¡A por la patente!: el periplo de 77 investigaciones gallegas para proteger sus inventos
Proteger los inventos que surgen de la investigación supone uno de los pilares más importantes de la innovación. Durante el pasado 2024, la OEPM recibió 60 solicitudes de patentes para proyectos gallegos que se suman a las 77 presentadas ante la Oficina europea

Sede de la Oficina Española de Patentes y Marcas, en Madrid. / ecg

La humanidad puede resumirse en sus inventos. Desde la rueda mesopotámica pasando por la bombilla de Edison y llegando hasta la emergente Inteligencia Artificial. El mundo avanza en su rumbo a base de buenas ideas, que forman el principal combustible del progreso humano. Para inventar se necesita imaginación, constancia, esfuerzo... Pero también contar con protección, y la industria e investigación gallega lo saben bien. Según los últimos datos de la Oficina Española de Patentes y Marcas, un total de 60 proyectos radicados en la comunidad gallega fueron presentados ante la entidad pública durante el pasado 2024. Galicia se posicionó así como la octava comunidad que más solicitudes cursó para obtener estas licencias en España, donde se realizaron un total de 1.296 peticiones para patentar a nivel estatal.
Estas 60 iniciativas registradas en la Oficina nacional optan a una protección con efecto en España, pero también hay muchas otras que van más allá. Durante el año pasado, 77 solicitudes gallegas de patentes fueron registradas en la Oficina Europea, con sede en Múnich. En concreto, esas solicitudes pueden optar a protección en 37 países del continente.
Lo cierto es que el proceso para conseguir patentar un invento no es un camino de rosas. Desde su entrada en el registro hasta que se concede la protección pueden pasar años, e incluso puede salir mal. «El primer paso radica en la investigación: una universidad o una empresa cree que ha tenido una invención. Entonces, lo primero que hay que pensar de cara a la patente es si el invento tiene un desarrollo comercial; que pueda salir al mercado», explica Juan Arias, fundador y director de ABG IP, una de las principales agencias de Propiedad Industrial de España, que indica que el proceso de patentar inventos implica tiempo e inversión.
Seminario ‘IP Perspectives’: 3 de abril
La USC y la firma ABG IP celebran el 3 de abril la quinta edición del seminario IP Perspectives para formar a empresas e investigadores gallegos en patentes.
Todo empieza con una buena idea, pero, ¿y luego? «A nosotros nos envían la invención.La analizamos y hacemos el primer estudio de patentabilidad; es decir, si todavía no existe y es original.Este proceso puede durar unos dos o tres meses. Después se presenta la solicitud de patente», indica Arias. «Solemos presentar las solicitudes ante la Oficina europea; en un plazo que ronda los seis meses te dan los resultados del informe de búsqueda, que ya da muchas pistas sobre la viabilidad de obtener la concesión», apunta.
Pero no se acaba ahí. Pasado un año de la solicitud, Arias aclara que hay que presentar otro documento: la petición PTC, que permite proteger la patente en varios países a la vez para preservar la inversión. «Te da de margen 30 meses desde la primera solicitud de patente para que los investigadores busquen financiación y comprueben si su invento funciona.En este punto, los ensayos requieren de una fuerte inversión, y la universidad ahí ya no puede responder; tiene que llegar capital privado», explica.
Al respecto, Arias lamenta que España tiene varios puntos débiles.«Hay poco tejido industrial, lo que dificulta que muchas iniciativas realizadas en universidades o centros de investigación puedan luego salir al mercado», apostilla el presidente de ABG IP, que, con todo, pone en valor el esfuerzo que se está haciendo desde administraciones como la Xunta.«El programa Ignicia, de la Axencia Galega de Innovación, es una gran iniciativa para avanzar en este sentido», apostilla. En concreto, esta campaña trata de facilitar la incorporación al mercado de invenciones realizadas en las universidades gallegas, así como incentivar la creación de spin-offs, que son empresas de base tecnológica de iniciativa universitaria. «Trece de estos proyectos enmarcados en Ignicia ya han llegado al mercado», concluye.

