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MARTA GONZÁLEZ VÁZQUEZ // Portavoz Adjunta, Diputada del Grupo Parlamentario Popular por la provincia de A Coruña

La ofrenda al Apóstol Santiago y su necesidad

EN ESTA ÉPOCA en la que vivimos de manera cotidiana la falta de credibilidad de las instituciones por parte de la ciudadanía, muy especialmente de aquellas cuya responsabilidad depende de políticos que, a pesar de ser elegidos democráticamente, son los más denostados de todos en este totum revolutum de desprestigio y desprecio, algunas ceremonias, como la ofrenda al Apóstol Santiago que se celebra anualmente el 25 de julio y es presentada por el propio Rey , cobra una importancia fundamental, en un país en que las formas y la cortesía debida en el ejercicio de la convivencia institucional y política se están perdiendo de manera lamentable.

La recuperación de la monarquía parlamentaria en España después de 1975 trajo consigo, por parte del nuevo monarca y su familia, y por parte del gobierno del Estado, la creación de un moderno protocolo y sistema de funcionamiento caracterizado por su enorme sencillez. Dada la fecha en la que esa restauración se producía, al consenso generalizado de todos los partidos en torno a ella y a la juventud de los monarcas, toda complicación se simplificó al máximo y desaparecieron muchos símbolos y ceremonias, tanto aquellos que habían pertenecido a la época del monarca anterior, Alfonso XIII, que abandonó España rumbo al exilio en 1931, como aquellos otros que podían recordar los cuarenta años del régimen previo a la restauración de la democracia, la dictadura de Franco.

También en el Parlamento español los procedimientos se simplificaron al máximo. El sistema bicameral heredero del primer parlamento europeo, las Cortes de León de 1188, que tuvieron lugar siendo rey Alfonso IX, quien por cierto está enterrado en la catedral compostelana, es sin embargo de los menos protocolarios, gobernándose con un sencillo reglamento útil y suficiente en los primeros años de vida de la recién recuperada, pero que ahora debería ser objeto de una actualización para clarificar determinados aspectos de la vida y el comportamiento parlamentario que simplemente no tuvieron cabida en las mentes de los redactores e inspiradores del momento, puesto que no podían imaginar que el comportamiento de diputados y senadores traspasase los límites de lo que se ha venido denominando “cortesía parlamentaria”, hoy desgraciadamente desaparecida del Congreso.

El mantenimiento por parte de los Reyes de España de la Ofrenda al Apóstol Santiago el 25 de julio de cada año, instituida por Felipe IV en 1643, y refrendada por las Cortes españolas tres años después, para reafirmar a Santiago el Mayor como Patrón de España, supuso un nexo de unión con el pasado, pero no con el reciente franquista que a muchos viene a la memoria por su proximidad y por la utilización que hizo la dictadura de este símbolo nacional, sino con el reconocimiento de la singularidad del hecho compostelano, la presencia en el territorio de una basílica que es el lugar de enterramiento de uno de los discípulos más queridos del propio Jesús, a la que toda Europa peregrinó desde al menos el siglo XI.

Pocas opciones proporciona nuestro sistema constitucional de monarquía parlamentaria para que la ciudadanía en su conjunto escuche al Rey -apertura solemne de las Cortes, del Año Judicial, del curso universitario y escolar, mensajes navideños- por lo que la Ofrenda al Apóstol Santiago constituye una ocasión destacada para que el monarca, junto con el arzobispo compostelano, repasen los problemas del momento, propongan soluciones y trasladen su visión de futuro de una manera más global, menos vinculada a un acontecimiento concreto. La ceremonia es un precioso y anacrónico diálogo entre el monarca -o su delegado, especialmente nombrado cada año- y el Apóstol, en casa de éste, presente su representante en la diócesis, el arzobispo, que es el que contesta.

Este año de 2020, en el que todos los males posibles en forma de coronavirus han caído sobre el mundo y más intensamente sobre nuestro país, cuando lloramos aún a los fallecidos, de los que no hemos podido siquiera despedirnos, cuando nuestra forma de comunicarnos y relacionarnos con nuestros seres queridos se ha transformado completamente, y cuando tememos al desempleo, la crisis económica y la incertidumbre educativa que nos acechan tras la esquina del verano, ese diálogo y el ruego al Apóstol se hace más urgente, más atractivo, más intenso.

Apreciémoslo y respetémoslo como lo que es, uno de los escasísimos ceremoniales que se mantienen en un Estado que los desprecia y los ha suprimido en su práctica totalidad. Que sea Santiago, y Galicia, tierra a la que Santiago ha dado entidad y carácter, quien mantiene esta tradición, debe ser motivo de orgullo y alegría cada 25 de julio.

24 jul 2020 / 19:31
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