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OBRADOIRO CAB: 50 AÑOS DE UN CLUB ESPECIAL (21) Referente y leyenda, la mítica camiseta del jugador, entrenador, jefe de prensa y defensor de los valores de la entidad será retirada este sábado en Sar // Forma parte indispensable del Obra desde el año 71 y su figura trasciende a lo deportivo TEXTO Cristina Guillén

Tonecho, ‘el 14’: “Sentimiento, pasión, espíritu, sufrimiento”

Se dice que es de valientes dar un paso al frente, proponerse como candidato, como voluntario, postularse a héroe sea cual sea la cruzada. Pero, ¿y aquellos que prefieren mantenerse a un lado?, ¿los que insisten en ceder el testigo en vez de adueñarse de él? A veces resulta imposible no ser protagonista, recibir elogios, ser señalado como parte clave, fundamental de una historia o ese personaje recurrente al que todo el mundo evoca, aunque hay quien tuerce el gesto y se revuelve ante el rol de actor principal.

A Tonecho no le gusta ser a quien enfoquen las luces, escapa de los destellos, siempre empuja a sus compañeros, a sus amigos, a su familia, pero irremediablemente hablar del Obradoiro CAB es hablar de él. Llegó al club compostelano en su segundo año de vida, cuando ya destacaba en el Bosco de A Coruña y aquí sigue, 50 temporadas después, tras defender su mítico 14 en la pista, ejercer de entrenador de cantera y del primer equipo, ser delegado, jefe de prensa, promotor de la cena de veteranos, embajador de los valores de la entidad y sobre todo ese nexo de unión que ha permitido el fluir de cada etapa de la entidad sin que surgiesen fisuras. Porque Tonecho siempre está... -“como otros muchos” es su particular postdata-.

“A mí me gusta compartir porque todos son igual o más importantes que yo. Nadie es mejor que el otro. Estamos hablando de gente que estuvo en el Obradoiro, que está en el Obradoiro, y que tiene el mismo derecho a salir. Esto es una cooperativa, si no iría a cenar yo solo, no 40. Todos hablan y opinan. La camiseta ojalá se la retiren a 30. Esto no es tenis ni yo soy Nadal. Esto es un equipo. Cuenta tanto el de los 20 puntos como el que se tiró al suelo a por el balón. No es que me moleste, es que me da vergüenza. Hay que ser agradecido por el hecho de que piensen en uno, pero me gustaría que se piense en más gente. Así es como lo veo. Es entendible ¿no?”, subraya con vehemencia.

Pero aunque le resulte incómodo a Antonio Tonecho Lorenzo Fernández (5/02/1952, A Coruña), los actos del 50 aniversario del club se abrirán este sábado con un emotivo homenaje a su figura durante el cual se colgará también su camiseta en lo más alto de Sar. Este ritual simboliza la veneración, el respeto y la gratitud del club, de sus compañeros y de la afición hacia una figura clave en su momento dentro de la cancha, pero sobre todo imprescindible, única, fuera de ella.

INICIOS. Y todo tiene un principio. “Yo empiezo a jugar al baloncesto en el colegio Academia Galicia, con Fernando González Laxe, que luego fue presidente de la Xunta, como compañero de pupitre. Cuando tenía 11 años hubo un Campeonato de Minibásquet del plan Hesperia en María Pita y allí fui. Tuve que buscar chavales de la clase porque no había mucha afición, pero como nos daban una Coca-Cola nos apuntamos. Ganamos dos partidos y quedamos todos contentos. No me había enseñado nadie, era todo por intuición hasta que llegué a los Maristas en mi primer año de juvenil. Aprendí viendo a Emiliano que era mi ídolo de pequeño”, rememora.

