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Santas y legendarias marañas en torno a Cecilia

¿Qué vínculo existe entre Cecilia y la música? ¿Por qué y desde cuándo es patrona del gremio? ¿Tocaba o cantaba? ¿Cuál es la causa de tanta confusión y enredo?

Son algunas de las preguntas que muchos hacen en su festividad, el 22 de noviembre. No son fáciles las respuestas. El galimatías formado, dicen, es de los más grandes del santoral romano.

Un mal punto de partida es la inadecuada interpretación del Acta de su martirio, redactada en el s. V, dos siglos después de su muerte, acaecida hacia el año 230.

El latín, lengua vehicular de la Iglesia, es muy rico en matices. Revisadas varias traducciones de esas Actas, ninguna concuerda con otra. No seré yo quien añada más letra errónea o poco creíble.

Todo apunta a que Cecilia cantaba en su interior, la noche de bodas, rogando a Dios que conservara su pureza. Por este dato se asimila a Santa Lucía, patrona de los ciegos. Lo refuerza la etimología del término Cecilia que probablemente proceda de caecus, en su diminutivo -masculino o femenino- de origen latino cecilius (pequeña ciega).

La composición de una antífona gregoriana del medievo, muy divulgada, contribuyó a agrandar la leyenda. De ser ciega, pasó a ser sorda y muda y tañedora de instrumentos.

¿De cuáles? Los propios de cada época: lira y cítara, violín y flauta. Y, por supuesto, el órgano con orígenes en Grecia y presente siempre en la historia musical de occidente.

Se supone que Cecilia, siendo patricia romana, como sus iguales, habría aprendido música y a tañer algún instrumento.

Una de las más bellas representaciones de la santa la realizó Stefano Maderno en 1600, para ser colocada sobre el lugar donde reposan sus restos, trasladados de las Catacumbas de San Calixto a la Basílica de Santa Cecilia, en Trastevere (Roma). Tumbada y ladeada, como muestra de haber sido decapitada, ayudan a diferenciarla de otros mártires.

Desde que fue declarada virgen y mártir en 1594, sirvió de inspiración a pequeños y grandes compositores.

Henry Purcell (Westminster, 1659 - Londres, 1695), compuso varias Odas a la santa, como Hail, bright Cecilia, Z328 (1692). Destacó desde niño por sus habilidades para la música y tuvo la fortuna de formarse con los mejores maestros de la capilla real inglesa, sitio al que siempre estuvo vinculado y donde trabajó hasta su muerte, con solo 36 años.

En su catálogo hallamos de todo: música sacra, óperas, de cámara y para órgano. Entonces Londres no era una ciudad atractiva ni gozaba de gran tradición musical en el ámbito europeo. Pero él conoció la música francesa y la italiana, incorporando su técnica y estética a su ya elevada formación.

En dicha oda, diversos instrumentos van tomando protagonismo -cual solistas vocales- para honrar a su patrona. Sus partes orquestales, los coros dejando que se oiga el sonido del violín, el órgano, la flauta, y ese final grandioso y brillante, con la eclosión del Hail, bright Cecilia, imponen.

Cuando F. G. Haendel, en 1712, arribó en Londres, halló en él lo que no había encontrado en otros músicos. Los coros de sus oratorios, como El Mesías, con sus arias para solistas de grandes dotes, sus armonías alternas entre homofonía e intrincado contrapunto, son reflejo del impacto de Purcell en su música. Desde su muerte en 1759, reposa en la abadía de Westminster. La obra de Haendel a Santa Cecilia se trata de una ópera-oratorio, reconvertida en oda, forma muy preciada en la corte inglesa.

Compositores posteriores realizaron piezas en esta línea. El británico B. Britten (1913-1976), nacido un 22 de noviembre, musicalizó sobre un poema de W. H. Auten el Hymn to St. Cecilia, estrenado en 1942 en la radio.

Más recientemente, honró a santa Cecilia Arvo Pärt que cumplió 86 años en septiembre. Cristiano ortodoxo, destaca por su producción coral de música clásica sacra de corte minimalista. Laureado y aplaudido (Premio Ratzinger, 2017) en el año 2000 recibió el encargo del organismo designado por el papa para componer la obra sinfónica para cuatro solistas y coro Cecilia, vergine romana. Es un expresivo drama musical que remarca los hitos de la vida de esta santa.

En Galicia también hay ejemplos encerrados en archivos catedralicios: Voz de gloria en la tierra, himno a santa Cecilia del maestro de capilla José Alfonso Fuentes (Teruel 1867-Madrid 1920) es uno de ellos, pese a residir en Compostela solo un año.

A este paso tendremos que remitirnos a los juglares y a los romances y coplas de ciegos de los caminos de Santiago, con letras nada vinculadas a la santa romana.

O echar mano de Faustino Santalices (Bande 1877- Madrid 1960) que con su zanfona, cantaba a fines del XIX: O Alalá foi a Roma,/O Alalá foi e veu,/foi a decirle o Padre Santo/que viñese o xubileu...

Y no andaba errado. En el jubileo estamos, esperando nuevas letras y cantos.

12 dic 2021 / 01:00
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