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El final de campaña aprieta los zapatos a los candidatos

Entre la imprevisible abstención, las noticias falsas y el cabreo por el fiasco del 28-A, los aspirantes creen estar ante una bomba de relojería

XOSÉ RAMÓN R. IGLESIAS SANTIAGO   | 09.11.2019 
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Cualquier cosa puede pasar el 10-N. Esta es la sensación generalizada que en privado admiten tener todos los candidatos a la Presidencia del Gobierno y sus amplios equipos de asesores. Con esta impresión, entre positiva y negativa a partes iguales, acabó anoche la campaña oficialmente más breve de la historia de nuestra democracia recobrada, aunque oficiosamente fue la más larga, pues comenzó nada menos que en febrero, cuando Pedro Sánchez decidió disolver las Cámaras y convocar las elecciones generales para el 28 de abril. Desde entonces, no hubo ni un solo día en que los dirigentes políticos dejasen ocioso cualquier micrófono que les pasara por delante.

De hecho, este bombardeo propagandístico desproporcionado, con sobredosis de noticias y datos falsos colados a diario entre las verdades y las medias verdades, unido a la enorme decepción que provocó en amplios sectores de la población la nula productividad de los comicios de abril, está en la base de la desconexión con sus votantes que la mayoría de los políticos detectaron con pavor en esta semana de campaña. Una campaña que alcanzó su final apretándole de lo lindo los zapatos al presidente del Gobierno y candidato del PSOE, mientras que al líder y aspirante de Vox, Santiago Abascal, se le hizo tan corta que pudo acabar sus postreras horas entonando aquel éxito a dúo de Alejandro Sánz y Melendi: "Déjala que baile con otros zapatos, unos que no aprieten cuando quiera dar sus pasos".

Para Pedro Sánchez, estos últimos días fueron un calvario desde que cometió el error de hacerse pasar por el jefe absoluto de los fiscales, un tremendo tiro en el pie que le impidió ir desgranando sus novedosas propuestas lanzadas durante el detabe televisado del lunes, al tener que utilizar todo su tiempo en justificar una equivocación disparatada que atribuyó al cansancio.

Abascal, sin embargo, aprovechó mejor que nadie su paso por el plató de televisión, donde colocó sus mensajes impactantes de manera diáfana y directa, sin que nadie los pusiera en cuestión porque los cuatro grandes estuvieron más pendientes de atizarse entre ellos, desdeñando al candidato que ahora resulta que es el que más sube en las encuestas clandestinas de estos definitivos días.

Si a principios de noviembre los resultados parecían claros, a tenor de las tendencias que indicaban todas las encuestas, ahora mismo todos los partidos se van al día de reflexión con todos los interrogantes posibles sin despejar. Sánchez y el PSOE afrontaban este proceso electoral con el convencimiento de que sólo podrían mejorar sus resultdos del 28-A y esta lectura, con más o menos matices secundarios, era aceptada por sus contrincantes. La incógnita a despejar era hasta dónde llegarían con el número de diputados que sumarían a sus 123 de abril y, en función de eso, cuáles serían las posibilidades que se abrirían para pactar la investidura. Pero a medida que avanzó la campaña, con el Partido Popular rozando el centenar de escaños y Vox la mitad de esta cantidad, todo puede depender de la abstención. Si su nivel asciende hasta una cifra casi desorbitada, la izquierda podría tener razones para entrar en pánico, ya que la victoria de las tres fuerzas de la derecha no sería imposible. Sigue siendo el resultado menos esperado, pero ya no inverosímil.

Unidas Podemos lo advirtió desde el primer día, darle una nueva oportunidad a las formaciones conservadoras era una temeridad. Errejón aterrizó en el escenario de la política nacional atizando también a los dos fuerzas hegemónicas de la izquierda por conducir al país a una repetición electoral en la que los progresistas sólo pueden perder lo que ya habían ganado en abril. E incluso el candidato del PP, Pablo Casado, avisó a Sánchez que "las urnas las carga el diablo". El presidente no hizo caso a nadie, salvo a su principal asesor, con cargo en La Moncloa desde la moción de censura, Iván Redondo. Fue él quien le recomendó llevar al país a elecciones, convencido de que los ciudadanos premiarían en ellas la breve gestión del PSOE y castigarían a Pablo Iglesias por la frustración que supuso para la izquierda el fracaso en las negociaciones para la formación del nuevo Gobierno. El jefe del Ejecutivo compró su tesis y durante los meses estivales interpretó lo mejor que pudo el papel del presidente bueno y generoso al que los asilvestrados rupturistas más radicales de Europa le entorpecen e imposibilitan dejar de estar en funciones en la residencia monclovita y poner en práctica el programa de Gobierno social que España necesita.

Esa era la teoría, pero en la práctica Podemos resultó ser un hueso mucho más duro de roer de lo que esperaban. Iglesias es un candidato que se mueve como pez en el agua en campaña y, además, la paz interna que les arrancó a sus socios hasta después del 10-N hizo que el daño que se preveía que le causase Errejón a priori quedase minimizado. Sánchez pensaba que los votos del caladero rojo del rival al que llegó a vetar le caerían por añadidura y concentró sus mayores esfuerzos en buscar los de los desencantados con el centro derecha. Sus previsiones fallaron y el PSOE quedó estancado, por lo menos hasta el último día en que se publicaron encuestas.

Desde el debate del lunes, la percepción que sobrevuela la campaña es que ningún escenario es descartable. La ciudadanía se encuentra hastiada, desencantada y hasta cabreada con su clase política. Nadie puede controlar hasta dónde llegará la abstención. Y ahí reside la principal clave. El pueblo tiene la palabra.