DESPEDIDA
Sabina cierra el círculo en Madrid: del tren de Atocha que le acercó a la música al adiós sobre el escenario
El cantautor solo podía poner fin a su carrera en la ciudad que le vio nacer como artista, que ha llevado muchas veces a sus canciones y donde su huella se puede encontrar en numerosos rincones

Joaquín Sabina, durante el último de sus conciertos de despedida en Madrid, este pasado domingo. / Javier Lizón - EFE
Igual que se bajó en Atocha cuando llegó a Madrid para iniciar su carrera en la música, Joaquín Sabina se bajaba anoche de ese arte que le ha convertido en leyenda en la misma ciudad, en un Movistar Arena que está a tan solo unas cuantas avenidas de donde le dejó el tren en su día. Un principio y un final que se encuentran en el mismo punto cardinal, como no podía ser de otra manera. Aquí ha vivido el de Úbeda desde entonces y pocos artistas han contribuido, como él, a aquilatar el carácter de la capital, o al menos una cierta acepción de lo que Madrid significa en nuestro imaginario. Esa ciudad abierta, golfa, más romántica que pragmática en la que el cantante encontró la horma de su zapato, y que tantos madrileños creen que sigue siendo así, aunque en realidad ya no lo sea tanto.
Fue precisamente Yo me bajo en Atocha la canción con la que Sabina arrancó los diez conciertos en la capital que han formado parte de su gira de despedida, siempre después de ese Último vals que emitían las pantallas y que hacía de preludio enlatado en una ceremonia de adioses líricos con voz rasposa de la que no han salido indemnes las 120.000 almas que han llenado, y llorado, sus diferentes funciones. Era salir al escenario el artista y cantar aquello de "con su otoño Velázquez, con su Torre Picasso / Su santo y su torero, mi Atletic, su Borbón / Sus gordas de Botero, sus hoteles de paso / Su taleguito de hash, sus abuelitos al sol" y el público se desgañitaba no solo por la emoción de ver en directo al poeta idolatrado, sino por hacerlo aquí, en la ciudad que describe la canción y que tienen la fortuna de compartir con él. Con la complicidad de haber transitado los mismos rincones, olores y humores que hacen de Madrid, el Madrid de Sabina, a ratos cielo y a ratos un infierno que tampoco nos querríamos perder.
Trovadores de La Latina
Sabina llegó a Madrid poco antes de cumplir los 30 y no tardó mucho en instalarse en La Mandrágora, el local de la Cava Baja que sería la cueva del tesoro de los cantautores en la capital en los últimos 70 y los primeros 80, cuando los modernos orbitaban por Malasaña y en esta callejuela de La Latina, todo tabernas y peste a vino, se refugiaban unos trovadores más progres y también más castizos. Venía de ser hijo y hermano de policías franquistas exiliado en Londres por su antifranquismo, así que la capital tumultuosa y sus tugurios eran mejor refugio que su Andalucía natal en una Transición que todavía daba palos de ciego entre violencia política y asonadas militares. Del sótano de aquella Mandrágora saldría uno de sus primeros discos, que se llamaba como el propio local y que firmaba con sus entonces cómplices Javier Krahe y Antonio Pérez.
A dos pasos de allí estaba su primera casa, la de la calle Tabernillas, donde se instaló con su mujer de entonces, Lucía Correa, y en la que ahora ocupa su bajo un bar de tapas, El Bombín, que homenajea al artista. Pero tampoco andaba muy lejos la que habría de ser su madriguera definitiva, la del número 22 de la calle Relatores, en la esquina con Tirso de Molina y con balcones al Madrid más cheli de los 80, aquel en el que se mezclaban yonquis y chulapos. Esa casa en la que, dicen, tiene sus principales premios expuestos en el baño y la que ha sido escenario de unas juergas legendarias que le han convertido en el canalla por antonomasia que es. Sus alrededores asomaban también en sus canciones: en Con la frente marchita recuerda a una amiga, refugiada argentina, a la que iba a ver "cada domingo a tu puesto del Rastro a comprarte / Carricoches de miga de pan, soldaditos de lata".
Sabina ya no es aquel golfo que fue, o no lo es en la misma medida. Ahora en sus conciertos bebe agua en lugar de whisky, pero es que la edad manda y los vicios dejan secuelas. Fue en el hospital Ruber de Juan Bravo donde le ingresaron cuando en 2001 sufrió el infarto cerebral que puso fin a su vida de excesos. La capital le ha visto salir por patas del escenario porque de repente le fallaba la voz. Y también fue en Madrid, en ese mismo Movistar Arena en el que ha triunfado en esta gira, grandioso sobre las tablas a pesar de sus limitaciones y achaques, donde sufrió aquella caída que a punto estuvo de mandarle al otro barrio, con la parca mucho más cerca de lo que él creía cuando ya entonces le cantaba a esa muerte que ya le rondaba en Y nos dieron las diez.
Porque al Sabina juerguista y depósito de adicciones le gustaban tanto los bares que hasta los fundó. A la vuelta de una gira por México con su amiga Chavela Vargas, el cantante montó con su socio Julio Sánchez la primera de las tabernas mexicanas La Mordida, en un local de la calle Belén al que seguiría otro en La Latina, y que hicieron bastante por poner de moda esa gastronomía en España. El imperio que surgió de aquello tiene ya 45 locales franquiciados de sus diferentes marcas. Con el artista retirado del consumo, no peligrarán ya sus partidas de tequila.
Un final que no lo es
"Donde el deseo viaja en ascensores / Un agujero queda para mí / Que me dejo la vida en sus rincones / Pongamos que hablo de Madrid", canta el juglar eternamente huesudo, ahora menos por las mutaciones corporales de la edad, en esa canción que es ya un himno oficioso de la capital. No sonó en sus conciertos de despedida madrileños, pero quizá tampoco hacía falta. "La ciudad no donde nací, pero sí donde elegí vivir y a la que le debo todo lo que soy, incluidas mis canciones", como tantas veces ha dicho y también ha repetido estos días en el escenario, estaba tan presente que solo faltaba tener la Puerta de Alcalá subida al escenario.
A pesar de las lágrimas, omnipresentes en esta última ronda de conciertos, a sus fans locales les queda el consuelo de saber que no tiene pensado mudarse a ninguna parte. Todavía hay oportunidad de encontrárselo por la calle, o quizá tomándose un descafeinado en algún bar de Tirso. También, por qué no, de verlo cantando en algún otro escenario, seguramente más pequeño. En una de esas ocasiones especiales que sacan de su jubilación a los grandes, como ya hemos podido ver en otros, su amigo Serrat sin ir más lejos. Las retiradas en la música nunca lo son del todo, y a Sabina, eterno superviviente, probablemente nunca se le acabe la cuerda. Lo dice en la canción que, grabada, abría sus recitales: "Cuando no sepa la orquesta la canción que te escribí / Cuando las casas de apuestas no den un euro por mí / Cuando cierran las cantinas y se baile reguetón en la oficina / Aún voy a guardar un último vals para ti". ¿Por qué no habría de ser así?
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