Ferrol, entre la distopía y la resignación
JOSÉ MANUEL ESTÉVEZ-SAÁ
FERROL SE HUNDE en la distopía, instalada en una crisis interminable desde que Bruselas y el Gobierno de Felipe González dictaron la sentencia de muerte de su industria naval, a comienzos de la década de los ochenta del siglo pasado. La Detroit gallega también camina hacia la quiebra con un paro por encima del 25 %, la pérdida de más de veinte mil vecinos desde 1981, el crac demográfico, más de ocho mil viviendas deshabitadas y cerca de mil negocios y comercios cerrados desde 2010. Nos parece oportuno refrescar la memoria colectiva y recordar que antes de la primera gran reconversión industrial, Ferrol tenía algo más de 91.000 habitantes, y que Astano daba trabajo a cerca de once mil operarios. Hoy quedan apenas dos mil, sumando los de la antigua Bazán, y el censo ya está por debajo de los setenta mil vecinos. Este escenario de la ciudad campeona del paro y la pobreza se agrava aún más por la crisis que carcome a la Corporación municipal, cuya parálisis provoca vergüenza ajena. Esta misma semana, Jorge Suárez fracasó estrepitosamente con sus primeros presupuestos. Sin los apoyos de BNG y PSdeG, y con los votos en contra de PPdeG y C's, el regidor mareante no podrá disponer de la herramienta imprescindible para invertir en obras urgentes como la reparación del mercado de Caranza, ni para reactivar el empleo público -desde 2015 no se cubren las jubilaciones de trabajadores en el Concello-, ni para equipamientos como el de la plaza de Armas. El abuso en la contratación de empresas externas, que supone ya casi el 30 % del gasto global, agudiza todavía más el caos de una Corporación que lleva dos años y medio malviviendo con unas cuentas heredadas de los populares. Mientras la oposición alerta contra el austericidio económico y denuncia el reparto a dedo de subvenciones -una práctica malsana que comparten muchos de los gobiernos locales de las mareas, por cierto-, el alcalde intenta curarse en salud endosándole el evidentísimo fracaso a toda la Corporación. ¿Y los ciudadanos? Espantados y resignados a sobrevivir como buenamente pueden, en una ciudad hoy por hoy sin futuro. No merecía Ferrol el castigo de una reconversión industrial brutal e injusta, como no merece cargar con un gobierno inoperante y una Corporación desnortada.
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