Centenario del nacimiento del escritor
Vizcaíno Casas, el escritor olvidado que vendía millones de libros: "Mi padre volverá a ser leído cuando España deje de hablar de Franco"
El centenario del autor llega sin homenajes ni reediciones, pese a que sus novelas nostálgicas con el franquismo y sarcásticas con la democracia estuvieron entre las más populares de su tiempo

Fernando Vizcaíno Casas firma uno de sus libros escritos durante la década de los 70. / L-EMV
Voro Contreras
El centenario del nacimiento de Fernando Vizcaíno Casas no vendrá acompañado de homenajes oficiales ni de rescates editoriales ambiciosos. No habrá 'Año Vizcaíno Casas', ni congresos, ni exposiciones retrospectivas, ni una placa conmemorativa en su Valencia natal. Ni siquiera una reedición integral que permita calibrar con distancia crítica la dimensión de una obra que se acerca a los sesenta títulos entre novelas, ensayos, crónicas y biografías, por no contar miles de artículos o incluso guiones cinematográficos. Pocos escritores valencianos del último tercio del siglo XX pueden exhibir, sin embargo, un impacto social comparable al del autor de '…Y al tercer año, resucitó', sobre todo durante las décadas de los setenta y ochenta. Y, paradójicamente, pocos lectores parecen acordarse hoy de él.
Más de cuatro millones de ejemplares vendidos, varios años dominando las listas de libros más leídos y una presencia constante en el debate público -ya fuera por motivos literarios o ideológicos- convierten a Vizcaíno Casas en un caso paradigmático: el del autor popularísimo en vida, cuestionado cuando no despreciado por la crítica, que acaba convertido en una figura más recordada por el fondo ideológico de sus novelas que por sus propios méritos narrativos. Su nombre sigue apareciendo con más o menos regularidad en tertulias, columnas y redes sociales, pero casi siempre como emblema del llamado “franquismo sociológico”, más que como escritor. Su literatura ha quedado atrapada en una especie de limbo histórico: demasiado incómoda para ser reivindicada, demasiado popular para ser olvidada del todo.
Su hijo, Eduardo Vizcaíno, cree que ese olvido relativo es más coyuntural que definitivo. “Al final, tampoco muchos leen a Galdós, pero ya es historia de la literatura. Pues mi padre, salvando todas las distancias, lo mismo. Cuando se pase ya todo el tema de Franco -que al final yo calculo que mis nietos ya no vivirán eso-, a mi padre le tratarán como a un escritor que narró una parte de la historia de España, en su caso la de la Transición, desde su punto de vista, con ironía y humor”. Mientras tanto, considera, su figura sigue demasiado politizada como para ser leída con normalidad literaria.

Vizcaíno Casas con Luis García Berlanga, Rafael Azcona, Mingote y José Vicente Puente, entre otros. / L-EMV
El hijo del paragüero
Fernando Vizcaíno Casas nació en Valencia el 23 de febrero de 1926, una efeméride que a él le permitió desde 1981 brindar con champán cada 23F, broma que, tal como recuerda su hijo, le costó ser despedido de la tertulia de Luis del Olmo. Su padre era propietario del célebre establecimiento Paraguas Vizcaíno, lo que llevó al escritor a presentarse siempre, con orgullo de la conciencia de clase burguesa, como “el hijo del paragüero”.
La Guerra Civil dejó en él una huella profunda. En una Valencia republicana donde el negocio familiar fue incautado, la supervivencia pasó por criar conejos en la azotea y aprender pronto que la estabilidad es un bien frágil. Esa memoria reaparecería décadas después en novelas como 'Zona roja' o 'La sangre también es roja', donde la guerra y la posguerra se convierten en un telón de fondo sentimental, más evocador que analítico.

