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Las piscinas a dos horas de Santiago para nadar en un Monumento Nacional: de un premio Pritzker y con agua salada

Este complejo de baño que fluctúa con las mareas fue diseñado por Álvaro Siza Vieira y es visitado anualmente por miles de bañistas y amantes de la arquitectura

Las piscinas de Matosinhos declaradas Monumento Nacional.

Las piscinas de Matosinhos declaradas Monumento Nacional. / Matosinhos Sport

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A falta de una costa en la que darse un chapuzón en Santiago, las escapadas para veranear junto al mar son habituales entre los compostelanos. Pero pocas de ellas permiten sumergirse directamente en un Monumento Nacional, que ha sido alabado por apasionados de la arquitectura de todas partes del mundo.

El enclave, situado a alrededor de dos horas de la capital gallega, es un conjunto de piscinas que suben y bajan con las mareas de la costa portuguesa. Casi fusionado con el horizonte, este complejo diseñado por el célebre Álvaro Siza Vieira -ganador de un premio Pritzker de arquitectura- fue pionero en el concepto de la piscina infinita y acoge cada año a cientos de bañistas que acuden a disfrutar de sus sinuosas curvas de hormigón y de las vistas a la playa de Leça da Palmeira.

En el arenal, situado en el municipio de Matosinhos, es donde se alzan las conocidas como Piscinas das Marés, que abren su temporada de baño entre junio y septiembre para goce de residentes y visitantes. En ellas, es posible relajarse sin perder de vista el mar en un entorno integrado con la propia roca del litoral portugués, tomarse un piscolabis en el bar y tostarse bajo el sol mientras se aprecia la arquitectura.

Las Piscinas das Marés, un refugio de diseño que cumple 60 años

El viaje desde Compostela hasta estas piscinas de Portugal es uno de esos desplazamientos que, al final, tienen premio. Concretamente, una obra arquitectónica en la que uno puede bañarse y que lleva 60 años despertando la admiración de quienes lo visitan.

Fue hace más de una década cuando el complejo se declaró Monumento Nacional, gracias al hermanamiento de las piscinas con el entorno y la roca natural que las rodea. Desde el paseo marítimo, casi no se pueden distinguir ni los vestuarios ni las duchas, dejándole el protagonismo pleno a unas piscinas que fluctúan con la marejada y que cuentan con zona infantil y espacio para adultos.

El modo de acceder a ellas es a través de unas rampas sinuosas, con formas orgánicas, que destacan especialmente en el camino a la piscina para niños. Allí, la senda es una espiral a dos niveles que entusiasma a los amantes de la arquitectura, quienes acuden a lo largo de todo el año para estudiar el recinto en visitas guiadas.

En verano, los bañistas son los que toman el lugar, especialmente los fines de semana, cuando se llena de familias dispuestas a pasar la jornada. Las tardes son más calmadas y permiten gozar mejor del sonido del mar batiendo contra las paredes de hormigón, aunque el agua, directa del océano, es fría y requiere acostumbrarse.

La primera hora no es la más adecuada para los sensibles a las bajas temperaturas, ya que el viento del mar puede provocar reticencia a descubrirse. Con el avance del día, el sol sobre estas pozas de piedra ya invita al baño -hay que tener cuidado con el calor que desprenden las rocas- o a relajarse en las terrazas de los alrededores, en las que a veces resulta difícil encontrar un sitio.

Según indica la empresa que gestiona el complejo, Matosinhos Sport, el precio de la entrada oscila entre los 13 y los 11 euros para los adultos en función del día y entre los 8 y los 7,50 euros para los menores de 13 años (de 9.00 a 19.00 horas). Si uno se cansa de nadar en el hormigón, puede acercarse a la Playa de Leça da Palmeira, punto de peregrinaje habitual para los surfistas, o a la de Matosinhos, una de las más famosas de Portugal. También es recomendable degustar la gastronomía local en los establecimientos que salpican la costa o visitar otro de los monumentos nacionales de Siza Vieira, la Casa de Chá da Boa Nova, que es hoy un restaurante y se encuentra a unos 20 minutos andando de las piscinas.

Para ponerle el broche a la escapada, se puede volver a coger el coche y afrontar un trayecto de apenas media hora para ver otra de las joyas arquitectónicas que esconde Portugal. Hablamos de un edificio de 120 años con hermosas escaleras curvilíneas tapizadas en rojo, la Livraria Lello de Oporto, que ha sido escogida como una de las librerías más bonitas del mundo.

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