Pero no fue el baloncesto su única gran pasión. Una prueba con el Deportivo podría haber cambiado su destino. “Nos metieron allí en el vestuario del Dépor, todo de baldosa, blanca, con una piscinita, y fui con botines de baloncesto que no tenía botas de fútbol. Jugamos un partido, empatamos a uno, yo marqué un gol, y el entrenador que estaba allí, un tal Pintos, dio la lista de los que se quedaban y yo no figuraba”, relata sin perder la sonrisa: “Después me llamó y me dijo: ‘Jugó usted muy bien, pero con esas piernas no va a llegar a ningún lado’. Esa frase me quedó en la cabeza. Me dijo que solo así pueden llegar jugadores como Cruyff, un tal Ian Rush de Inglaterra que no sabía quien era... pero yo podía ser el tercero, ¿no?”.

“Luego, cuando me retiré jugué al fútbol sala en el equipo que fue la antesala del Lobelle, el Rosaleda Prensa Nacional y estuve cinco años. Ganamos el Campeonato Gallego, dos veces de segundo goleador, me llamaron para una selección gallega...”, apostilla.

Fue José Manuel Couceiro -al que Tonecho llama “el padrino”-, quien lo recluta para un proyecto que estaba naciendo. “Yo estaba en el Bosco de A Coruña y estudiaba Medicina en el Colegio Mayor San Clemente -¿Por qué Medicina? ¿Por tradición familiar? “No, qué va. Porque me gustaba, mi padre era profesor de Francés y de Inglés en mi colegio”, aclara-. “Era mi último año júnior, tenía 19 años, y Couceiro quiso ficharme pero el Bosco no le daba la carta de libertad porque existía el llamado derecho de retención. Sin embargo, también había una norma por la que si ibas a estudiar a la Universidad ya no era válido. Así fue como la consiguió el Obra. Esto fue en el 71”. Couceiro no desaprovechó el viaje a la ciudad herculina pues con él llegaron seis jugadores más: Rafa Reparaz, Pepito Iglesias, Nacho López-Vidal José López-Vidal, Pita y Emilio de Paz.

“Cuando fiché por el Obra ya nos fuimos a los barracones de Vite con Pablito, Pilís y Rafa. Allí estaba Carlos Calvo, Pepe Casal, becados por atletismo, un tal Alvarito becado por piragüismo. Estuvimos dos años, en el pabellón 10 del Burgo de las Naciones. Espectaculares”, echa la vista atrás con una sonrisa pícara.

Lo que no recuerda Tonecho es aquella primera conversación para ficharle “ni sé dónde fue”, añade. “Yo creo que se fijó en mí en el Campeonato Provincial que jugamos Obradoiro, Bosco y OAR Ferrol en Pontedeume en el que les ganamos y después quedamos terceros en el Campeonato de España de 2.ª División. Ahí quedé de segundo máximo anotador con rivales como el Náutico de Tenerife, el Vallehermoso de Madrid por ejemplo. También me veía en el Gimnasio porque yo jugaba los Campeonatos Universitarios con el Colegio Mayor”, asume.

“El Obra que me encuentro tenía jugadores de la categoría de Caldas, para mí el mejor pívot de menos de 1,90 que había en Galicia, Pilís, Pablito, Jorge Peleteiro, Nacho Rey, Ferrer... aunque llegamos seis de golpe no había grupos. Nunca”, sentencia al tiempo que evoca también qué baloncesto practicaban, en este momento, con Couceiro como entrenador, en 3.ª División. “Era un juego muy sencillo, de mucha libertad. La gente acusa a Caldas de que era anárquico pero lo éramos todos. Para adentro, tirabas, hacías dos cosas... pero sistemas debíamos de tener tres y ya era mucho. Era coger el rebote y correr, correr, de arriba para abajo”, se ríe a la vez que insiste también en el salto de calidad que se produce con la llegada de López Cid, Caso, Domínguez y Pirulo.

Como se recuerda en el blog Obrapedia, su debut con la camiseta del Obra fue el 10 de octubre de 1971 en un partido frente al Ademar de Vigo (77-34). Tonecho salió en el quinteto titular y aportó 18 puntos, fue el segundo máximo anotador después de Pablo (20). En sus 7 años siempre destacaría por su intensidad, su raza, su carácter y como uno de los líderes ofensivos.

