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MILAGROS OTERO PARGA // Catedrática de Filosofía del Derecho de la USC

Aprendí a cantar el Himno al Apóstol cuando era niña

TODOS AMAMOS NUESTRA TIERRA, el lugar de donde somos, nuestra lengua, nuestras costumbres... Todos esos elementos externos suponen el nexo que nos une con nuestra historia, con nuestros antepasados, con nuestras familias. Sí, todos amamos y defendemos lo nuestro, aunque lo hagamos de distinta manera.

Yo nací en Santiago de Compostela y siempre me he sentido compostelana, gallega, española, europea e incluso con una parte del corazón latinoamericana. Todas esas pertenencias lejos de excluirse se completan mostrando un espíritu universal que creo que es el propio y genuino de Galicia.

Desde pequeña aprendí la belleza de mi tierra, su folclore, sus costumbres, valoré su patrimonio artístico y geográfico, pero sobre todo el humano, porque Galicia tiene muchas cosas hermosas, pero lo mejor de todo es su gente, gente que lejos de ser pusilánime, como algunos quieren presentarnos, somos trabajadores, responsables, serios en nuestro trabajo y comprometidos con nuestra tierra.

Desde muy niña me enseñaron a cantar el Himno al Apóstol. Lo aprendí no sin esfuerzo porque no es nada fácil de cantar, y hoy en día me alegro mucho de saberlo.

Este himno se cantaba en las grandes celebraciones de la ciudad, como las que se hacen el día 25 de julio que es la festividad de Santiago.

Este año sonará distinto. Todo ha sido distinto desde que el 14 de marzo se decretó el estado de alarma por causa de la pandemia del coronavirus.

Desde ese día han pasado muchas cosas. La mayoría de ellas malas. La peor de todas fue sin duda la pérdida de vidas humanas. Los vacíos que dejaron en nosotros los miles de vidas perdidas muchas de ellas en circunstancias muy dolorosas de sufrimiento y soledad.

Hoy día del apóstol, quiero asumir la voz de todas ellas y poner a los pies del Santo Patrono de España el sufrimiento de su tierra. Quiero que ese sufrimiento no se olvide. Deseo que no haya sido en balde. Quiero recordar a cada uno de los fallecidos con su nombre y su apellido. Quiero estar al lado de cada una de sus familias, tendiéndoles la malo, esbozando una sonrisa. Diciéndoles que soy perfectamente consciente, de que nada les devolverá a su ser querido, pero todos sentimos su pérdida.

Quiero tener un recuerdo emocionado hacia el sufrimiento de tanta gente. Pero quiero hacer algo más. Quiero mirar hacia delante. Quiero agradecer el esfuerzo de todas las personas que a su manera y desde su puesto en la sociedad, ayudaron a luchar contra el virus. Muchos de ellos lo hicieron de forma clara y pública. Estuvieron en lo que se conoce como “primera línea”. Pero otros muchos han permanecido en el anonimato a pesar de que su sacrificio también fue inmenso.

Hemos sufrido mucho, algunos mucho más que otros como siempre sucede. Tengo en mi mente a los que lo han pasado y lo siguen pasando peor y pido al Señor Santiago en su día que no los olvide.

Quiero trasladar hoy un mensaje de esperanza, de confianza en nuestra gente, de solidaridad y de esfuerzo compartido. La sociedad gallega se levantará, estoy segura, pero deberá hacerlo una vez apoyándose los unos en los otros, con responsabilidad y sentido de sacrificio.

Podemos hacerlo, lo haremos cada uno fortaleciendo el eslabón de la cadena de la historia que nos ha tocado vivir.

Volveremos a “ser quen”. Y el himno al apóstol que aprendí a cantar cuando era niña volverá a sonar a voz en grito en la catedral de Santiago. Y la campana de la Berenguela volverá a tañir para recordarnos a todos que seguimos caminando, que recobraremos nuestras vidas, que en esta nuestra tierra que llueve tanto, “ainda nunca choveu que non escampase”.

24 jul 2020 / 20:51
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