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El adiós más difícil para Suso Blanco Villar

El padre del excorredor falleció el 4 de marzo después de acompañarlo a un sinfín de carreras

Forjó el carácter del ciclista padronés a base de sacrificio, trabajo, humildad y esfuerzo

Antonio Blanco arropa a su hijo al finalizar una carrera cuando era corredor del Deportpublic.

Antonio Blanco arropa a su hijo al finalizar una carrera cuando era corredor del Deportpublic. / Cedida

Víctor Furelos

Víctor Furelos

Santiago

Hay despedidas que duelen en lo más profundo de las entrañas y que dejan una herida difícil de cicatrizar. Cuando una persona muy cercana nos abandona se padece una sensación muy extraña. Es como si una mano entrara en lo más profundo de nuestro ser y al cerrarse nos arrebatara un pedazo que se va al más allá junto con el ser querido. Es lo que siente el excorredor y ahora director deportivo del OdL Team Suso Blanco Villar tras la muerte de su padre, su amigo, su confidente, su mayor admirador y un mentor sin el que no habría alcanzado los éxitos que lo convirtieron en uno de los mejores ciclistas gallegos de todos los tiempos.

Antonio Blanco Rey falleció a los 91 años de edad el pasado 4 de marzo. En uno de esos guiños de la vida, el destino quiso que su adiós se produjera el día en que la mujer de Suso Blanco estaba de cumpleaños.

Pero es que Antonio Blanco nunca fue un padre como los demás. Siempre presente y siempre al servicio de su hijo. Cualquier sacrificio era poco para él conociendo como pocos las exigencias del ciclismo que con sus hermanos Gabriel y Víctor llegó a practicar en una de las grandes cunas del ciclismo gallego: Padrón.

Panadero de profesión, cuando se retiraba para casa hacía una parada en la taberna Carrais de su parroquia, en donde entablaba conversación con todos. El destino quiso que un camionero de los Corrales de Buelna, casado con una mujer de Rois, visitara el mismo local cada verano. Y así fue como se enteró de que este hombre, de nombre Alejandro, ayudaba muchas veces a José Antonio González Linares cuando le transportaba su bicicleta a Vitoria en la época en la que el bravo corredor cántabro estaba en las filas del mítico Kas.

En uno de esos viajes le regaló a Antonio un maillot y un culote de González Linares, que pronto encontrarían uso gracias a la labor de costurera de Hortensia Villar Miguens, la madre de Suso que también fue siempre un apoyo muy importante. Después de unos pequeños ajustes y los arreglos necesarios para adaptarlo a su talla, Blanco Villar vistió ese uniforme en su primera carrera con solo diez años. Cuando llegó a la salida vio que sus contrincantes estaban todos perfectamente equipados y se veía como el patito feo.

Su padre lo tranquilizó con una simple frase. «Te voy a dar un empujón en la salida y a partir de ahí a correr». Y así fue. El primero en cruzar la línea de meta vestía un maillot del Kas, concretamente de González Linares. Y se llamaba Suso Blanco Villar.

El destino uniría después los caminos de González Linares y Blanco Villar cuando el padronés corrió a sus órdenes en el Teka tras un fichaje que se gestó en la propia casa del gerente del equipo, Santiago Revuelta, con Antonio presente, como no podía ser de otra forma.

Susu Blanco se abraza a su padre en su época en el equipo Teka.

Susu Blanco se abraza a su padre en su época en el equipo Teka. / Cedida

Antonio Blanco hacía lo imposible para compaginar sus horarios de panadero con los de las carreras de su hijo. No fallaba. Y era tan exigente que Suso recuerda que tras una prueba en Valladolid en la que quedó segundo tanto su padre como sus tíos Gabriel y Víctor y hasta Antonio Cardama, que los acompañaba al volante a muchas carreras para que Antonio pudiera descansar antes de ponerse al pie del horno, no le dirigieron la palabra en todo el trayecto. Ni que decir tiene que en la próxima carrera fue el primero en cruzar la meta.

Son muchos los recuerdos que Suso Blanco tiene de su padre, pero en su mente brilla de forma especial aquel campeonato de España cadete que conquistó en Padrón, ante sus amigos, su familia y un exigente padre que le transmitió que sin humildad, trabajo, sacrificio y esfuerzo es imposible triunfar. Y también tiene en su mente cuando lo nombraron Hijo Adoptivo de Padrón, siendo del vecino municipio de Rois, en un acto en el que su padre no podía ocultar su orgullo.

Esos fundamentos le ayudaron a ser un gran campeón. Suso Blanco Villar reconoce que sin su padre no podría haber disputado nueve Vueltas a España, tres Tour de Francia y un Giro de Italia, ni logrado 48 victorias como profesional, algunas de ellas muy destacadas como las cuatro etapas conquistadas en la Vuelta a España en Puerto Real en 1986, en la crono de 27 kilómetros de 1987 en Valladolid en la que llegó a batir a un especialista como Sean Kelly cuando además era líder, en la contrarreloj por equipos de 1990 entre Benicàssimsin y Burriana con el maillot del Lotus o su triunfo en Santander con el que llegó a vestir el maillot amarillo de líder de la Vuelta, un logro al alcance de muy pocos.

Además, durante una semana se enfundó el maillot blanco en su primera participación en el Tour de Francia, aunque está especialmente orgulloso de la Vuelta a Galicia conquistada en 1985.

Su orgulloso padre estuvo en algunos de esos triunfos e incluso acudió al Mundial juvenil disputado en Argentina en 1979 que ganó Greg Lemond aunque no pudo ir después con Suso ya como profesional a Checoslovaquia o a Colorado, en Estados Unidos, en donde el de Rois fue duodécimo en la prueba que ganó Moreno Argentin.

Antonio Blanco hizo amistad con muchas personas del mundo del ciclismo, como con Jaime Mir, el hombre que lucía su bigote detrás de cada cámara y que sin duda era el más fotografiado y con más presencia en la televisión de la época al final de cada etapa.

Fueron 16 años como profesional, con imágenes en la memoria en las que siempre aparece su padre, como la de la victoria en la etapa reina de la Vuelta a Asturias. Suso Blanco acabó su carrera en Portugal, a donde también lo seguía su familia y es que para él el apoyo de su padre, de sus tíos y también de su esposa, Loli Castro, a su lado desde que tenía 17 años y que también lo siguió por España adelante, siempre fue fundamental.

Hoy se apoya en su mujer; sus dos hijos, María y Jesús; y sus nietos, la pequeña Carmen de solo dos años, Julio, de tres, y Pedro de nueve que es jugador de fútbol en el Esclavitud pero que ya hace sus pinitos en la bicicleta y de vez en cuando sale a entrenar con el abuelo. Por lo que queda la ventana abierta a la posibilidad de que la historia se repita.

Bajo la capa de hombre duro forjado a base de esfuerzo y trabajo se esconde una persona con los sentimientos muchas veces a flor de piel. Y aunque su temperamento puede ocultar en ocasiones su sensibilidad, al final se imponen siempre esas enseñanzas tan importantes que heredó de su padre, quien era su más firme admirador y a la vez la persona que más le exigió buscando únicamente su beneficio. Y lo consiguió con creces.

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