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Rafael Úbeda ingresa en el club Gallegos del Año

Muralista, grabador y pintor, trabaja cada día desde las 8 de la mañana hasta que se pone el sol// Su primer amor, antes que la plástica, fue la música

Un verdadero descubrimiento ha sido para mí conocer a Rafael Úbeda ­Piñeiro (Pontevedra, 1932), académico numerario de la Real Academia Gallega de Bellas Artes, doctor por la Universidad Complutense de Madrid, miembro del grupo internacional Zebra de Grabado (Ámsterdam) catedrático de Dibujo y profesor de Pintura en las Escuelas Superiores de Bellas Artes de San Fernando (Madrid), San Jorge (Barcelona) y en las universidades de La Laguna y Vigo.

De conversación agradable, inteligente y aspecto ­jovial, el pintor me conmueve con el relato de los ­primeros años de su ­vida, que en su día contó el desaparecido dinamizador cultural Luis Mera en la ­públicación Rafael Úbeda, sus raíces ­sonoras.

[...] “Llegaron los Reyes Magos y el modesto regalo entró en su humilde hogar. Era una pizarra de medianas dimensiones (en aquellos momentos parecía enorme) donde los hermanos se enfrentaban con la realidad compleja del sentido de la propiedad. Se enfrentaban a ella y a ellos mismos sin considerar vulgares ni caóticos sus rasgos. Contrariamente a sus hermanos, descubre en la pizarra una esfera nueva a través de los arañazos del pizarrín. Es una creación, es una cabeza humana que, benévola con él, le concede todos los honores de redibujarla y lo logra, porque allí estaba para ser intuida y visionada por un precoz dibujante que vive con nervio y tensión la vida diaria. Era incluso una cabeza elegante, increíble que un chiquillo de seis años pudiera realizarla”.

Úbeda me confiesa que su primer amor, antes que la plástica, fue la música, que va a ser desde la infancia, tal como escribió Mera, “una de las expresiones artísticas imperantes en la formación de su estilo plástico-renovador. Con el musicólogo Agustín Isorna, su tutor y amigo cuando el adolescente Rafael cantaba en la Polifónica, participa en el concierto de la naturaleza, mientras paseaban por las orillas del río Lérez. Con él aprende la música de los pájaros, olmos, carballos y salgueiros en los encantadores lugares de Monteporreiro”.

Su afición a la música le llevó a actuar, con muchas dificultades y sacrificio, ­como violinista en ­cuartetos de cámara, así como en la Orquesta Sinfónica de ­Pontevedra.

Intuía el arte y su padre “asombrado, muy prudente y atinado, lo conduce y lo encajona con dos artistas pontevedreses: Agustín Portela y Ramón Peña”.

Rafael Úbeda “arrastra la tristeza y la amargura del niño que tiene necesidad de pintar... Vive atormentado por esa necesidad que tiene difícil realización a causa de la situación socioeconómica familiar en los años 40 y 50 del pasado siglo”. Por ello, “el joven se ve obligado a dibujar y acuarelar en la calle durante los escasos momentos libres que tenía porque ejercía de hijo solidario con la familia entregando su dinero ganado a través de carteles y anuncios pintados”.

telegrafista. Más adelante, y teniendo una vida cómoda como telegrafista, no se conforma y decide “romper con el mundo de comunicación, ­surgiendo el conflicto paterno por la rotunda decisión de ­abandonar el empleo fijo en ­Pontevedra.

Es así como “emprende el arriesgado sueño de ingresar en la Escuela Superior de Bellas de San Fernando (Madrid)”, no sin pasar ­penurias, “anécdotas y sucesos curiosos”.

Pero se supera a sí mismo, consigue vivir durante toda la carrera “en el camerino número 17 del teatro Infanta Beatriz de la empresa de espectáculos del ourensano Fraga, que le facilitó un estudio a cambio de pintar carteles y escenografías”.

Era muy complicado “entonces, pues había tan solo 30 plazas anuales entre varios centenares de aspirantes. Madrid no erosiona ni anula la voluntad del joven pintor de 23 años carente de recursos económicos y de relaciones. Sin embargo, logra el ingreso en San Fernando y más tarde la beca anual (6.500 pesetas) que más que beca era una ayuda de la Diputación de Pontevedra”.

Será en el año 1960 cuando “el agudo talento de Úbeda se afirme, una vez finalizados sus estudios en San Fernando con las máximas calificaciones”.

gran premio ­roma. Empieza a cosechar premios. Las ciudades de Ferrol y Roma son precursoras de su éxito artístico. En 1965 logra por oposición la ­cátedra de Dibujo en el Instituto ­Masculino de Ferrol y el ­Gran Premio Roma de Paisaje, que lo convierte en ídolo en Pontevedra.

Me cuenta que la experiencia italiana, que duró cuatro años, “fue maravillosa, un sueño. Es una ­oposición dura a la que se presenta mucha gente muy bien preparada, pero lo ­mejor es poder relacionarte con los premiados de otros países”.

mural en tierra santa. En 1968 le surge la elección para pintar al fresco todos los muros y techos de la Capilla del Santísimo en la Basílica de la Anunciación de Nazaret de Galilea (162 m2). “Un encargo de mucha responsabilidad que tuve que hacer en treinta días porque tenía que irme a Atenas”.

Muralista, grabador y pintor, afirma durante un café en Santiago que necesita “pintar todo”. Y es que “soy un trabajador, me gusta mi oficio, investigar y, de vez en cuando, descubro algo. Eso es lo que me apasiona y me conduce a otra existencia”.

Muy severo consigo ­mismo, no concibe la pintura “sin color”, a pesar de que sus comienzos fueron ­grises. “Como buen gallego, pintaba mucho en ese color, me gustaba el movimiento de la lluvia, el orballo... y eso me provocaba musicalidad. Eso lo tengo desde niño”.

Úbeda me cuenta, ya unos días después en la sede de EL CORREO, que le gusta estudiar el color. “Al igual que los sonidos, debe ­tener armonía. Si no, no hay ­musicalidad ni cromatismo. Eso hay que buscarlo y si no, ­componerlo”.

su estudio. Por otro lado, el laureado escritor ourensano Alfredo Conde, maestro en el arte de la ­descripción, manifiesta que “el estudio de Rafael Úbeda está sobre una ría, a veces en penumbra. Es barroco y amplio, atiborrado y cálido [...], está lleno de sonidos. Sus cuadros, repartidos, están llenos de músicos. Es pintura en estado ­puro, pura ­música, llena de ­sonidos”.

Se define el artista como “sinestésico”, alguien que “intuye colores en los sonidos, y sonidos en los ­colores. Varios compositores contemporáneos, como Rogelio Groba, Tomas Marco, Juan Durán, Seco de ­Arpe y otros, han escrito obras ­para violín, violonchelo, ­piano o quinteto de metales inspiradas o dedicadas a su ­pintura”.

Por todo ello, el Grupo Correo Gallego considera que debe ser miembro del selecto club Gallegos del Año, ante lo que “me siento enormemente sorprendido. Yo no entiendo el motivo del premio. Si tengo que ­anotarme algún mérito es que trabajo todos los días porque me gusta, desde las ocho de la mañana ­hasta que se ­pone el sol, soy ­jubilado como docente y estoy feliz en el estudio”.

Luchador infatigable, ejemplo de superación, optimista, alegre, contagia su pasión por el arte. Y que siga así muchos años más.

09 feb 2021 / 08:06
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