Sobrevivir a flote: la historia de un okupa con permiso para vivir en un viejo barco
Tras el desalojo del edificio en el que había estado de okupa en Ribeira, Tino buscó refugio en un pesquero que está a la venta. Los zarpazos de una "mala vida" dejaron surcos en su piel, pero él no pierde la sonrisa y se busca la vida día a día vendiendo lo que pesca y con lo que le dan marineros y armadores por pequeñas tareas.

Constantino Manuel Martínez Cameán, Tino, tiende la ropa en la popa del pesquero 'Tres de sempre'. / Suso Souto
Constantino Manuel Martínez Cameán, Tino, tiene 58 años y sueña con jubilarse. Sueña también que navega sobre un mar tranquilo. Pero cada madrugada se levanta a las cuatro, sin necesidad de despertador, para salir a buscarse la vida. Lanza la tira de anzuelos y vuelve a las seis.
Desde que fue desalojado del edificio en el que residía en el centro de Ribeira junto a otra veintena de okupas, vive en un pequeño barco inactivo, amarrado al muelle porque está en venta.
Pero ahora Tino no es un okupa, porque ha tomado el Tres de sempre al abordaje... con permiso de su dueño.
En la popa, entre cajas de pescado, ha colocado un tendal. En la cabina, un pequeño catre. A bordo no tiene cocina, ni nevera... No tiene nada más que sus enseres personales y su ropa. "No puedo tener nada, porque me lo roban", lamenta.
"Soy feliz"
Si reúne el dinero suficiente, compra algo de comida. Cuando no, el mar siempre le bendice con algo. Pero sus dos hijas acuden de cuando en vez a llevarle provisiones. Sonríe al hablar de ellas, y de sus cuatro hermanas. "Las quiero mucho y me quieren mucho", dice, al tiempo que aclara que "vivo aquí y así por mi mala vida y por mi mala cabeza". Sus problemas, dice, son de lo poco que le pertenece. "Soy feliz, porque, pese a no estar con ellas, mis hijas me quieren mucho", asegura.
De la sonrisa, Tino pasa de inmediato al llanto, al relatar cómo el Día del Padre le robaron la compra que, por importe de sesenta euros, le habían llevado sus hijas. "Me da rabia que puedan pensar que lo revendí", dice.

Desde hace un año, Tino vive en el pesquero 'Tres de sempre', que está en venta, amarrado al muelle de Ribeira. / Suso Souto
Al hacer memoria sobre su vida, saca pecho y vuelve a sonreír, con orgullo. Nació en la parroquia de Oleiros. Empezó a trabajar a los 16 años como peón de albañilería. Luego se dedicó a descargar sal de las embarcaciones; fue estibador; estuvo empleado en la empresa Frinsa, cuando la planta aún estaba en el centro de Ribeira; y, tras quedar como excedente de cupo en la Marina (exento de realizar el servicio militar obligatorio, al haberse superado el número de reclutas anual establecido), se echó al mar... para pescar sardinas. "Cobraba unas 15.000 pesetas a la semana", recuerda.
Trabajó también en una empresa comercializadora de pescado; "en una granja de conejos, que luego fue vivero y, más tarde, camping", relata; y volvió a la construcción.
Del Gran Sol a Argentina
"Participé en las obras de las naves de Neumáticos Tino, de la ITV, del Eroski de Xarás... Hasta que un día me propusieron embarcarme rumbo al Gran Sol. Estuve yendo y viniendo durante 24 años", indica.
Cincuenta y ocho años pueden ser pocos, o muchos, dependiendo de la intensidad con la que se vivan. Y la vida de Tino fue dura, pero intensa. Tuvo tiempo para ir a Argentina, donde trabajó en Pescanova, a bordo del Magallanes-2 y del Marunaca, y para volver a Ribeira a faenar en barcos pesqueros. Y en Celeiro, al pincho.
Tino dice que el mundo es muy grande; pero su mundo ahora es un puerto y, su hogar, un barco. Su mundo ahora es muy pequeño.
Su vida se truncó tras la muerte de Samanta, una hija que nació prematuramente; la separación de su esposa; y un conflicto por la custodia de sus otras dos hijas.
Su voz se rompe al recordar esa parte de su vida por la que, además, transitó por la oscura senda de las adicciones.
Son cerca de las cuatro, y Tino debe ir a buscarse la vida. Está apuntado en el INEM; solicitó empleo de jardinero o de barrendero. Pero, de momento, sobrevive vendiendo lo que pesca y lo que le dan armadores y marineros que, además, le pagan por algunos trabajos puntuales: transportar cajas, limpiar o reparar aparejos...
La manta casi está seca ya sobre una cuerda de la proa del Tres de sempre, un barco en el que, por cierto, también faenó "y en el que estuvimos a punto de ir a pique un día". "Entonces se pescaba mucho más que ahora", dice. Pero esa ya es otra historia.