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COLECCIÓN. Tras navegar por todo el mundo, José Manuel Pérez Lustres atesora en Ribeira cuatro mil conchas, corales y animales marinos disecados // Bivalvos que multiplican por diez su tamaño habitual son algunas joyas de sus vitrinas // “Creían que estaba loco; las recogía a escondidas”, dice TEXTO Suso Souto

Mejillón cual raqueta, almeja cual zapato

¿Se imagina jugando al tenis con una concha de mejillón? ¿O pisando la cancha con unas zapatillas japónicas, rubias o babosas? No es ciencia-ficción. El ribeirense José Manuel Pérez Lustres, conocido como Chenel, atesora una impresionante colección de casi cuatro mil conchas de bivalvos, caracolas, corales y animales marinos disecados, algunos de cuyos ejemplares destacan por su descomunal tamaño. En las vitrinas del museo en el que ha convertido su casa hay una concha de mejillón de 72 centímetros de largo, una almeja de 30 (del tamaño del zapato de un adulto), la cáscara de una langosta del Gran Sol de 45 y una vieira de 20 centímetros de diámetro.

La historia de este hombre de mar de 81 años es la de un niño que empezó a dar la vuelta al mundo por capítulos con sólo 14 años, cuando se embarcó en un buque mercante.

A los 18, su destino fue Canarias; a los 20, Noruega. Luego vendrían seis estancias en Australia, dos en Nueva Zelanda, trece años de residencia en un barco en Namibia, etapas en Japón, EE. UU., Turquía...

Se forjó profesionalmente como maquinista de pesca y trabajó en varios talleres en los que se hacían motores de barcos, entre ellos la mítica fábrica El Nervión, de Ribeira.

Y fue precisamente en su tierra natal, Ribeira, donde empezó a cultivar su pasión secreta, cuando tenía veintisiete años, recién casado con Liduvina. “Me apasionaban las conchas marinas y empecé a coleccionarlas. Pero la gente me miraba de reojo; les extrañaba esa afición en un adulto. De pequeño había coleccionado monedas, pero eso era algo que tenían muchas otras personas, y yo quería reunir objetos que no tuviese nadie. Cuando me veían recoger conchas, algunos incluso pensaban que estaba loco. De modo que, para evitar los comentarios, yo decía que las guardaba para llevárselas a los niños”, relata Chenel.

Eran los años en los que Félix Rodríguez de la Fuente empezaba en TVE, con su exitoso programa El hombre y la Tierra, su fructífera labor docente para despertar la conciencia naturalista de los españoles.

La pasión del protagonista de esta historia va más allá de la custodia; cada ejemplar está debidamente identificado, clasificado y etiquetado con su nombre científico. Luego está su extenso conocimiento de la materia, que también fue cultivando con el tiempo. “Esta vieira, con el borde en forma de dientes cuadrados, es del Mediterráneo; la gallega tiene ese borde ondulado”, explica.

La naturaleza se encargó de crear algún ejemplar curioso: como la concha de una Anomia ephippium, que tiene fosilizado el número 23, porque creció pegada a un objeto en el que estaba esa cifra en relieve.

Chenel le ofreció varias veces este valioso material al Concello de Ribeira para musealizarlo. “Nunca me hicieron caso”, lamenta. Sus nietas (Alba y Ángeles) y su bisnieta (Daniela) observan con fascinación los centenares de vitrinas en las que guarda sus tesoros marinos. Sobre una de ellas, le han dejado un regalo, en una pequeña bolsa de papel. Es un puñado de conchas que recogieron en la playa. Chenel las guarda, sonríe... y se seca las lágrimas.

La colección se queda en casa.

04 may 2021 / 01:00
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