros trece náufragos ocupaban la volanteira Juanita. Eran Agustín Lourido, que deja viuda y cuatro hijos, Celestino Landeira, viuda y un huérfano; Felipe Abal, viuda embarazada y un hijo: José Ares, casado y dos hijos; Ramón Fernandéz, casado y un hijo; Manuel Pensado, soltero; José Bazarra, soltero; Manuel Ventoso, soltero; José Pensado, soltero; Adolfo Mariño, soltero; Antonio Carballo, soltero, Juan Cruz, casado y con cinco hijos, y José Avilés, que fue otro de los que dejó viuda embarazada.
Al conocer la noticia “el pueblo todo salió a las playas del puerto y allí era de ver escenas conmovedoras que quedan para siempre grabadas en la mente, pero que la pluma se resiste a reseñar”, recogía la Ilustración Gallega y Asturiana, que se lamentaba de la situación de miseria en que quedan familias enteras, alguna de ellas con hasta siete náufragos, haciendo un público llamamiento a Gobierno y sociedad civil en demanda de ayuda, del mismo modo que hace un año, decía por su parte la santiaguesa Gaceta de Galicia, “hemos admirado la actitud de España entera y de la prensa en masa, a propósito de las víctimas del Cantábrico”, precisaba  aludiendo al 20 de abril de 1878, Sábado de Gloria, cuando la bonanza del día cambió de improviso a una feroz galerna que se cobró la vida de trescientos veintidós pescadores.

Y, en efecto, esa ayuda, institucional y privada, llegó tan pronto la noticia del suceso conmocionó a toda España. En los días siguientes, la mayor parte de los periódicos gallegos, entre ellos el entonces aún joven EL CORREO GALLEGO –había nacido apenas unos meses antes, en agosto de 1878–, publicaron numerosas relaciones de donantes, tanto en reales como pesetas, que en ininterrumpida cadencia llegaban de toda la geografía y todas las entidades públicas y privadas.

Entre las actitudes más solidarias, destacan los periódicos de la época la protagonizada por el gobernador de la provincia, Antonio de Candalija, que creó una Junta Provincial de ayuda a las víctimas con autoridades civiles y militares, entre las que figuraban los diputados provinciales del partido judicial de Noia,  Juan Antonio Rodríguez y Buenaventura Pla Huidro quienes serían los comisionados para una más justa distribución de lo recaudado.

Se habilitaron de inmediato 10.000 pesetas, en suscripción abierta por el Arzobispo compostelano con 500, además de  telegrafiar al Gobierno en solicitud de ayuda y lograr las primeras 3.000 pesetas del Fondo de Calamidades, ordenó reunir a la diputación provincial, ofició al resto de gobernadores de Galicia así como a los alcaldes y abades en demanda de apertura de suscripciones públicas y telegrafió también a los diputados en Cortes, sin olvidarse de entidades como Círculo Mercantil, Junta de Agricultura, Liga de Contribuyentes, Sociedad Económica de Santiago, sociedades de recreo, entre otras.

Las principales aportaciones compostelanas llevaban los nombres del Recreo Artístico e Industrial de Santiago, los casinos de la Rúa do Vilar y de la Rúa Nova, la práctica totalidad de las parroquias de la ciudad y apellidos tan arraigados como los Pintos, Harguindey, Acosta, Peón, Oreiro o Santamarina.

Tanto la Ilustración Gallega y Asturiana, con la firma del historiador Manuel Murguía, como EL CORREO GALLEGO publicaron a los pocos días sendos editoriales que abrían sus portadas y en los que reclamaban medidas administrativas que contemplaran los correspondientes seguros y fondos de prevención para afrontar la delicada situación en que quedaban las familias de tantos marineros como se cobraban cada año las inclemencias meteorológicas.

“Los periódicos de Galicia lo han dicho ya, nuestros campesinos empiezan a ser víctimas de la más cruel y encarnizada de las usuras. Nuestros campesinos tienen ya delante de sí, como un espectro amenazante, no sólo el hambre, sino sus compañeras la usura y la peste”, firmaba el esposo de Rosalía de Castro, elevando su petición a la no más favorable situación del campo gallego por el invierno que acabó con cosechas y despensas. Por su parte este periódico, más centrado en las tragedias marinas, también editorializaba en su número 176 de 27 de febrero “Mejor que acudir a remediar las desgracias cuando estas ocurren, es anticipar el auxilio, preveerlas y tratar de evitarlas. ¿Cabe hacer esto último respecto a los siniestros marítimos que tanto deploramos? Creemos que sí en lo que a lanchas pescadoras y botes de pasaje se refiere”, apuntaba.
 

PUERTO REFUGIO. Las inclemencias meteorológicas de aquellas semanas se cobraron más víctimas que se traen aquí recogidos de distintas publicaciones de la época y de la obra Catálogo de Naufragios de Rafael Lema.

Así, al día siguiente del suceso de O Son, el bergantín Nemesia, de Barcelona, naufragó en Couso –Ribeira–, perdiéndose el buque y el cargamento que conducía para Coruña y Puebla, salvándose la tripulación, menos José María Miramontes López, de Rois,  y Juan Francisco Miguens, de A Pobra. En la localidad coruñesa de Ares naufragó uno de los dos botes que viajaban con cuatro marineros y 17 marinos de guerra del Villa de Bilbao. Se salvaron todos menos el patrón, Andrés Guillén Ventureira, que deja viuda y cinco hijos, y su cuñado Darío Fernández Rocha, con viuda y tres hijos.Tres marineros perdieron también la vida en las proximidades de Vigo mientras el mercante del Adolfo perdió, por caída al mar, a José Campos Patiño, de Sada.

El día 25 de febrero encalló en Pena das Animas, cerca del coruñés castillo de San Antón, el buque inglés Memphis.

La Ilustración Gallega y Asturiana pedía, ante la persistencia de los temporales marítimos, un “verdadero” puerto refugio entre Galicia y Asturias porque “la humanidad clama sin cesar por esta obra, y la humanidad no debe ser nunca desatendida”.