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No era un equipo, era una familia. Ese fue el secreto del éxito

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01.06.2019 
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Cuando Caneda presentó a Agustín Abadía como nuevo jugador del Compostela en la pequeña oficina de Santa Isabel, el veterano futbolista manifestó que una de las cosas que le habían hecho decidirse por el club santiagués era que tenía un equipo preparado para luchar por el ascenso. Los periodistas presentes se miraron entre sí y esbozaron una sonrisa. No se lo creían.

Pero el tiempo, que es muy tozudo, y otros muchos argumentos de peso hicieron que ese sueño imposible se convirtiera en realidad hace hoy 25 años.

El primer baluarte del éxito se situaba en el banquillo. Cuando ahora dicen que Simeone inventó ese dicho de "partido a partido" uno no puede hacer más que recordar aquella filosofía de Fernando Santos, que resolvía todos los problemas deportivos de siete en siete días. El futuro era así de inmediato, sin pensar en el final de Liga, ni en posibles objetivos. Jornada a jornada.

El técnico además demostró que contaba con una habilidad especial para motivar a sus jugadores ante posibles finales. Cada partido decisivo era un triunfo.

La base del éxito se cimentó en un vestuario que más que acoger a un equipo era el salón de una familia. Se respiraba camaradería por los cuatro costados. La plantilla se entrenaba en Lavacolla. Y cada pachanga se saldaba con unos pinchos a base de tortilla en el bar Periquillo de San Lázaro. Ahí se solucionaban con un apretón de manos o un abrazo todos los problemas para que en la siguiente sesión todos pudieran mirarse a los ojos de nuevo. Sin rencores y con el convencimiento de que para triunfar había que sufrir en el campo y ser solidario con el compañero a la hora de trabajar.

Todos esos valores se veían refrendados por un cuerpo técnico, desde el preparador físico al utillero, del médico al segundo entrenador e incluso el mismo fisioterapeuta estaban implicados a la hora de crear un excelente ambiente de convivencia.

La temporada empezó con una sorpresa. El Compostela visitaba a un Cádiz que venía de ganar el Trofeo Carranza ante equipos de Primera pero que todavía estaba aturdido por la repentina marcha de su figura Arteaga, fichada por el Español a última hora. Un tanto de Ohen y un golazo de Toni de media chilena desde lejos daba el triunfo a los santiagueses, que no conocerían la derrota hasta la quinta jornada. El equipo tenía confianza en sí mismo.

La primera vuelta se saldaba con cuatro derrotas ante Burgos, Villarreal, Athletic B y Murcia, resultado este último que enfadó mucho a Castro Santos porque el conjunto pimentonero contaba con ocho bajas, y cuatro empates con Betis, Hércules, Marbella y Barcelona B. El Compostela era segundo por detrás del Español.

La segunda vuelta fue un poco peor. La SD perdió con cino de los siete primeros clasificados: Betis, Español, Hércules, Mallorca y Toledo, además de con el Athletic B, y empató con Cádiz, Palamós y Barcelona B. Finalmente tuvo que conformarse con la tercera plaza para disputar la promoción con el Rayo Vallecano. Ascendieron de forma directa Español y Betis y descendieron de categoría Cádiz, Burgos, Murcia y Castellón.

El Compostela estaba preparado para esa promoción. El partido de Vallecas se jugó el 22 de mayo de 1994. Ohen adelantó a los gallegos y Urzaiz consiguió el tanto de la igualada. Pero antes hubo una jugada clave. El mejicano Hugo Sánchez lanzó un penalti que fue detenido por Iru. El guardameta confesó después que Pichi Lucas le había indicado para donde debía de tirarse. Fue una parada que bien pudo valer el ascenso.

El encuentro de vuelta se jugó en San Lázaro el 28 de mayo de 1994. El estadio estaba abarrotado. El Compostela jugaba con doce gracias al aliento de su público y así se tradujo en el campo, en donde fue muy superior. El empate a cero goles anunciaba un encuentro de desempate que se disputaría en Oviedo el 1 de junio de 1994.

La plantilla marchó al día siguiente del partido en Santiago. Se concentró en el hotel Begoña de Gijón. Era tal el nivel de exigencia de lo que había en juego que apenas llegaban noticias de lo que estaba sucediendo en la capital gallega. Los jugadores estaban aislados.

Nadie de la plantilla esperaba lo que se encontraron al saltar al césped del antiguo Carlos Tartiere. Más de medio estadio vestía de blanquiazul. Alguno de los jugadores confesaba después que se le había puesto la piel de gallina al ver adoce mil personas animándole a 300 kilómetros de distancia de su casa un día de semana. Muchas empresas dieron la jornada libre a sus empleados para que pudieran desplazarse.

Y es que al final ese grupo de jugadores, técnicos y directivos despertaron a una ciudad para pelear por algo grande. Y conseguirlo hace ya 25 años.