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Adam Zagajewski, cómo alabar al mundo herido

adam zagajewski se fue con la primavera, con sus trinos de libertad, con sus poemas. “Los pájaros son los poetas antes de la inteligencia. Me gustan especialmente los mirlos. Su canto es una alabanza del mundo. Desgraciadamente, son pocos los que escuchan a los pájaros”. En un mundo distraído se ha ido uno de los mejores pensadores, escritores y poetas, una sensibilidad única, comprometida, creadora.

Conoció la censura y el exilio, pero descubrió la patria de la creación e hizo bandera de la belleza y de la humanidad en un trasiego primero de patrias quietas, de aquellos territorios que en la postguerra mundial, cambiaban de nacionalidad pero no de lugar. Nació en 1945 en Lvov, que era Polonia, luego fue Unión Soviética y ahora es Ucrania. Vivió su infancia en Gliwice, otro lugar que era parte de la Silesia alemana hasta que después de la gran Segunda contienda. Más tarde se trasladó a la Cracovia polaca -por subversivo-, donde estudió Psicología y Filosofía e hizo sus primeros versos. De ahí a París. Y ya con prestigio consolidado llegarían las universidades americanas, Houston y Chicago. Regresó a Polonia, a Cracovia, en el 2002, aunque obligado por el valioso reclamo de su magisterio se veía obligado a viajar con frecuencia.

Sus versos reflejan las huellas de esa trayectoria geográfica en la que se le fueron agregando experiencias, pero en él han resistido unas convicciones profundas y la melodía de todos los grandes compositores. Escribió para “descubrir la belleza que hay en el mundo”, ahí está su verdadera patria, su ideología más sincera. “[...]En ciudades extrañas/ contemplamos las obras de viejos maestros/ y, sin asombro, en añejos cuadros vemos/ nuestros propios rostros. Habíamos existido/ antes, e incluso conocíamos el sufrimiento,/ nos faltaban tan sólo las palabras [...]”

Más que de generaciones encasillantes, cuando se alude a Adam Zagajewski hay que hablar de una sensibilidad polaca universal, como la que pudo emerger en dos creadores excepcionales compatriotas suyos, Czeslaw Milosz y Wislawa Szymborska. Estos sí pudieron alcanzar el Premio Nobel y los dos han imbuido la obra del autor ahora fallecido, eterno finalista del galardón sueco.

España, a la que se sentía muy unido, le otorgó a Adam Zagajewski un relevante Príncipe de Asturias 2017, decidido por un jurado que presidió el que todavía era presidente de la Real Academia Española, Darío Villanueva. Fue algo más que un gesto, fue un merecido reconocimiento desde el país de Cervantes o Antonio Machado, que tanto ha significado para él y en su obra.

El creador polaco nos invitó a positivarnos en una vida que sabemos reiterada en molestas y dolorosas llagas. “Alaba al mundo herido/y la pluma gris perdida por un mirlo,/ y la luz delicada que vaga y desaparece/ y regresa”.

Adam Zagajewski cambió de estación. Es como si siguiese buscado una ciudad, un andén, un destino, un anaquel perpetuo en el que posar sus poemas, sus novelas, sus ensayos, sus convicciones humanas, sus hallazgos. En sus obras encontraremos todo ello. “Fluye, fluye, nube gris,/ se abre la flor de la peonía,/ nada te une ya a esta tierra,/ nada te une ya a este cielo”. La nada y el todo se hacen evocación deseada y ya eterna, los pájaros han de ser escuchados mientras proclaman en esta gris primavera los versos de un europeo universal.

La mayor parte de la obra de Adam Zagajewski, de ese canto permanente a la vida que se hizo palabra y poesía y libertad, está publicada en España por el sello Acantilado, junto a otros títulos relevantes editados por Pre-Textos.

“El amanecer siempre dice algo, siempre”. En eso deberemos seguir basando nuestra esperanza. El autor cumplió su gran misión: encontró las palabras, esas “que nos faltaban”. Esta mañana ha reaparecido ente ellas, por eso merece la pena seguir alabando “al mundo herido”.

28 mar 2021 / 01:01
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