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Cuando tus amigos y tus vecinos son los protagonistas

La Carreira es una suma de bondades en la que los atletas piden la hora al revés

A.P.  | 28.10.2013 
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Santiago. A las dos del mediodía, sólo un ratito después de las dos grandes pruebas, apenas queda rastro de ellas en el Obradoiro: queda el marcador, quizás con ánimo de hacer perdurar las proezas vividas. Todo ha sido recogido con celeridad, con orden, con la educación y el civismo que tantas veces se echan a faltar en otros escenarios.

La Carreira, la gran Carreira, es así: una suma de bondades que comienzan con los atletas pidiendo la hora, pero al revés, y termina con la recogida. Durante una mañana de octubre, en la que a pesar de ser fin de mes rara vez llueve ("Todo saldrá bien"; "Pero, ¿cómo?; "No sé, será un milagro", decían en Shakespeare in love"), una ciudad de tanta calidad como Santiago se echa a la calle, inunda sus rúas de deporte, de esfuerzo, de superación.

Porque, más que relatar una vez más las proezas de un arzuano colosal llamado Lolo Penas, o las de Tariku, pequeño Caupolicán negro, proyecto de nuevo Bekele, pues más que eso, lo que a uno le llama la atención es ver que los grandes protagonistas, los reyes, son los que antes y después de la prueba viven a su alrededor de forma apacible, sin rasgos externos que delaten que son héroes: uno ve a amigos, a conocidos y hasta a vecinos, y no se extraña porque se convence de que ha entrado en un mundo nuevo que sólo admite repeticiones una vez al año.

Pensaba en ello cuando, una vez terminada la Carreira (por ahora, que queda más: los niños esperan sus regalos, como si les quedara pendiente el Día de Reyes) con la entrega de trofeos a los más destacados, fui con mi compañero Miramontes a ver el final del partido del Obradoiro: elegimos el Agarimo, y vimos allí de camarera, atendiendo como si tal cosa, a la misma chica a la que minutos antes habíamos visto vestida de atleta triunfadora en el Obradoiro.

Y cuando minutos después, ya en Bertamiráns, mi pequeña vecina Laura, la misma a la que felicité nada más cruzar la línea de meta, me devolvió la sonrisa pero en la escalera, ya me convencí de que estaba en un mundo mágico.

Eché cuentas, y comencé a repasar vivencias: en el Obradoiro, en traje de atleta, había visto agigantarse a la pequeña Isabel San Martín; vi también llegar dos veces al mismo héroe: el que primero completó la carrera adulta y después llegó a la meta impulsando una silla de ruedas con un pequeño en ella; vi a mi amigo Pedro, entrenador de tenis y ahora esforzado corredor de fondo; vi a Sergio, amigo y digno representante (menos de una hora, lo que buscaba) del estudio de arquitectura Salgado y Liñares, que está justo debajo de mi casa; este año me fallaste, Kiko.

Tuve que frotarme los ojos para ver a políticos mezclados con el pueblo y pasando sus mismos sufrimientos; aunque no pude pararme mucho a pensarlo, que llegaba mi amigo Vicente con su cara de corredor feliz. Vi a Julio, dos hijos ya y sigue corriendo.

Sentí algo muy parecido a la felicidad, el culmen, cuando vi entrar en la meta a mi sobrina Elena como tantos niños: esforzados, sonrojados pero con la satisfacción de superar el reto. Y me marché. No fui a comprar pan, no fuera a atenderme el mismísimo Alejandro Fernández.