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Olimpia une, Olimpia sana

EL ESTADIO OLÍMPICO DE BERLÍN es, junto al Campo Zeppelín, la mayor reliquia del nazismo que todavía se mantiene en pie. Su exterior se conserva tal y como fue ideado en 1934: su interminable paseo de llegada, la piedra oscura que evoca la gloria romana, las seis torres que representan los pueblos germánicos, la campana con el águila imperial y las estatuas de Arno Breker.

Todo al gusto de un Führer megalómano que no quería celebrar los Juegos del 36. Fue Goebbels quien lo convenció de que serían una perfecta campaña de propaganda. De las calles de la capital del Tercer Reich desaparecieron mendigos y gitanos, los letreros antisemitas se retiraron y todo el mundo era tratado con amabilidad. Incluso que Hitler se negara a saludar a Owens forma parte de la leyenda. Durante dos semanas, en la Alemania nazi no hubo ni cuchillos largos, ni cristales rotos. Pero todo obedeció a una pantomima. Los Juegos de Berlín fueron un trampantojo para ablandar las conciencias de los principales objetores: Washington, París y Londres. De Roosevelt, Blum y Chamberlain.

De nada sirvió el primer boicot olímpico pergeñado por Estados Unidos y media Europa. O la Olimpiada Popular alternativa que se iba a celebrar en Barcelona con atletas de 22 naciones, frustrada por el alzamiento un día antes de su inicio. Medio centenar de países coadyuvaron al régimen de Hitler con su participación. Su entrada triunfal en el estadio, con cien mil brazos en alto y un coro de 3.000 voces dirigido por Richard Strauss cantando: “Alemania por encima de todo en el mundo” fue un simulacro de lo que vino después. Hitler quemó libros en el 33 para dividir al mundo. Pero ese mismo fuego unió naciones tres años más tarde.

En el origen de los Juegos, una llama eterna y pura ardía delante de los templos para recordar que Prometeo entregó a los hombres el fuego, “base creadora de toda cultura y progreso técnico”. Carl Diem repensó el mito ideando el relevo de la antorcha desde Grecia hasta Berlín, simbolizando la unidad de las naciones bajo el aura del fuego original. El propio Coubertin, padre del olimpismo, identificó a Diem como “un amigo, un verdadero hombre olímpico”. Y es que Diem no fue solo el creador del recorrido de la llama olímpica, también fue uno de los más influyentes historiadores del deporte. Su vinculación al régimen sitúa su herencia en entredicho.

Sí. El Estadio Olímpico de Berlín sigue en pie. Es la forma que tienen los alemanes de sanar las heridas. Recordándolas. Ni las tiran abajo ni pretenden que no existieron. El tiempo y el propio deporte disipa los horrores. Con un mundial de fútbol y otro de atletismo. Con Zidane y con Bolt escribiendo nuevas páginas en el mismo lugar.

Es lo mismo que han hecho con el legado de Diem. Y que ha llegado hasta aquí, 85 años después, manteniendo viva la llama olímpica que une, la llama olímpica que sana.

Ojalá que lo que debería haber empezado hace un año vuelva a unir a todas las naciones. Y que los Juegos Olímpicos de Tokio limpien tantos malos recuerdos en la llama eterna y pura de su pebetero.

22 jul 2021 / 01:00
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