DÍA MUNDIAL DE LAS VÍCTIMAS DE VIOLENCIA VIAL
«Ya no hay navidades ni fiestas que celebrar»: más de 11.500 muertes en las carreteras gallegas en 40 años
Las víctimas reclaman juzgados especializados en tráfico y apremian al Gobierno a rebajar la tasa de alcohol y vetar los avisos de controles
«Los compromisos se pierden en pasillos políticos», denuncia Stop Accidentes

Corona de flores en la curva de Cesantes ( Redondela ) en la que los jóvenes vigueses África Pérez Fernández y Alejandro González Paz fallecieron en el accidente de tráfico mortal ocurrido el 19 de agosto de 2024, cuando la motocicleta en la que iban chocó contra un coche y un camión de la basura. / JOSE LORES
R. Prieto
Sus habitaciones siguen intactas, tal cual las dejaron aquel día de un viaje sin regreso. En algunas casas, las fotos se guardaron en cajones porque mirarlas resultaba más doloroso que aceptar que esa sonrisa nunca volverá a llenar de bullicio el salón, la cocina, el comedor... La ropa, puesta por última vez, no ha sido lavada para no perder la «esencia» de un hijo al que le quedaban sueños por cumplir y toda una vida por hacer. Son familias rotas tras unos números que esconden un infierno diario de silencios, sillas vacías, ausencia de risas, la falta de un último adiós, de decir a quien ya no volverá cuánto lo quieren. Ahora solo les queda el recuerdo del pasado, un presente en el que apenas se intenta sobrevivir y un futuro arrebatado. En los últimos 40 años, en Galicia más de 11.500 conductores, pasajeros y peatones han perdido la vida en carretera. Con ellos, se enterraron también las vidas de sus familias: padres, hermanos, abuelos, parejas o hijos que tienen que aprender a convivir con esas sillas vacías que dejó una salida de vía, una colisión o un atropello. «Ya no hay navidades ni cumpleaños ni fiestas que celebrar», coinciden los familiares de fallecidos en el asfalto en el Día Mundial en Recuerdo de las Víctimas de la Violencia Vial.
La lista de reclamaciones es larga. Algunas se repiten desde hace años y permanecen guardadas en los cajones de las administraciones sin avanzar o, simplemente, sin ser atendidas. «Nos duele ver cómo, año tras año, los compromisos se pierden en pasillos políticos mientras la violencia vial sigue matando y destrozando vidas cada día», lamentan desde el colectivo de víctimas Stop Accidentes. Para su delegada en Galicia, Jeanne Picard, «la lentitud del sistema judicial genera mucha impunidad: la sentencia llega demasiado tarde al presunto culpable. Necesitamos una justicia que sea reparadora para las víctimas, reeducadora para el infractor y preventiva para la sociedad».
En esa lista de reclamaciones para acabar con la lacra de los siniestros en carretera —años en los que en Galicia se superaron las 500 víctimas mortales, con un pico máximo en 1998 de 522 fallecidos— figuran la aprobación inmediata de una ley que reduzca la tasa de alcohol permitida hasta llegar a la tasa cero; el fin de los avisos de controles policiales en redes sociales porque —denuncia Stop Accidentes— «ponen vidas en juego»; un pacto de Estado que garantice que la seguridad vial no dependa del color político; la eliminación del término «imprudente» del Código Penal en homicidios viales, ya que «lo que es delito debe nombrarse como tal»; la creación de secciones especializadas en tráfico en los tribunales de instancia para evitar vistas que se demoran durante años; y atención integral a las víctimas. No quieren «condolencias», reclaman «decisiones». No quieren «promesas», sino leyes que les protejan. No quieren «homenajes vacíos», sino una justicia «preventiva y reeducadora». «La seguridad vial es un derecho y defender la vida es una obligación. Ser víctima no se supera», sentencia Stop Accidentes.
Fue a partir de la entrada en vigor del carné por puntos en 2006 y de la reforma del Código Penal de diciembre de 2007 —cuando se tipificaron como delitos las conductas graves al volante— que se produjo un descenso en la siniestralidad. En 2009 se bajó de la barrera de los 200 fallecidos en la red viaria gallega y, por primera vez, en 2013 no se alcanzó el centenar. Pero los balances con el menor número de muertos en las carreteras de la comunidad —70 en el año de la pandemia (2020) y 76 en 2017— están aún lejos del objetivo de cero víctimas en el asfalto.