La familia. Pero desde esa primera canasta aplaude como su mayor victoria el conseguir la amistad de tantos y tantos compañeros, el cariño de la gente, el sentido de pertenencia a un club que desde el primer día aceptó como propio. “Pasión, sufrimiento, espíritu, sentimiento”, enumera cuando se le pregunta qué supone para él el Obradoiro CAB, su otra “familia”.

Porque aunque la imposibilidad de compatibilizar juego y trabajo le obligó a dejar su mítico 14 en 1978, no tardó en volver para comenzar a desempeñar una cadena infinita de responsabilidades... hasta hoy.

RECUERDOS ESPECIALES

ESA ESPINITA CLAVADA. “El año que casi ascendimos a Primera. ‘El no ascenso’ le llamamos. Nos lo jugábamos en Tenerife contra el Caja Rural. Viajábamos en vuelo charter y no podía despegar hasta que se llenase. Salimos a las 7 de la mañana, llegamos allí a las 11 y pico, jugamos a las 12. Fallamos 18 tiros libres y los rumores dicen que Moncho Monsalve, entrenador del Valladolid, les había dado 300.000 pesetas de prima por ganarnos. ¡Nos matamos eh! Pero no hubo manera (82-80). ¡Y luego quedamos una semana de vacaciones allí!”

LO MÁS RARO EN UNA CANCHA. “Jugando lo más extraño que me pasó fue quedarme solo en la cancha con un júnior”, recuerda. “Y el sitio más raro en el que jugué fue en Durango contra el Tabirako porque era una cancha que hasta las 11 era un mercado. Ibas por la banda y quedaban restos de lechuga, de tomates... Da la casualidad de que 40 años después es donde vive mi hijo. Volví allí a ver la pista y sigue el mercado pero hay una cancha ya con tableros de cristal”, evoca.

EL DÍA QUE LE GANÉ A MONCHO FERNÁNDEZ “Fue en el colegio Júniors cuando cogimos el equipo Caldas y yo quedando 2 o 3 partidos porque a Miguel Gómez le salió una oferta del Rosalía. Nos jugábamos el ascenso a 2.ª Nacional y nos enfrentamos al A Estrada que lo entrenaba Moncho, un equipo con muchos chavalitos y les ganamos. Nosotros teníamos a Chete que me decidía un partido solo, a Paco Plaza, a Cadahía, Diego Pardal, a Dosaula... teníamos un equipito de caray”, se ríe.

UN ‘OBRADOIRO’ ESPECIAL “Va por épocas. En la mía hubo 3 o 4 temporadas que disfrutabas mucho. También vi jugar al Obradoiro de Aldrey, de Bill Collins, de Mario, Dosaula, Juane, Jiménez o Calvelo y fue espectacular; vi al equipo que ascendió a la ACB y era un equipazo; al Obra de ahora con temporadas fantásticas como la del año de LEB”, repasa y apunta: “Me acuerdo del partido con el que certificamos la categoría en 2012 frente a un Valencia con Nando de Colo, Claver, Dubljevic... Entre Corbacho y Oriol hicieron un partizado, también Milton Palacio que tenía mucha clase. Fue cuando Corby se sacó la camiseta en la celebración y tenía debajo una con mi nombre y el número 14 ...”.

“Nunca disfruté como entrenador, quería que jugasen todos y no siempre se podía”
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Santiago. “Couceiro era muy listo en el banquillo, Vitolo era libertad, Alfonso Rivera disciplina, método y rigurosidad y Lamela seriedad, cordura”. Así describe Tonecho a los cuatro entrenadores que le guiaron durante sus siete años como jugador en el Obradoiro CAB.

Dejó el club en el año 78 por la imposibilidad de compatibilizar ya su trabajo en la Banca con la exigencia de los entrenamientos para jugar aún cuatro temporadas más en el Queixume y en el Bosco de Vigo. A su regreso a la entidad, en 1982, con el equipo ya en la máxima categoría nacional, se hizo cargo tanto de las relaciones con los medios como de entrenar a la cantera. Pero el coruñés confiesa que nunca disfrutó del banquillo: “A mí me gustaba que jugasen todos y no siempre se podía, lo pasé fatal. En la base estuve tres años entrenando a gente como Chema Seoane, Aitor, Arturo y Fran Ferraces, Pablo Couceiro, Gato... luego me los llevé para el Rosalía cuando eran ya mayores y ahí sí que cuando ascendimos a EBA, que era entonces la segunda categoría, disfruté”.

