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Poemario del deán emérito de la Catedral José María Díaz

Darío Villanueva, en el prólogo, destaca la personalidad del autor como poeta trilingue en castellano, gallego y latín

Poemario del deán emérito de la Catedral José María Díaz

Poemario del deán emérito de la Catedral José María Díaz / PABLO MIGUÉNS Santiago

PABLO MIGUÉNS Santiago

Ante el Pórtico de la Gloria es un libro publicado en fecha reciente por José María Díaz, deán emérito de la Catedral de Santiago. El director de la Real Academia Española de la Lengua, Darío Villanueva, elaboró el siguiente prólogo sobre esta obra:

Del autor de este poemario sabía yo, desde hace años, de su cordial amistad, así como de su generosidad sin límites. Nunca olvidaré el día en que me presentó un hallazgo suyo, ni más ni menos que un manuscrito inédito de un ilustre caballero de la Orden de Santiago, don Francisco de Quevedo y Villegas. Don José María, sabiendo de mis veleidades quevedescas, me lo entregó para que hiciera con él lo que me pareciese más oportuno, que no fue otra cosa que encomendar a dos jóvenes quevedistas, Fernando Cabo Aseguinolaza y Santiago Fernández Mosquera, compañeros de departamento universitario, que hicieran la correspondiente edición que entusiasmó al eminente académico, filólogo y editor Francisco Rico.

Tuve entonces noticia, también, de que don José María Díaz Fernández era poeta trilingüe —castellano, gallego y latín— desde sus primeros estudios en el seminario de Mondoñedo, luego continuados en el Colegio Español de Roma. Pero hasta hoy no supe de su actividad creativa como autor de poemas ecfrásticos.

A partir de Dionisio de Halicarnaso; en las retóricas clásicas la écfrasis es una figura equiparada a la hipotiposis y entendida como una descripción vívida e intensa que persigue evidenciar casi visualmente una realidad que se representa y materializa así mediante palabras en el discurso. Tal planteamiento sugiere inmediatamente el reconocimiento de una cierta inferioridad por parte de la literatura frente a las artes plásticas, por ser sus imágenes —los signos verbales que le son propios— de índole artificial o convencional frente a la, al menos aparente, naturalidad de los iconos con que un pintor o un escultor describe la realidad natural.

Con el siglo XVIII, sin embargo, este significado experimentó una notable restricción, y écfrasis pasó a designar la descripción literaria de una pieza artística de naturaleza plástica, ya sea escultórica, arquitectónica, un dibujo, un grabado o, principalmente, una pintura. Esto es, como apunta James A. W. Hefferman, la representación verbal de la representación visual.

En el ámbito anglosajón, destacan el poema ecfrástico de John Keats Ode on a Grecian Urn comentado por Leo Spitzer, o las Pictures from Brueghel de William Carlos Williams, y entre las aportaciones en español a este género mencionará, por ejemplo, Botines con lazos, de Vincent Van Gogh de la escritora argentina Olga Orozco.

Para que cuajara aquella restricción del significado de écfrasis influyeron las ediciones modernas de los Eikones o Imágenes que Filóstrato de Lemos escribió en el Siglo III d. de Cristo, descripciones de pinturas hechas a partir de la existencia supuesta de bases imaginarias comunes para las labores creativas tanto plástica como poética.

A este respecto, fue fundamental la aportación del neoclásico alemán Gotthold Ephraim Lessing con su Laocoonte o Sobre las fronteras de la poesía y la pintura publicado en Berlín en 1766. Lessing intenta corregir el abuso interpretativo —por decirlo en la feliz acuñación de Antonio García Berrio y Teresa Hernández Fernández —que hizo de unos versos de la poética horaciana —el 361 y siguientes: ut pictura poesis: erit quae, si propius stes / te capiet magis et quaedam, si longius abstes— una proclama a favor de la sumisión de la poesía a la pintura, llevada a su punto extremo en la obra del conde Caylus titulada Tableaux tirées de l’ Iliade, l´Odysée d ‘Homère et de l´Eneide de Virgile (1757), donde se propugna la excelencia tan solo de aquellos poemas que sean capaces de inspirar figuras y motivos a los artistas plásticos.

