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'LivrarIa Lello’, la catedral de libros

Entrar en este palacio literario, construido en estilo neogótico, es una experiencia única

'LivrarIa Lello’, la catedral de libros

'LivrarIa Lello’, la catedral de libros / Texto y foto: José Miguel A. Giráldez

Texto y foto: José Miguel A. Giráldez

En materia de libros, me considero un auténtico afortunado. Hace tan solo un par de semanas tuve la oportunidad de regresar a uno de mis paraísos librescos, Shakespeare and Company, en el corazón de París: lo conté puntualmente en estas mismas páginas. Volver a este lugar deliciosamente caótico siempre produce sentimientos de placer. Entrar en Shakespeare and Company es parte de la gozosa peregrinación a las maravillas de París, y uno no deja nunca de franquear su puerta modesta y de rebuscar entre sus baldas curvadas por el peso de los libros y por el paso del tiempo. Pero este retorno a la librería que un día fue de Sylvia Beach (al menos su nombre) ya está narrado, y hoy quiero presentarles mi nueva incursión en los paraísos de los libros. La librería Lello, en Oporto.

Supongo que no es ninguna novedad para muchos de los lectores. Lello tienen más de un siglo de existencia y viene a ser uno de esos monumentos portugueses que siempre hay que visitar. Shakespeare and Company y Livraria Lello no pueden compararse. Las dos son grandiosas por muchos motivos, pero una en bohemia, guarda la memoria de un nombre que, en realidad, era de otro local, y la otra, la segunda, es toda una joya de la arquitectura neogótica. Por tanto, en Shakespare and Company predomina el sentimiento, el espíritu, la sombra de James Joyce si Joyce hubiera estado alguna vez allí, y no en la Rue de l’Odeon, que es donde realmente estuvo. Y donde nació Ulysses. Lello, en cambio, me resulta intocable. Una joya hermosamente restaurada en cuyo interior, a ratos, me olvido de los libros. En Shakespare and Company me acompañan las ediciones polvorientas, las baldas desordenadas, el aroma del tiempo. En Lello, es tanta la belleza de las esculturas y los artesonados que no sé muy bien cómo dejar de prestar atención al entorno para empezar a mirar hacia los lomos de los libros.

Estoy en Oporto, en un día lluvioso. Llego a la Rua das Carmelitas, casi enfrente de la Torre de los Clérigos, atravesando el breve parque. Es uno de los puntos altos de esta ciudad hermosa, llena de energía y de aire inglés. Allá distingo de inmediato la fachada blanca de Lello & Irmao, tan conocida por el turista como por el lector avezado. Si uno peregrina a Shakespeare and Company para escuchar a alguien tocar el piano o para ver la cama del piso superior, donde no pocos han pasado la noche, aquí se trata de una visita similar a la que se hace a una catedral. El propio opúsculo editado por la librería, que tengo entre mis manos, apenas veintitrés páginas que resumen apretadamente su historia, habla de Lello como de la catedral de los libros. Y sin duda, lo es. Una de las librerías más bellas del mundo. Para los que estamos acostumbrados a pasear de vez en cuando por los viejos arcos de la Ribeira, a la sombra del puente de hierro de Don Luis, llegar a Lello supone volver al silencio y a la tranquilidad, tras la experiencia de las calles siempre cargadas de voces y de ecos de esta ciudad. Y, sobre todo, supone encontrarse con la historia y con la impresionante cultura lusa, una de las más importantes del mundo. En Lello habita el silencio, el rumor de las hojas, y, desde luego, habitan los flashes fotográficos. La gente entra aquí con fervor, con devoción. Vienen a ver el lugar, pero también a comprar libros. Aunque sólo sea por decir: "esto lo compré en Lello". La experiencia es inenarrable. No diría que estamos en un librería gigantesca, pero sí en un lugar que no podremos olvidar. Ya su fachada, rompedora, absolutamente hermosa, nos anuncia que no estamos en un lugar cualquiera. Se construyó, nos cuentan, expresamente para albergar la librería y Xavier Estéves fue el arquitecto. Todo eso ocurría a comienzos del siglo XX, bastante antes, incluso, de que James Joyce visitara a Sylvia Beach en la Rue de l’Odeon para convencerla de que publicara la edición azul de Ulysses. Lello se inauguró en 13 de enero de 1906, reza el folleto publicitario. Fue el resultado de varios movimientos empresariales anteriores, que nos llevan, en realidad, a 1869 y a un origen francés.

