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Falta el jugador número doce

NO LEVANTAMOS cabeza y cada día la situación se complica un poco más. Numerosos partidos suspendidos y el virus afecta, cada vez, a más ciudadanos. No distingue fronteras ni categorías. Los aficionados castigados lejos del apoyo a sus ídolos.

Pasamos al salón, estamos ante un nuevo modelo audiovisual, de proyectar y hacernos llegar el juego. Vemos mezcolanza de Liga con Copa, Primera con Segunda, amén de los disparatados horarios. Todo va muy deprisa en los campos y el virus dictó confinamiento y más problemas para la salud, el juego y la economía.

Sin público faltan los silbidos, los gritos, las pañoladas, el lanzamiento de almohadillas y los golpeos de las vallas que ponían en alerta a los jugadores. Falta el jugador número doce. Un ingrediente básico para avivar el juego. Nos deja mucha apatía en los partidos. El ritmo de juego se ve cansino, casi todo son pases en campo propio, sin progresión y sin profundidad no hay emoción y se acaba el espectáculo. Es difícil hacer las cosas fáciles y echo de menos una explicación simple, dicción clara y un lenguaje entendible, por parte de los que hablan, de los que explican.

Los grandes batacazos o éxitos de la Copa dejan claro dos tipos de entrenadores. Por un lado están los de libro, que no cambian el guion aunque truene y, por otro, los de campo, que se adaptan y preparan escenarios posibles de darse durante los encuentros. Entre éstos estamos los de afuera, que les decimos lo que tienen que hacer, sin tener conocimientos de la entidad ni formación académica. Es lícito, actuamos con licencia y tenemos la libertad de hacerlo, ya que formamos parte de este espectáculo y sometemos la toma de decisiones a juicio. Sea cualquiera el camino que se tome, siempre está sujeto a riesgo de no acertar y sólo fallan los que lo intentan.

La Copa nos trajo sorpresas y dejó partidos poco trabajados y preparados. Con este formato cualquiera puede ser castigado, por eso es tan sorpresiva, da ilusión y posibilidades de hacer una machada a los pequeños. Los grandes tienen soluciones individuales que no tienen los otros, de ahí salen muchas victorias, pero los pequeños lo consiguen a base de trabajo, de ilusión, corazón y fe en las pocas posibilidades que les otorgamos. Los buenos no necesitan apoyarse tanto en los recursos tácticos, no los trabajan de igual modo, se dejan ir. En esto le ganan los que están limitados por las condiciones individuales. Tiene ilusión por ganar, y ganar al mejor tiene mucha compensación, satisfacción y valor.

El fútbol es un juego y en el juego se puede perder, pero también se puede ganar.

Sentí pena de que algunas aficiones no pudiesen celebrar el éxito con sus equipos, sería bonito de ver. Así, muchas hombradas no pueden llegar y ser compartidas con los pueblos.

La familia del fútbol está triste, sin colorido en los estadios, sin el calor de los aficionados, sin celebraciones, sintiéndose lejos de los astros, con los ingresos muy reducidos por la pandemia, después de tantos fichajes caros y, algunos, poco productivos: son un gran problema, pero la pérdida de la ilusión es el mayor peligro para la supervivencia y para la industria de este deporte.

27 ene 2021 / 01:00
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