Ni Halloween ni truco o trato: así se celebraba la muerte en Galicia a lo largo de su historia
Desde la Santa Compaña hasta Santo André de Teixido, la cultura popular de nuestra tierra tiene una visión particular del “pasamento” que aún perdura en algunos lugares

'A Santa Compaña', una acuarela de Camilo Díaz Baliño (1919) / Camilo Díaz Baliño

En Galicia, la muerte siempre nos ha acompañado en nuestras tradiciones y en nuestro día a día a lo largo de la historia. Velar y recordar a los muertos no es nada nuevo en ninguna cultura, pero la manera gallega de hacerlo dio lugar a unas tradiciones y costumbres que se arraigaron y aún permanecen de alguna manera en la actualidad.
Desde supersticiones, tradiciones, rituales o costumbres, desde incluso antes de la muerte hasta después del entierro, la muerte en la cultura popular gallega ha sido muy distintiva a lo largo de la historia.
Rural vs. ciudades
Este tipo de tradiciones siempre han estado más presentes en el rural que en las ciudades, en las cuales se fueron perdiendo y se adoptaron otras culturas más hegemónicas. En el rural, la muerte era –y en gran parte sigue siendo– algo muy presente, y que formaba parte de la vida cotidiana. Se entiende la vida como un viaje, que no tiene un final, sino que sigue después de la muerte en otra vida. Es un pensamiento casi tan religioso como filosófico.
Para ello se seguían rituales y prácticas para “prepararse” para la misma, que como decíamos antes, empezaban antes de la propia muerte y continuaban tras ella. Estas se podían distinguir en diferentes fases para compartir el dolor en familia y asegurar un final en el que el fallecido no estuviese solo. Al fin y al cabo, muchas veces hemos oído lo de “todo tiene solución menos la muerte”.
Augurios de la muerte
El miedo a la muerte es algo presente en muchas personas, especialmente en el rural. Los campesinos buscaban una muerte lenta y no repentina, para así poder dejar todo bien atado. De ahí salen los augurios de la muerte, la creencia firme de que la muerte avisaba de que iba a venir a través de “señales”.
La más conocida quizá sea la visión de la Santa Compaña, aunque muchos hablan también de espíritus que se acercan al futuro fallecido, el toque de una campana sin que nadie lo haga, que la sal se caiga en la mesa... En la parroquia de Arcos de Furcos, en Cuntis, aún permanece la creencia de que, cuando muere un cura, doce vecinos más morirán antes de cumplirse un año.

Un grafiti de la Santa Compaña, en la calle Almirante Matos de Pontevedra / Lameiro | Wikimedia Commons
Algunas tenían que ver con animales, cuyos comportamientos se relacionaban con una desgracia que iba a pasar. La visión de un cuervo, el lúgubre canto de las lechuzas o mochuelos, gallinas viejas que cantan como los gallos, los lamentos de los perros o lobos o la presencia de mariposas blancas de noche alrededor de una casa.
Ante esto, las familias buscaban prepararse para el fallecimiento, primero ofreciendo al familiar enfermo a un santo para que le curase a cambio de un sacrificio o ritual, –como las procesiones de ataúdes que existen en varios lugares de Galicia, como A Pobra do Caramiñal–.
Cuando ya no había vuelta atrás, empezaban las preparaciones para la muerte. Entre ellas, el aviso al párroco para dar la extremaunción, el aviso a familiares y amigos, la preparación de la casa para velar al moribundo... y a este se le colocaban a su alrededor estampas o elementos religiosos, para “ayudarle” a morir en paz.
La muerte y el velatorio
El propio momento de la muerte era difícil de acreditar, ya que no había casi médicos en el rural, y se certificaba a través de la falta de respiración, entre otros. Una vez confirmada, se le cerraban los ojos y se procedía a preparar al cadáver, lavándolo o afeitándolo, tapándole los orificios corporales –para así que no le entrase el mal y su alma viajase a la otra vida intacta– y vistiéndolo con su mejor ropa.

Un moribundo recibiendo la extremaunción a la derecha del Tríptico de los Siete Sacramentos, de Rogier van der Weyden (1440-45) / Rogier van der Weyden
Sobre el cadáver se colocaban unas tijeras, una pieza de acero, un plato con sal y un peine, para que el cuerpo no se inflase y protegerlo del demonio. También se preparaba la casa y la habitación donde se iba a velar el fallecido, colocado con las manos cruzadas en el pecho. Finalmente se procedía a anunciar la muerte a los vecinos, con el toque de las campanas de la iglesia.
Durante el velatorio, los vecinos llegaban a la casa del fallecido a acompañar a la familia, bien rezando o conversando de temas más livianos. En algunos lugares incluso se hacían danzas fúnebres, como el “abellón”, que recogió Alfredo Brañas en 1884 en Vilanova de Arousa, en el que gente cogida de la mano daban vueltas alrededor del difunto mientras imitaban el sonido de una abeja.

Una ilustración de la danza de "o abellón" / Consello da Cultura Galega
El entierro
Tras el velatorio, el cuerpo era transportado hacia la iglesia sacándolo de la casa con los pies por delante. Era el momento de liberar el dolor, en el que las mujeres rompían a llorar y gritaban las virtudes del fallecido. En ese momento se aseguraba que no hubiese ningún niño o mujer embarazada durmiendo en la casa, para que no cogieran el “aire de morto”.
La comitiva que acompañaba al cadáver se componía, en orden, de un niño tocando una campana, el sacristán con la cruz, y el féretro portado por cuatro hombres. En algunos lugares, el ganado del fallecido iba delante de la procesión. Finalmente, el entierro se realizaba en el cementerio parroquial y tras el mismo, los participantes regresaban a la casa del difunto, donde se solía repartir un “molete” de pan a cada uno o, en ocasiones, se realizaba un banquete. A las doce de la noche se barría la casa doce veces para eliminar cualquier pegada del fallecido.
El recuerdo
Aunque el ser querido se iba, su recuerdo quedaba, y se celebraba –y se sigue celebrando– a través de diferentes rituales y en determinadas fechas. La familia sigue en contacto con el fallecido a través de las oraciones, y lo recordaban con las misas de difuntos y aniversario, aún comunes hoy en día entre la población religiosa en aldeas y ciudades.
Las festividades señaladas para el recuerdo, además del aniversario del fallecimiento, es el día de difuntos, el 2 de noviembre. En estas fechas, los cementerios se llenan de familiares llevándole flores al ser querido, como muestra de que no se olvidan. Antiguamente también se hacía un ritual en nochebuena y el día de Navidad, en el que se colocaba un puesto más en las comidas para que las ánimas asistiesen, y en la lareira se dejaba un leño ardiendo para que no tuviesen frío, el denominado “tizón de Nadal”.

La iglesia de Santo André de Teixido, en Cedeira / carrodeguas | Wikimedia Commons
En el imaginario popular aún quedaba la percepción de que las ánimas de los muertos volvían si les quedaba algo pendiente por hacer. A veces podían regresar para anunciar la muerte de un vecino, otros buscan ayuda para restaurar algún daño hecho en vida, o para recordarle a la familia que cumplan sus últimas voluntades.
Un lugar donde esto es especialmente recordado hoy en día es en Santo André de Teixido, como reza el dicho: “a Santo André de Teixido vai de morto quen non foi de vivo”. En muchos lugares de Galicia aún perduran algunas de estas costumbres que, aunque en gran medida han sido abandonadas, siguen en el imaginario popular y muestran una historia rica y especial que se debe recordar.
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