Curiosamente, Tonecho también fue el último entrenador en dirigir al Obradoiro CAB en la fatídica temporada 91/92 que desemboca con el verano en el que, si no fuera por la “valentía” de José Ramón Mato y de José Ángel Docobo, el club hubiese desaparecido. Fue una campaña llena de incidentes en 1.ª B que comienza con Javier Lorenzo en el banquillo hasta que lo cesan, llega Tim Shea que se marcha, luego lo coge Pepe Casal, pero el último encuentro, ya con el descenso consumado, Tonecho tiene que salir nuevamente al rescate en Bilbao. “Íbamos ganando de 14 al descanso con gente como Chete y Sanmartín, Chiri Nouche... había allí mucha rapazada porque a los veteranos les di descanso. Al final perdimos solo de 5 con 4000 aficionados en La Casilla”, recuerda. C.G.

Cada eslabón del obradoirismo cuenta
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Santiago. Tonecho es un hombre de listas. Su única preocupación siempre es asegurarse de que junto a su nombre, sea cual sea el reportaje o la entrevista, se mencione a todos y cada uno de sus compañeros y a todos aquellos que se han erigido en eslabones de una cadena de obradoirismo que han permitido al club sobrevivir hasta hoy. Entiende que existen cuatro etapas en la trayectoria de la entidad: “los socios fundadores, la gente que fue pasando hasta llegar al año 91, quienes lo levantan con el mérito de pagar juicios y empezar desde abajo hasta llevarlo a la EBA, y los que están ahora”. “Docobo y Mato, que lo mantienen en las catacumbas, tienen más mérito que nadie por su valor y ahí entra gente como Pepe Martínez, Parajuá, jugadores como Adrián, Gato o Vilas”, sopesa. Pero tampoco resta mérito a los que sostienen a la entidad en estos días de gloria, quienes están dotando al Obra de solidez y crédito entre los grandes clubes de la ACB, así como a los jugadores que también han peleado por mantener un vínculo con el público, aunque considere que habría que fomentar el apartado “social” para mantener el apego afición-club, club-afición.

Pone como ejemplo la labor de Oriol Junyent, Corbacho y Pozas: “Fueron referentes deportivos, pero sobre todo sociales, personas que se involucraron con la ciudad, con los niños, en los colegios, con actos del club, con los aficionados, algo que hoy en día cuesta más y no se ve tanto”. “También Moncho y el cuerpo técnico, ellos son la primera referencia porque conocen la historia además, la han vivido”. c.g.

Una cadena de solidaridad que tiene su punto de reunión: la cena de los veteranos
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Santiago. Tonecho es un símbolo del obradoirismo -aunque le dé “vergüenza”-, de esas personas que siempre han estado para sumar, conciliar y poner en perspectiva cada uno de los pasos que ha ido dando el club en sus 51 años ya de vida.

Su actitud no es una pose, comienza ya con aquel baloncesto que todos sus coetáneos califican de “romántico” o “sentimental” -“Porque siempre estábamos juntos, entrenando, saliendo, con la familia, viajando. Si había un problema echábamos todos una mano. Hablábamos con la directiva. El que estaba casado por ejemplo siempre era el que primero cobraba cuando había más apuros”, traduce- y llega hasta hoy.

Un ejemplo de su disponibilidad absoluta es la mítica cena de veteranos de cada último viernes de mes de junio, salvo en los dos últimos años que se suspendió por la covid. Nació en el año 1980, en la Jamonería Munín de la Plaza de Vigo. “En principio éramos ocho, después esto fue a más”, se ríe. Como ha ido a más la cadena de solidaridad entre compañeros-amigos-familia que se ha creado en torno a ella. c.g.

14 oct 2021 / 01:00
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