ARTESANA
Nació entre palillos: 56 años tejiendo arte en Costa da Morte
Lucita Figueroa es una muxiana que ha consagrado toda su vida al arte del encaje tradicional

Lucita Figueroa palillando en el Parador Costa da Morte, en Muxía. / Cedida
Incluso antes de salir del vientre de su madre, Lucita Figueroa ya estaba ligada a su destino. «Escuchaba el sonido de los palillos estando en la barriga», dice entre risas. Esta vecina de Muxía es profesional del encaje e integrante de una dinastía familiar de palilleiras. «Mi abuela se dedicó a la artesanía y fue quien enseñó a mi madre a encajar. Después fue ella mi maestra y la de mis cinco hermanas», explica.
No sorprende que con tan solo seis años ya estuviese manejando alfileres, pues su destreza es tal que la variedad de sus creaciones no tiene límites. Elabora con meticulosa atención al detalle objetos de todo tipo: «Hago desde manteles, tapetes, guantes o pulseras hasta pendientes, marcapáginas y portamóviles. En la pandemia incluso tejí mascarillas».
Aún recuerda con cariño el diseño más complejo y laborioso que ha creado hasta la fecha. «Una vez hice una colcha con hilo de perlé para una cama grande que me llevó más de un año de trabajo», rememora.
Exhibiciones en el Parador
Desde que probó a palillar, Lucita no pudo parar, y aquello acabó convirtiéndose en su forma de ganarse la vida. Con 56 años de experiencia, actualmente se dedica a vender sus diseños en exposiciones artesanales, realizar encargos y hacer exhibiciones en vivo en el Parador Costa da Morte, donde también imparte clases de encaje. Para ella, esta actividad es algo más profundo que una simple manualidad. «Con palos e hilos se pueden hacer obras de arte. Me parece único poder contemplar y contribuir a esa belleza», señala.
Tiene claro, además, que se trata de un saber artesanal que «debe permanecer vigente en las futuras generaciones» y desafiar al paso del tiempo. «No debemos dejar que muera. Es una artesanía de toda la vida que en el pasado evitó que muchas familias pasaran hambre aquí, en la Costa da Morte. Gracias al trabajo de estas mujeres se podía comprar aceite, pan y otros productos que no salían de la labranza. Algunas tenían que trabajar casi día y noche para salir adelante», reafirma.
En cuanto a la metodología que sigue para palillar, explica que no se ciñe únicamente a patrones básicos, sino que también experimenta con diseños más complejos y distintos tipos de hilo. No obstante, una vez se apoya en la almohada, todo fluye a su ritmo: «Lo comparo con cuando un músico sigue la partitura que tiene delante. Los pasos de manejar los hilos, darles las vueltas necesarias y estirar los pares ya me salen de memoria después de tanto tiempo repitiéndolos».
Paciencia y disciplina
Al preguntarle por las cualidades que debe tener toda buena encajadora, Figueroa apunta a dos esenciales: «Hay que tener disciplina, porque son muchas horas ante la almohada entrelazando hilos, y mucha paciencia para trabajar con calma y visualizar los detalles de la creación que nos proponemos hacer».
Cumplidas estas condiciones, el resultado son obras únicas con sello gallego que dejan maravillados a quienes las descubren por primera vez. «En la caseta que tengo en la cascada del Ézaro recibo a personas de todo el mundo que ven los diseños y se quedan fascinadas; piensan que es magia», comenta.
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