Lello tuvo su embrión en la Livraria International del francés Ernesto Chardron, abierta, en efecto, en 1869, aunque en otro emplazamiento. Pero el emprendedor Chardron murió joven, y la casa pasó a otro francés, Genelioux, y, tras su muerte, a Matieux Lugan. Fue él quien vendió la librería a José Pinto de Sousa Lello, y aquí tenemos ya el comienzo de lo que iba a ser la tienda actual. Sería largo y complejo explicar todas las idas y venidas de la empresa, la participación de unos y de otros, en su mayoría, familiares de Lello, pero lo cierto es que, con el tiempo, la librería pasó a llamarse Lello & Irmao, en los años treinta sólo Lello, y de nuevo Lello & Irmao en 1935. Desde ese año, hasta hoy, tal y como la conocemos.

Aunque no exactamente. Una reforma sustancial, que abrió todas las dependencias al público (antes había trastienda y oficinas varias), tuvo lugar en 1994. Esta vez fue el arquitecto Vasco Morais el que se encargó de devolver el brillo a un edificio extraordinario. El arquitecto no quiso arrebatarle el espíritu histórico, ni el aire antiguo y neogótico: pero sí quiso devolverle esplendor, tras el paso de los años. El arquitecto tuvo muy presente que este es un lugar sagrado para los libros, una catedral. Y la luz fue para él uno de los elementos fundamentales. Ahora, mientras contemplo el suave claroscuro, mientas veo trepar la escalera, como una lengua roja, hacia el piso superior, creo encontrarme en uno de los lugares más bellos del mundo. No es necesario haber conocido todos los lugares posibles para saberlo. La emoción me hace subir las escaleras comprobando el suave tacto del pasamanos, asomarme en su descansillo hacia la entrada, en breve vista de pájaro. Todo el que entra aquí parece súbitamente atemorizado ante la posibilidad de que su voz o sus pasos rompan el encantamiento. Y por eso todo el mundo se mueve con sigilo, y atenuando la voz, quizás sin percatarse excesivamente de ello. Sólo mis hijos, que, como Isabel, me acompañan, se atreven a levantar la voz en la zona de libros infantiles. Yo, como es natural, me descubro con fervor ante algunos de mis admirados genios: Eça de Queiroz, Miguel Torga, Fernando Pessoa, abundantes en los anaqueles. Sé que cuando esta casa se inauguró en 1906 las fuerzas de la cultura de la ciudad acudieron en aquella primera peregrinación que sería el punto de inicio de todas las que suceden cada día. Lo cuenta también el folleto publicado por Lello con objeto de su restauración. Todos los periódicos de Oporto, de Lisboa y no pocos de Brasil contaron el acontecimiento que, leo, "causó gran sensación". El señor José Lello guió a todos por las instalaciones y luego les ofreció una copa de champán. Entre ellos, el propio arquitecto, Xavier Esteves, pero también el poeta Guerra Junqueiro, que habló para la ocasión, y el director de O Comércio do Porto, Bento Carqueja, "que destacó la iniciativa de los hermanos Lello". Habló también Abel Botelho, escritor que se felicitó por el homenaje que la librería hacía a autores como el propio Guerra Junqueiro, Castelo Branco, Antero de Quental o Teófilo Braga.

Lo mejor de todo es que la historia, aquí, está muy presente. En realidad es algo que ocurre en toda la ciudad, donde el pasado está al alcance de la mano en cada esquina. Lello, rutilante hoy con su nueva belleza, muestra sin embargo el carácter con el que un día se abrió al público. Un carácter cultural pero cargado de emoción y de devoción por la cultura. No podría ser de otra manera, al ver cuánta belleza arquitectónica se ha puesto al servicio de los libros. Recorrer su hermoso cuerpo, su curvilínea figura, es una experiencia que uno no debe perderse. Es un templo. Una catedral neogótica. Pero, sobre todo, es el testimonio de muchos años de cultura portuguesa, lo cual, todos los sabemos, no es un asunto baladí. Bajo el sello actual de Prólogo Livreiros, S.A., la nueva sociedad, Lello alberga ahora un fondo de más de 80.000 volúmenes. Pero alberga además la atmósfera inconfundible de más de un siglo. Salgo en respetuoso silencio del local: llevo en la mano un volumen de cartas de Eça de Queiroz y una edición en inglés de The English Garden, A Social History, extraordinario libro escrito por Charles Quest-Riston. Ha dejado de llover. La fachada, refulgente, invade ya el reino de la noche.

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