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Date tiempo. Cuídate. Haz ‘burpees’

TODOS LOS QUE me conocen saben que llego tarde. Siempre y a todos los lados. Incluso llego tarde a llegar tarde, porque cuando me asomo al abismo de la impuntualidad abro un paracaídas defectuoso que dice “me retraso diez minutos”, cuando todavía me quedan veinte.

Puede que en otra vida fuese un Nuer. El pueblo de Sudán del Sur carece de la categoría de tiempo. No disponen ni siquiera de un término para referirse a él. Los únicos puntos de referencia son sus actividades: el agua, la vegetación, los peces, el ganado, los alimentos. Y así nunca llegan tarde. No porque no sepan cuánto dura una hora, sino porque llegan cuando es necesario.

La época en que fui más puntual hacía CrossFit. Y también llegaba tarde. De penitencia pagaba dos burpees por minuto.

Es un deporte más extremista que extremo. Es para todos pero no para cualquiera. Y ahí reside su magia. Creo que no hay ningún otro con ese derroche de pasión, intensidad, frenesí y sobre todo comunidad. Un engranaje de trillones de dientes engrasados a lo largo del orbe con un reguero de endorfinas, dopamina y serotonina del que beben todos sus participantes en un banquete coral prodigioso.

En el box aprendí un puñado de cosas impagables. La perseverancia, la resiliencia, la entrega, el trabajo en equipo, la gestión del tiempo a través de un cronómetro que reina como la medida suprema de rendimiento. Porque si hay algo que importe en CrossFit, después de las personas, es el tiempo. Aunque no exista.

Kant avanzó que solo se encontraba en la mente, Durkheim que era una construcción social y Merton puso el acento en su naturaleza cualitativa. No existe una escala cuantitativa neutral para medir el tiempo entre dos puntos pero sí una escala cualitativa para medir los cambios que se producen en ese lapso. Y así se mide la calidad del tiempo. Por los cambios que se producen en él.

Y por eso, cuando acabas un wod, eres más humano. Eres mejor persona.

El cronómetro no marca segundos, marca las repeticiones que eres capaz de soportar en esos segundos. Cuantas más personas te empujen, te arropen y te griten “una más”, te verás capacitado para subir esa cuerda, para levantar esa barra o para encaramarte a esas anillas. De conseguir lo insospechado. Y así ocurre en la vida. Es la capacidad de asombro.

En una de sus meditaciones Vicente Simón dice que “el pasado no existe, ya no lo podemos cambiar y el futuro tampoco existe y además lo desconocemos”. Es la máxima del aquí y del ahora. De dar todo lo que tenemos en el momento presente, bien sea el cierre de contabilidad de nuestra empresa o las últimas nueve dominadas de un Fran. Y conviene hacerlo con urgencia y atención porque como asegura Sztompka, “cuando tecleo cada palabra deja de estar en el futuro para estar ya en el pasado”.

No deja de ser sorprendente como una representación colectiva inexistente como el tiempo que tan solo ordena experiencias haya llegado a dominar nuestro modo de vida hasta el punto de recetarlo como la panacea de todos los males: “el tiempo todo lo cura”, “con tiempo verás las cosas de otro modo”, “date tiempo, cuídate”.

Y es así, a través de algo que no existe, la única forma que existe para darnos cuenta de que aquello que hiere ya no existe.

Sea 2020, sea pérdida, sea carencia, sea dolor, sea añoranza, sea muerte. Sean las dos millas, 100 dominadas, 200 flexiones y 300 sentadillas de un Murph.

Lo que si existirá -y quedará para siempre- serán todas esas repeticiones realizadas durante el período de sufrimiento. Durante la naturaleza cualitativa del tiempo. Necesarias e irreversibles -como el propio tiempo- para cambiar. Para convertirnos en mejores personas. En las personas más en forma del planeta.

En nuestra mejor versión.

24 dic 2020 / 01:00
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