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AQUELLOS MARAVILLOSOS AROS > 61

Caldas, líder del Obradoiro pionero

(1970) Encabezó la primera plantilla del Obra, le quiso el Breogán y el Picadero de Barcelona // Luego sumó décadas de trabajo desde la base

El pívot santiagués José Antonio Caldas en una imagen de los primeros años 70 cuando lucía el dorsal 11 del Obradoiro - FOTO: ECG
El pívot santiagués José Antonio Caldas en una imagen de los primeros años 70 cuando lucía el dorsal 11 del Obradoiro - FOTO: ECG

XABI SANMARTÍN  | 22.04.2019 
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José Antonio Caldas lleva Compostela tatuada al pecho sin precisar tatoo alguno. Fue parte de la primera plantilla del Obradoiro en 1970/71, y mucho más.

Aquel equipo jugaba en el Gimnasio Universitario, un solar luego ocupado por el Auditorio de la Universidade de Santiago, que hoy languidece en el Campus Sur.

La estatura media masculina de esa España era 1,62 m., según la Revista Estadística Española 50, y él(1,90) sobresalía por talla "y calidad", según sus coetáneos.

Llegado al baloncesto gracias a Carlos Lamela, jugó en Peleteiro y Compostela antes de liderar a ese naciente Obra de adn santiagués para saltar de Tercera División a Segunda, inicios donde el club fue capaz de llamar a las puertas del cielo, quedándose a una canasta de Primera en un duelo decisivo en Canarias, con Caldas ya en otro plano, edificando su vida.

Colgadas las zapatillas de lona que tantas pistas de cemento quemaron (lo sabe su dolida espalda), Caldas empezó el mañana de los héroes locales de un básket amateur que, a cuentagotas, sumaba patrocinios, como La Casera, Cabreiroá, Schweppes o Telefunken por citar algunos de la liga 1973/74 de 2ª (grupo A), donde jugaba el Club Universitario Obradoiro, según rezaba el acta federativa.

Bandejas por ambos lados, muchas con muñeca de picardía, y canastas en contrataque, trazaban el estilo de este libra gallego nacido un 17 de octubre de 1949.

Apodado El Indio (a veces lucía cinta a lo Bill Walton), integró la selección gallega y disputó los Juegos Cantábricos, un perdido torneo con equipos de Bizkaia, Gipuzkoa, Santander, Asturias, Lugo y A Coruña. Entonces, su nombre resonaba en muchas canchas.

"El Breogán me quiso, se dijo que también el Estudiantes y el Bosco de A Coruña... y Pepe Massaguer me ofreció un precontrato para el Picadero pero sin saber si jugaría minutos, no lo vi claro", me contaba en una de las 50 entrevistas que hice para escribir El Gran Libro del Obradoiro.

Aquel Picadero de Barcelona fue subcampeón de 1ª varias veces en los años 60 y el Breo, por su parte, vivió esa élite en las ligas 1973/74 y 1975/76.

Tras su lustro obradoirista, Caldas, Caldiñas, para sus amigos, fue ayudante de Alfonso Rivera pero el ajedrez de la pizarra táctica no era para él.

"No nací para entrenador, me encanta el baloncesto libre, siempre fui anárquico", aclara.

Eso sí, fue disciplinado luego a la hora de impulsar nuestro deporte en Santiago, entrenando en Peleteiro, Queixume, Pío XII (con su hermano Pedro), López Ferreiro... como un orgulloso picheleiro que aporta allí donde el balón con alma busque aro. Aquí o en África.