Marta Lores. / ecg
Bagazo de la uva del albariño para usos industriales
Quizás más de uno se sorprenda si descubre que los restos de las vendimias del albariño pueden acabar sirviendo para usos industriales. Esta es la tecnología que desarrolla i-grape, una de las spin-off creadas en el seno de la Universidad de Santiago de Compostela para dar a las patentes una salida al mercado.En concreto, i-Grape elabora extractos naturales bioactivos a partir del bagazo de uva blanca, lo equivalente a piel y pepitas. ¿El resultado? Bactericidas y antioxidantes para productos alimentarios y farmacéuticos.
El origen de esta patente se remonta hasta el 2008. «Surgió por un trabajo realizado en un proyecto del plan sectorial de la Xunta y de una tesis doctoral de la investigadora Marta Álvarez Casas. De esa investigación surgió una patente española y la solicitud internacional PCT: las conseguimos entre el 2012 y el 2013», explica una de las socias fundadoras y catedrática de Química Analítica, Marta Lores. «Los extractos tienen una alta capacidad antibacteriana y antioxidante ideal para elaborar productos para la i ndustria farmacéutica, dermocosmética, veterinaria, fitosanitaria, zoosanitaria o alimentaria», asegura.
En cuanto a i-Grape, su fundación data del 2013, en el marco del programa Argos de la USC. «En aquel entonces era su primera edición. El objetivo era conectar a investigadores con emprendedores para poder poner en marcha sus ideas en base a un plan de negocio.Allí se inscribió Álvarez Casas. Su equipo ganó la edición y formaron la spin-off entre varios socios, y aquí seguimos», celebra Lores.
Además, la patente cuenta con una peculiaridad. Tiene dos licencias de explotación, algo que no es muy común», indica Lores. Una de ellas es la ponteareana Caroi’line, que se encarga de los usos cosméticos, y otra la propia i-Grape, que se focaliza en los usos alimentarios y veterinarios.
Con todo, «el espaldarazo final» llegó en el 2021 con la concesión de Neo GIANT, un proyecto de la Unión Europea coordinado por Marta Lores que emplea íntegramente la tecnología del extracto de bagazo para desarrollar productos zoosanitarios.

Eddy Sotelo / ecg
Fluorescencia para desarrollar fármacos sin usar radioactividad
«Nuevas soluciones para problemas graves de salud». Esta premisa fue la que llevó al grupo de investigación del catedrático en Química Orgánica de la Universidad de Santiago de Compostela, Eddy Sotelo, a enfocarse en el mundo del desarrollo de los fármacos y a optar a la patente. «Lo que nosotros buscamos son nuevas sustancias activas, pero con mecanismos de acción innovadores», explica.
En esta línea de investigación, el equipo de Sotelo descubrió una tecnología pionera en el ámbito farmacéutico. «Nos encontramos que había una dependencia muy fuerte de la radiactividad para testarlas y realizar todos los procesos preliminares en el desarrollo de los fármacos», explica Sotelo, que indica que estos métodos presentan muchas desventajas.«Se emplean radioisótopos de baja emisión, pero implican todos los inconvenientes de la radioactividad. Requiere de controles muy estrictos; además, en los últimos años se ha deslocalizado su producción a países como China o India, lo que afecta al precio y calidad», indica.
Entonces, el grupo de Sotelo encontró una «oportunidad» en el año 2013. «Tratamos de hallar un sustituto a la radiactividad para emplear en estos procesos», explica el catedrático, que indica que al final consiguieron dar con ella: la fluorescencia. «Conseguimos desarrollar una tecnología innovadora que aporta una solución eficaz y versátil dentro del campo farmacológico», indica.
Después de años de desarrollo, en el 2021 el grupo de Sotelo decide fundar la start-up Celtarys Research y optar a la patente.«En el 2019 comenzamos el proyecto Ignicia. En plena pandemia lo terminamos y fundamos Celtarys en 2021, ese año solicitamos la patente», explica el catedrático de Química. «Es un proceso arduo y difícil, estuvimos cinco años para lograrlo, Creo que es esencial cerrar el ciclo investigación-innovación-transferencia para crear soluciones y oportunidades», apostilla.
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