Historia del baloncesto compostelano
La rana, Sar y el bronce: 50 años del Eujubasket compostelano
Santiago acogió en 1976 el Europeo júnior en el que España conquistó el bronce y empezó a perfilar la generación que desembocaría en la plata olímpica de Los Ángeles 84
Yugoslavia se impuso a la Unión Soviética de Tkachenko en la final

Los componentes de la selección española de baloncesto que participaron en el torneo júnior. / FEB

Medio siglo después, el Eujubasket de 1976 explica una ciudad y anticipa una época. Santiago no solo acogió un Campeonato de Europa júnior entre el 3 y el 12 de agosto, sino que vio desfilar por Sar a una generación que todavía no tenía el cartel de mito, pero que traía escrito buena parte del futuro del baloncesto continental. Yugoslavia, la Unión Soviética, España, Italia, Polonia, Bulgaria, Grecia, Israel, Turquía, Bélgica, Alemania Federal, Suecia y Finlandia convirtieron Compostela en capital europea diez días.
Aquel torneo tuvo un nombre propio en la trastienda local: José Manuel Couceiro. Histórico dirigente y expresidente del Obradoiro, fue el gran promotor de una cita que hoy parece casi imposible de imaginar con la mirada actual. El club, todavía lejos de la dimensión que alcanzaría décadas después, puso su casa y su empuje al servicio de un campeonato que elevó la ciudad a un mapa reservado habitualmente a plazas con más tradición y recursos. Couceiro entendió antes que muchos que Santiago podía mirar al baloncesto europeo de frente.

El cartel del Eujubasket del 76. / FEB
La selección española llegó a Galicia con un grupo llamado a hacer historia. Allí estaban Juan Antonio San Epifanio, Epi; Fernando Romay; Juan Manuel López Iturriaga; Nacho Solozábal; José Antonio Querejeta; Joaquín Costa; Ignacio Garayalde; Juan Carlos López Rodríguez; Pedro Ansa; José María Ferrer; Ricardo Gaínza; y Joaquín Quino Salvo. En el banquillo, Ignacio Pinedo, con Aíto García Reneses en el cuerpo técnico. El listado impone ahora, pero en 1976 era una hornada de promesas frente a los grandes viveros europeos.
España empezó con autoridad. En el debut derrotó a Bulgaria por 99-64, empujada por un Sar entregado. Después sufrió ante Turquía, a la que superó por 60-58 en un partido áspero que ya avisó de que el torneo no iba a regalar nada. La primera fase continuó con triunfos sobre Polonia, por 86-71; Suecia, por 73-59; e Italia, por 67-63. Cinco victorias en cinco partidos, liderato de grupo y una sensación creciente de que aquel equipo podía aspirar a algo más que a competir.
En ese relato local hubo dos figuras inevitables. Romay era el gallego de la selección, el gigante coruñés que todavía se estaba construyendo como jugador antes de convertirse en una referencia del Real Madrid y del baloncesto español. Quino Salvo, por su parte, representaba al Obradoiro desde dentro del equipo. Como jugador obradoirista, su presencia dio a Sar un vínculo sentimental directo con la pista. No era solo España jugando en Santiago; era también un trozo del Obra compitiendo con España en su propia casa.

Fernando Romay, en la actualidad. / FDV
La semifinal descubrió el tamaño real del desafío. Enfrente apareció Yugoslavia, una escuela que en los años siguientes marcaría el continente con talento, técnica y carácter competitivo. España resistió hasta el final, llegó a mandar por 60-59 a seis minutos de la conclusión, pero acabó cediendo por 68-78. El sueño de la final se escapó ante un rival que terminaría demostrando que era el mejor equipo del campeonato.
El golpe no tumbó al equipo de Pinedo. Un día después, España volvió a encontrarse con Bulgaria, esta vez con una medalla de bronce en juego, y respondió con solvencia. El 89-72 del partido por el tercer puesto cerró un torneo casi perfecto: seis victorias, una sola derrota y la primera gran señal de una generación que pedía paso. El bronce de Santiago fue más que un éxito júnior. Fue una pista, una promesa, un primer ladrillo.

Medalla de bronce que ganó España. / FEB
La final confirmó la jerarquía de las grandes potencias. Yugoslavia derrotó a la Unión Soviética por 92-83 en un duelo que condensó dos maneras dominantes de entender el baloncesto europeo. Los soviéticos, con un físico intimidante y nombres como Vladimir Tkachenko, Serguéi Tarakanov o Aleksandar Belostenny, llegaron al descanso por delante, pero Yugoslavia cambió el partido en la segunda mitad y levantó el título. Rade Vukosavljevic fue distinguido como el mejor jugador del torneo.
Santiago fue testigo de todo aquello con sorpresa, entusiasmo y orgullo. El pabellón se llenó, la ciudad se asomó a un baloncesto distinto y el torneo dejó imágenes que sobrevivieron en la memoria: la mascota de la rana, los equipos caminando por Compostela, los entrenamientos y la sensación de que durante unos días el centro del baloncesto júnior europeo estuvo allí, al lado del Obradoiro.
También fue un punto de partida para Pepe Casal. Aquel Eujubasket le permitió entrar en contacto con un nivel competitivo y una red de entrenadores que acabarían siendo fundamentales en su recorrido. Para el Obradoiro, el campeonato no solo fue un éxito organizativo, sino una plataforma de aprendizaje. Para el baloncesto gallego, una fotografía irrepetible: Romay con España, Quino con el Obra y Couceiro moviendo los hilos para que todo fuese posible.
El paso del tiempo agranda lo ocurrido porque permite verlo con perspectiva. La medalla de Santiago no fue un hecho aislado, sino la semilla de una selección que empezaba a reconocerse capaz. Ocho años después, varios de aquellos nombres estarían en la plata olímpica de Los Ángeles 1984, el gran salto internacional del baloncesto español. Y más tarde, el eco de esa generación llegaría también a Barcelona 92, con otro país y otra dimensión mediática, pero con la misma línea de fondo: la convicción de que España podía competir contra cualquiera.
Por eso el Eujubasket de 1976 no pertenece solo al álbum de recuerdos del Obradoiro ni a la hemeroteca de Santiago. Pertenece a la historia grande del baloncesto español. Fue el verano en que Compostela acogió a los mejores júniors de Europa, el torneo en que España subió al podio en Sary la cita que permitió intuir que una generación estaba preparada para cambiar el sitio de la selección en el continente.
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