Interior de la tienda Paraguas Vizcaíno en València. / L-EMV
Aunque parecía destinado a continuar el negocio familiar, optó por estudiar Derecho y escribir. En la posguerra obtuvo algunos premios teatrales de relieve -como el 'Valencia' que ganó en 1953, el mismo año que María Beneyto venció en poesía- y colaboró como crítico de cine en revistas del SEU y en periódicos valencianos. Sin embargo, pronto decidió apostar por una vida más estable, aunque sin abandonar del todo las bambalinas. En 1951 se instaló definitivamente en Madrid, se colegió como abogado y construyó una sólida carrera como letrado laboralista y especialista en derecho del espectáculo.
“Era un trabajador incansable. Le encantaba todo lo que hacía: el derecho, el periodismo, escribir, llevar pleitos. Era feliz trabajando”, resume su hijo. Aquella faceta jurídica fue mucho más que un apunte biográfico. Publicó la primera 'Summa' de la legislación del espectáculo en España. Durante décadas trabajó hasta el final de su vida en su bufete, asesoró a empresas como Antena 3 o la agencia Efe y llevó los pleitos de actores, directores y guionistas.
Entre sus clientes figuraron nombres tan alejados de sus supuestas afinidades ideológicas como Juan Antonio Bardem, Paco Rabal o Berlanga. Entre sus amistades personales estuvieron también Mingote, Gila, Terenci Moix, Cela, Delibes o Fernán Gómez. “Él no miraba la política, miraba a las personas”, insiste Eduardo, que recuerda incluso que su padre pasaba los veranos jugando al dominó con Buero Vallejo, en silenciosas partidas donde la política quedaba cuidadosamente fuera del tapete.

Vizcaíno Casas frente a Buero Vallejo en su partida de dominó. / L-EMV
La fórmula del éxito
Su gran salto literario no llegó hasta las postrimerías del franquismo, cuando Vizcaíno Casas se acercaba ya a los 50 años y descubrió un filón narrativo tan eficaz como discutido: la memoria sentimental de la posguerra y el desconcierto ante la Transición que compartían con él miles de españoles. 'Mis queridas nostalgias' y 'Contando los cuarenta' abrieron el camino. Luego llegaron otros éxitos, como 'Niñas al salón' y, sobre todo, '…Y al tercer año, resucitó' (1978). La idea -la resurrección de Franco en plena democracia- resultaba provocadora y, sobre todo, perfectamente reconocible para un público que se sentía inseguro ante la sociedad que se abría bajo sus pies. El libro fue un éxito inmediato: vendió más de cien mil ejemplares en una semana y superó los seiscientos mil en total. “Hablaba de lo que mucha gente pensaba, desde la ironía y el humor”, subraya Eduardo.
La fórmula funcionó como un mecanismo casi industrial: sátira política, nostalgia edulcorada, crítica mordaz sin demasiados matices y una prosa directa que hacía del entretenimiento una forma de consuelo ideológico. A partir de ahí, Vizcaíno Casas se convirtió en el escritor de referencia de un tipo de español al que le aliviaba pensar que Franco murió en la cama. 'De camisa vieja a chaqueta nueva', 'La boda del señor cura' o 'Hijos de papá' combinaron sátira política, nostalgia y una ironía sin demasiadas sutilezas. En 'Las autonosuyas', llevada al cine por Rafael Gil y protagonizada por Alfredo Landa, se burlaba del enredo autonómico. “Mi padre conocía muy bien a sus paisanos y detectó rápido que aquello podía servir para montar oligarquías y chiringuitos”, sostiene su hijo.
Mientras la crítica lo ignoraba, sus libros dominaban las listas de ventas. En 1978, tres de los cuatro títulos más vendidos del año eran suyos, un dato que algunos comentaristas leyeron como “alarma sociológica” y otros como síntoma de una España que prefería reírse antes que mirarse demasiado al espejo. Durante los años ochenta, lejos de apagarse, su producción se intensificó tanto como su inspiración política. 'Cien años de honradez', 'Todos al paro' o 'El señor de los bonsáis' consolidaron su papel de provocador y de enemigo acérrimo del 'felipismo'.

