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“Eu xubílome dentro de tres anos, e este estaleiro morrerá comigo”

Martín Senande, dueño de la carpintería Baladiño

Martín Senande, dueño de la carpintería Baladiño / GALP COSTA DA MORTE

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Ribeira

Martín Senande Vázquez pertenece a una saga de carpinteros de ribera de la localidad de Cabana. Su abuelo, Benito Senande, fundó en 1930 el astillero Baladiño, que luego pasaría a su hijo Eduardo. Pero Martín tiene 62 años y “os fillos non queren seguir co oficio”, señala, por lo que, de no mediar milagro, esta histórica carpintería de ribera podría cerrar sus puertas dentro de tres años, cuando él se jubile.

“Eu xubílome dentro de tres anos, e este estaleiro morrerá comigo”, lamenta. De momento sigue tocando madera, pero el último barco que construyó con ella salió de su astillero en 2005. Martín no tiene empleados; afortunadamente, nunca le faltó trabajo con las reparaciones y tareas de mantenimiento.

Igual de pesimista (y de realista) se muestra el dueño de Astilleros Garrido de O Grove, José Garrido. Lo fundó su tatarabuelo José en 1850. Luego pasó a su bisabuelo, a su abuelo y a su padre. “Pero non hai relevo; isto acabará aquí”, señala. En el último lustro, los cinco trabajadores construyeron otras tantas embarcaciones de recreo y tradicionales.

Por su parte, Domingo Ayaso cerró hace seis años el astillero que su bisabuelo fundó con su nombre, y a cuyo frente también estuvieron antes que él su abuelo Manuel y su padre, Domingo. Él sólo construía dornas, hasta que, tras 50 años de dedicación, llegó la jubilación, pero sin relevo.

También el astillero Naumarina de Ribadeo cesó su actividad hace tres años (tenía cuatro empleados). La falta de relevo profesional amenaza asimismo al astillero Catoira de Rianxo, a cuyo frente está Ramon Collazo (su hermano Manuel, fallecido recientemente, lo estuvo también junto a él). Lo fundó su abuelo José Ramón en 1915 y también lo gestionaron su padre, Manuel, y su tío José. En este caso, el fantasma del cierre se cierne sobre un negocio que da trabajo directo a una plantilla de nueve personas, y del que en el último lustro salieron dos bateeiros de 21 metros de eslora, dos embarcaciones de 19 y de 7 metros y cuatro de recreo, y en el que se realizan al año unas doscientas reparaciones.

Y Carlos Fernández, que le pasó su carpintería naval de O Grove a su hijo al jubilarse, lamenta que “ten data de caducidade: non terá relevo”.

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