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Ángeles en ataúdes: la resurrección de los niños muertos

Ferrol recupera retratos infantiles post mórtem del XIX y el XX // Fotos "para el recuerdo eterno" entre crucifijos, santas, coronas de flores y ojos abiertos

Ángeles en ataúdes: la resurrección de los niños muertos

Ángeles en ataúdes: la resurrección de los niños muertos / Patricia Hermida

Patricia Hermida

Parecen dormidos. Angelotes con coronas o margaritas en el pelo reposan sobre colchas de ganchillo. Muchos aún visten el traje bautismal, recién ungidos para evitar el limbo. Pero todos están muertos: desde los retratos de Maximino Reboredo Blanco con el romanticismo de Lewis Carroll, a la crudeza con ojos abiertos de Ramón Caamaño. Entre finales del siglo XIX y 1980, las familias gallegas fotografiaban a sus niños fallecidos. Sólo con las técnicas post mórtem, los infantes cobraban vida eterna: "Como recuerdo familiar o para justificar herencias". Y ahora resucitan en una exposición del ferrolano centro Torrente Ballester, comisionada por la historiadora Virginia de la Cruz Lichet y englobada en Falsas Apariencias: guiño lúgubre a la mirada infantil.

Para su tesis doctoral en Historia del Arte por la Complutense de Madrid, Retratos post mortem de Galicia, siglos XIX-XX, Virginia rastreó pueblos de Lugo, Ourense y Costa da Morte. Impactada por Virxilio Viéitez, a quien conoció en 2002, buscó "archivos privados del rural, con retratos desde el primer cuarto del siglo XIX y centrándome en fotógrafos profesionales... llega un momento en que las propias familias retratan a los muertos con sus cámaras". Virginia quedó seducida por la ingente cantidad de estampas de niños muertos, "con la relación de Galicia tan intensa y natural con la muerte". Con esta primera tesis europea sobre la fotografía post mórtem, De la Cruz recupera la intimidad de los velatorios y la adoración a los niños-santos. Susana Cendán, comisaria del Torrente Ballester y organizadora de Falsas Apariencias junto a Virginia y Manuel Mosquera Cobián, justifica que "los retratos servían para honrar la memoria del difunto tanto en las clases humildes como en las más altas". Los pequeños yacen sumidos en un sueño blanco y negro. En contraste, destaca un óleo de Dionisio Fierros: Retrato xacente do Infante Don Luis Príncipe de Asturias, la guadaña también acecha a los ricos. El primogénito de Isabel II falleció a las pocas horas de nacer y su cadáver se expuso tres días en el Palacio Real de Madrid. "Como una rock star o una estrella del cine", comenta Susana.

El tabú victoriano impedía fotografiar a los niños muertos dentro de las cajas, en el XIX. Maximino Reboredo Blanco o Pacheco muestran a los pequeños en túnicas de encaje y con coronas de flores: A nuestra querida hija, Recuerdo de sus padres y hermanos... Las manitas se aferran a rosarios o cruzan sus dedos en forzado rezo. Niños en traje de pantalón, recién nacidos con la cara arrugada... Ya en el XX, los infantes se muestran sin tapujos en ataúdes. Ramón Caamaño, cuya obra recorrió las aulas de Xornalismo gracias a las clases de Suárez Canal, inmortaliza cadaleitos de marfil, cirios, flores negras como cuervos. En la cabecera velan la Virgen y el Niño Jesús. Algún retratado abre totalmente los ojos, sobre rosas silvestres.

Para conservar una imagen de toda la familia, los padres colocaban al fallecido entre sus hermanitos. El jornal de una semana se invertía en la foto: única posibilidad de recordar al bebé. Y el documento también atestiguaba la muerte ante los parientes de Sudamérica, "para justificar herencias". Cada vez que alguien moría, se avisaba al médico y al fotógrafo del pueblo. Y el fallecido se colocaba sobre el mejor ataúd, en el que se invertían todos los ahorros. Aquellas pálidas instantáneas testimonian una época de alta mortalidad infantil. "Mi familia tenía un óvalo con el retrato de un niño muerto", recuerda emocionado un octogenario sumergido entre infantes del Más Allá.

phermida@elcorreogallego.es

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