«Soñamos con Christian y sonreímos. Pero vuelve la pesadilla: él ya no está»
JUAN COTELO Y MARÍA REGUEIRA | Su hijo Christian murió al salirse de la calzada en Arteixo

Christian, con su padre Juan en una fiesta de cumpleaños.| LCO / LOC
«No era solo un hijo, era mi amigo. Sin él nuestra felicidad se acabó: la de su madre, su abuela y la mía», relata Juan en vísperas del aniversario del fallecimiento de Christian. Estaba llegando a casa, de vuelta de sus estudios de electromecánica en Someso, cuando, según una testigo, tras invadir ligeramente el carril contrario se salió de la calzada y dio cinco vueltas de campana. El coche quedó boca abajo y un poste de la luz cayó sobre el vehículo. El impacto fue mortal. Era su único hijo, de 18 años. Juan tuvo el «privilegio» de pasar más tiempo con él ya que con 32 años recibió la incapacidad permanente por una enfermedad profesional. «Con el paso de los años, mi afición por las carreras, esa adrenalina por el motor, él también la hizo suya; eso nos unió más», apunta.
El próximo 28 de noviembre se cumplirá un año de aquella salida repentina de casa, cuando Juan y su mujer, María, acudieron tras llamadas sin respuesta al móvil de su hijo. «Al ver que las llamadas se cortaban continuamente, ya pensamos en lo peor». Al llegar a la zona, vieron la carretera cortada y un coche en la cuneta. «Un Xsara negro… es el de mi hijo», le dijo a un agente que llevaba la cartera de Christian en la mano. «Dime que se va a poner bien», le dijo al guardia civil. «No se va a poner bien». Al momento, Juan y María se temieron que la pesadilla podía ser peor. «¿Viajaba solo? ¿Miraron bien? Porque siempre van tres amigos con él», preguntó Juan angustiado. En esta ocasión, Christian regresaba de Someso solo.
A día de hoy no se sabe qué pudo haber provocado la salida de la carretera. No había frenada ni derrapes en la carretera. Tal vez un despiste pudo llevarle a invadir ligeramente el carril contrario y un volantazo le hizo dar varias vueltas de campana hasta el desenlace fatal. El coche quedó inservible, se fue directamente al desguace. Pero sus padres quisieron recuperar dos piezas: la radio y, pese al deterioro por el impacto, el volante, porque se los había puesto Christian.
Su habitación está como él la dejó. Incluso con la sudadera que puso doblada sobre la cama. Y con el casco y las zapatillas que se había comprado para ir a los karts. Los cascos que Christian utilizaba en un simulador de coches los ha hecho suyos ahora su padre: «Están muy gastados y muchos amigos que los ven dicen, ‘pero cambia las fundas’. ¿Cómo voy a cambiarlas? Por muy peladas que estén, son las que usó él».
Para la familia ya no hay cumpleaños ni navidades ni fiestas que celebrar. Se quedan con el último regalo que, por sorpresa, llegó a casa para los Reyes de este año. «Él los había dejado comprados, es como si supiera que no iba a estar. A su abuela Maruja, una imagen LED con el mensaje: Abuela, gracias por ser una pieza tan importante en mi vida, te quiero para siempre; a su madre, un colgante del árbol de la vida con el nombre de Christian; y para mí un llavero con mi nombre, porque sabía que yo era un poco desastre con las llaves».
Casi un año después, sigue en tratamiento psicológico y no sabe hasta cuándo. «Por parte de la Seguridad Social, teníamos un año de espera para un psicólogo. Estamos pagándolo de nuestro bolsillo, pero habrá padres que no pueden permitirse ese gasto. Me parece indignante la espera», relata Juan a menos de dos semanas del aniversario del fallecimiento de su hijo. «Soñamos mucho con él, nos despertamos con una sonrisa, pero de repente volvemos a la pesadilla: nuestro hijo no está. Era un niño muy querido por sus padres y él se hacía querer».
«Nico decía: ‘Esta é unha casa de tolos’; ¡ay, bendita casa de 'tolos' que nunca volverá!»
