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La mágica saga de Papá Noel

Si bien ahora es una celebración universal (incluso para los no creyentes) la fiesta de la Navidad permaneció ausente de la liturgia cristiana durante los primeros siglos de nuestra era. Sin embargo constituye un tiempo de profunda significación religiosa que recuerda la natividad de Cristo salvador y el carácter sagrado de la vida humana. Coincide además la Navidad con las fechas del solsticio de invierno, tiempo en que todos los pueblos de la antigüedad acostumbraban no solo a hacer ofrendas a sus dioses, sino también a intercambiar regalos, para propiciar y hacer más plácida el duro invierno hasta el renacimiento de la primavera.

De este modo, los pueblos nórdicos celebraban el rito del Yule Log (el zueco, o tronco de Yule) consistente en un tronco de árbol, que quemaban frente al hogar de las casas, como augurio de fortuna y felicidad para el nuevo ciclo anual a punto de comenzar. Una tradición (la tronca de Nadal) que también conservan todavía muchos pueblos del Pirineo aragonés.

Así mismo, la mitología germánica otorgaba al dios Odín (All-Fadher –Padre de todas las cosas–) un poder especial durante este período del año, quien llegada la noche, volando a lomos de un corcel de ocho patas, velaba por la felicidad de todas las personas, a través de su omnipotente sabiduría y bondad. Y es precisamente en el dios Odín donde quizás se encuentre el primer antepasado de nuestro entrañable Papá Noel (Padre de la Navidad) el simpático y bonachón personaje de largas y floridas barbas blancas (calzando botas y enfundado en sus inconfundibles bombacho y abrigo de color rojo –y pura lana nórdica– ribeteado de albo armiño) volando en su mágico trineo tirado por renos.

No obstante, la compleja genealogía de la que hace gala Papá Noel, también cuenta con un célebre santo entre sus antepasados: San Nicolás de Bari, personaje del siglo IV que fue obispo de la ciudad turca de Mira, y cuyo nombre proviene de las palabras griegas nike (victoria) y laos (pueblo), viniendo por ello a ser el “protector y defensor de los pueblos”. Algo muy parecido a lo que Odín significó para los pueblos germanos de la antigüedad.

San Nicolás llegó a ser muy venerado en los países escandinavos, siendo en ellos conocido con el nombre neerlandés de Sinter Klaas, del cual –en los países de habla inglesa– proviene el nombre de Santa Claus, con el que actualmente también se conoce a Papá Noel.

Sin embargo, serían los emigrantes europeos que se establecieron en los Estados Unidos quienes más hicieron por dar a conocer a tan maravilloso personaje. Y entre ellos destaca un gran escritor: Washington Irving (autor del libro “Cuentos de la Alhambra”, 1932), quien el 6 de diciembre de 1809 (coincidiendo con el aniversario de la muerte de San Nicolás de Bari, acaecida el 6 de diciembre del año 345) publicó Knickerbocker´s History –Historia de los bombachos–, en lo que venía a ser una divertida y fascinante historia de Nueva Amsterdam (nombre que originalmente tuvo Nueva York) y que tenía como protagonista a San Nicolás. El mérito de Washington Irving fue el de ser el primero que vislumbró la transición entre el bonachón, pero también austero San Nicolás y el simpático y alegre Santa Claus, volando por el aire a bordo de un trineo tirado por mágicos renos para de este modo poder dejar regalos a todos los niños en todos los hogares del mundo.

Sin embargo, un tan universal, sincrónico e inseparable personaje de la Navidad, había de tener, por fuerza, muchos otros avatares asociados a su tan polifacética como inconfundible figura. Por eso, los niños de Estados Unidos y muchos países del norte de Europa, también lo conocen a con el nombre de Kriss-Kringle (adaptación al inglés del término alemán Christkindl –Niño Dios–) que en realidad es otra de las muchas maneras de llamar a Papá Noel.

Por eso los niños de Finlandia cantan que “cuando suena el tintineo de la campana del trineo y los copos de nieve hacen cosquillear los oídos y la nariz, es que anuncia su llegada el alegre Kriss Kringle”. El Niño Dios al que el cantante francés Tino Rossi dedicó en 1946 (en un mundo que acababa de sufrir los horrores de la II guerra mundial) la delicada balada Petit Papa Nöel –El pequeño Papá Noel– que tuvo un rotundo éxito a nivel mundial, y devolvió la alegría y la esperanza, que aún perdura, y perdurará por siempre, a todos los niños de la Tierra.

03 ene 2021 / 01:00
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