Lessing adopta, por el contrario, una actitud equiparable a lo que denominamos actualmente estética de la recepción , pues reconoce la similitud de efectos que una obra de pintura o escultura y una pieza literaria pueden producir en un hombre de gusto refinado , pero defiende la absoluta autonomía de los medios con que cada uno de estos órdenes artísticos lo consiguen. La pintura y la escultura poseen una marcada dimensión estática, pues trabajan con figuras y colores distribuidos en el espacio, y los signos de que se sirven son naturales —iconos, en términos semióticos—, mientras que la literatura es el arte de los sonidos articulados que van sucediéndose en el tiempo y se agrupan para formar las palabras; es decir, signos arbitrarios y convencionales. Para ella, para la literatura, es fácil representar acciones, mientras que los pintores tan solo alcanzan a lograrlo pálidamente a través de lo que es el objeto natural de su representación: los cuerpos.

Retomando una polémica protagonizada por Johann Joachim Winckelmann en torno al grupo escultórico alejandrino, atribuido a Hagesandro, Polidoro y Atendoro, que representa al sacerdote troyano Laocoonte en trance de sucumbir junto a sus hijos ahogado por dos monstruosas serpientes enviadas por la diosa Minerva, y teniendo en cuenta su relación con el fragmento del segundo canto de la Eneida de Virgilio que describe tan terrible escena, Lessing defiende la autonomía estética con que los escultores trasladaron la escena virgiliana a la piedra. Nada le repugna más que la confusión entre ambas artes, que la poesía incurra en la manía descriptiva y la pintura en el prurito de la alegoría . Que se quiera forzar el monstruo de una pintura parlante y una poesía muda . Y en lo que se refiere ya en concreto a la écfrasis, Michel Riffaterre habla de una mimesis doble en cuanto que el texto ecfrástico representa con palabras una representación plástica .

La inspiración que lleva al poeta a escribir el presente libro es patente desde su propio título: Ante el Pórtico de la Gloria. Y lo hace en un momento decisivo para su perpetuación, cuando la Fundación Pedro Barrié de la Maza se ha comprometido en restaurarlo. Hay, aquí, un poema que se refiere a ello. El autor se pregunta:

¿Volverá a estallar el colorido

Con que resplandeció la piedra en los comienzos?

Y se responde a sí mismo con esperanza:

Y los cansados ojos ya adivinan

El polícromo asombro.

Son motivos ecfrásticos en este poemario los componentes del pórtico—calificado bellamente como portento aprisionado—, que muchas veces dan título a los poemas: El Cristo acogedor, Alfa, Omega, Las cartelas borradas, Moisés, Petrus, Daniel, Juan Evangelista, Los Zebedeos, Pablo, por caso.

Pero el obrador del poeta está bien provisto de herramientas retóricas, siempre pertinentes y expresivas. Especialmente acertada es otra constante que nos remite, desde las páginas de este libro claro y denso, a lo que Oskar Walsel denominó, en una sonada conferencia de 1917, la iluminación recíproca de las Artes —wechselseitige erhellung der Künste—. Y para ello, para enlazar escultura, poesía y música, Díaz Fernández recurre a la sinestesia. Por dos veces, en los poemas Plenitud y Daniel, se hace uso de una misma imagen —La geometría helada/ de largos pentagramas/ se quiebra en redondeces musicales/ que desmienten el tiempo— y en otra de las piezas, Las trompetas que llaman, evoca con precisión la sonoridad no solo de las palabras, sino también de la piedra, cuando los ojos del poeta

Ansían descifrar

El poema sonoro

Que las piedras exhalan.

No podían faltar, entre los versos escritos por quien fue deán de la Catedral compostelana, la temática peregrina y el profundo sentimiento religioso. En el poema titulado Estupor, el autor se hace peregrino que cruza el umbral dibujado por el pórtico de la Gloria.

Para escuchar la música callada

Del nuevo Cántico

Que del todo me invada y me posea.

Asimismo, el colofón se titula Creo!, en el que el poeta, José María Díaz Fernández, se suma a la fila interminable de los millones que hasta aquí llegaron, y después de posar sobre el mármol mi mano temblorosa, penetra en el templo con la fe y el amor engrandecidos .

santiago@elcorreogallego.es

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