Vizcaíno Casas con Alfredo Landa. / L-EMV
La ideología de Vizcaíno Casas
Ideológicamente, el autor de '¡Viva Franco! (con perdón)' intentó cultivar una ambigüedad liberal que no todos le compraban. El también escritor valenciano Ferran Torrent recuerda una anécdota personal ocurrida a principios de los años noventa, cuando ambos coincidieron en un programa de televisión presentado por Fernando Sánchez Dragó. Nada más encontrarse, relata Torrent, Vizcaíno Casas le interpuso una cuestión identitaria: “Me dijo algo así como: ‘Tú debes de ser de los que creen que el valenciano y el catalán son la misma lengua, ¿no?’. Le respondí que sí, y no fui más allá. No tenía ninguna intención de discutir”.
Según su recuerdo, poco después el escritor empezó a cargar duramente contra Santiago Carrillo, que también participaba en el programa. “Cuando luego hablé con Carrillo y le comenté lo que había dicho de él, le restó toda importancia. Esa diferencia de actitud me llamó la atención: uno vivía todavía en esa confrontación; el otro lo daba por superado”.
Eduardo Vizcaíno insiste en que su padre era “absolutamente apolítico” y que incluso rechazó ofertas para presentarse como diputado de Fuerza Nueva y Alianza Popular. “Prefería tener lectores a tener electores”. A su juicio, utilizó la política como materia literaria, no como trinchera ideológica. “Era un cachondo, muy irónico, con una sorna muy valenciana. Usó esos temas porque daban juego, no por convicción”. Por su parte, para el escritor y actual director general de Cultura de la Generalitat, Miquel Nadal, la nostalgia de Vizcaíno Casas por el "antiguo régimen" resulta ahora mismo "y mirando determinadas excrecencias posteriores, de una suavidad tremenda"
Esa visión contrasta con la de Torrent, para quien Vizcaíno Casas triunfó porque en España “no hubo una ruptura real con el franquismo, sino una transformación”. Otro escritor valenciano, Rafa Lahuerta, también considera que el de Vizcaíno Casas fue “un fenómeno popular muy vinculado a su tiempo”, cuya prosa, aunque ágil y eficaz, estaba “profundamente ideologizada, con una nostalgia absoluta del franquismo”. En términos de impacto, lo sitúa junto a Blasco Ibáñez como uno de los autores valencianos más leídos del siglo XX, pero matiza: “Al final la literatura se impone. Blasco continúa vivo de alguna manera; Vizcaíno Casas no”.

Vizcaíno Casas y Pedro Almódovar en el entierro de Carlos Berlanga. / BALLESTEROS
"Sabía conectar con el lector"
Con todo, incluso sus críticos reconocen su habilidad narrativa. “Tenía la capacidad de escribir, sabía hacerlo y conectar con el lector”, concede Lahuerta. Miquel Nadal le reconoce una "eficacia narrativa" que "no le convierte en Balzac ni en Flaubert pero sí en lo que Ferran Torrent llamaría un eficaz 'argumentista'". Su hijo Eduardo lo resume de forma más directa: “No quería ser Cervantes, quería ser Vizcaíno Casas. Escribía fácil para que todo el mundo pudiera leerlo”.
Vizcaíno Casas murió en 2003, tras escribir su último libro mientras recibía quimioterapia. Poco antes había sido nombrado miembro del Consell Valencià de Cultura, una designación polémica. Hoy su obra circula sobre todo en librerías de segunda mano, aunque algunos títulos resurgen cíclicamente en redes sociales. “Si entras en Twitter y pones su nombre, verás que sigue muy vivo”, asegura Eduardo.
Por su parte, ante la pregunta de si en el clima político actual podría volver a tener lectores, Lahuerta no lo descarta: “Seguramente hoy tendría su público. De hecho, es lo primero que pensé. En su momento sus opiniones eran muy contestadas; ahora probablemente encontraría un público activo”. ¿Por qué, entonces, no se reeditan sus libros? Su hijo lo atribuye a una combinación de razones comerciales, culturales y generacionales. “Las editoriales apuestan por autores vivos, porque son los que pueden promocionar. Y además, muchos de sus libros requieren hoy un contexto que ya no se da por supuesto. En la reedición de ‘…Y al tercer año’ tuve que añadir notas explicando quiénes eran Carrillo o Marcelino Camacho, porque la gente joven ya no lo sabe”.
Pese a ello, confía en que su obra encuentre con el tiempo una nueva lectura, menos ideológica y más histórica. “Cuando se despolitice todo esto, cuando Franco y la Transición pasen definitivamente a ser historia, mi padre será leído como lo que fue: un cronista irónico y popular de una época convulsa”, un escritor capaz de retratar los miedos, las nostalgias y las contradicciones de una sociedad que todavía no sabía quién quería ser.

Fernando Vizcaíno Casas. / LUIS TORRES
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