ANA TRILLO | Su hijo Nico falleció arrollado por un autobús en Año Nuevo

Ana, junto a su hijo Nico en su graducación de Bachiller. / LOC
«En un segundo la vida cambia por completo. Todo parece estar bien y, de repente, te ves viviendo en un infierno. No existen palabras capaces de describir este dolor». Ana y Amador perdieron a su hijo Nico, de 18 años, el 1 de enero de este 2025. Había salido a celebrar la fiesta de fin de año en Touro y, al regresar, poco después de las siete de la mañana, falleció atropellado por el autobús que debía llevarlo de vuelta a su casa, en Sigüeiro (Oroso).
El día a día, relata Ana, es un ejercicio de supervivencia: «Es saber que esa silla estará vacía para siempre, que esa risa nunca volverá a escucharse en casa. Me acuerdo de que Nico decía: ‘esta casa é de tolos’, por el griterío y las risas que había. ¡Ay, bendita casa de tolos, que nunca volverá!».
Su habitación permanece intacta desde aquel 31 de diciembre. El plumífero colgado tras la puerta, la sudadera doblada por él mismo antes de salir con sus amigos y el pijama con el que había dormido esa noche. «Un día cogí ese pijama y esa sudadera y me encontré en la cocina preguntándome: ¿qué haces? Estaba ahí su olor, un pelo rubio en el cuello del pijama… No podía lavar su ropa, era su esencia», recuerda entre lágrimas que interrumpen constantemente la conversación.
Ana se siente rota: por no haber podido despedirse, por no haberle dicho lo orgullosa que estaba de él, por no haber tenido la oportunidad de repetirle cuánto lo quería. En cada siniestro violento se busca un porqué, y la culpa inevitablemente apunta hacia uno mismo. «¿Y si lo hubiera ido a recoger yo esa noche?», se repite una y otra vez.
«Estaba en lo mejor de la vida. Hacía apenas tres meses que había empezado la carrera de INEF en Bastiagueiro, tenía todos los sueños por cumplir», lamenta una madre que perdió a su hijo de 18 años cuando ella tenía 47. Ana tiene otro hijo, Xabi, de 23, y confiesa sentirse culpable de no haber podido disfrutar plenamente con él de los «acontecimientos bonitos» de los últimos meses. «Aprobó el máster, le ofrecieron trabajos en colegios… Y yo sigo preguntándome: ¿y Nico? Mi mente no es capaz ni un minuto de apartar la idea de que ese siniestro le arrebató la vida a un chico que tenía todo por delante. No podrá cumplir sus sueños, Xabi no podrá disfrutar de ese hermano, de esos sobrinos…».
«¿Por qué a él? Si hay tantos cafres, ¿por qué le toca esto a un amor de niño? Ao meu neno», se pregunta. Si por ella fuera, estaría cada día en el cementerio, hablando con él. «Todos los días me asomo a la ventana y me pregunto: Nico, ¿dónde estás?». Muchas veces, asegura, siente que va a perder la razón porque la realidad se difumina. «Sigo hablándole, dándole las buenas noches, pensando que está en la universidad, tomando algo con los amigos, arbitrando… Pero de repente una bofetada de realidad me recuerda que no está. Hemos perdido un pasado que no volverá, un presente que no quieres vivir y un futuro que no existirá».
Llegan las navidades. Ya han pasado fechas dolorosas: cumpleaños que nunca se celebrarán, navidades que ya no volverán. Y aún quedan otras muchas por afrontar. Del juicio aún no sabe nada, ni quiere pensarlo. Pero espera que algún día se creen juzgados especializados en delitos contra la seguridad vial y que no haya que esperar años para que se celebre una vista. «Si el día a día ya es un sinvivir, un mazazo y un golpe a cuentagotas, no puede ser que años después tengas que revivir todo tras el infierno en el que estás».
«Pierdes a un hijo y el otro, que iba de copiloto, estaba en las tinieblas»
FRANCISCO MAYO | Su hijo Diego murió tras sufrir un infarto al volante y su otro hijo, Guille, quedó con una discapacidad del 88%

Diego (dcha) posa junto a su hermano Guille con el coche con el que competía. / LCO
Nochebuena de 2023. Diego y su hermano Guille habían salido antes de la cena a tomar algo con amigos y familiares en una zona comercial a escasos minutos en coche de su domicilio, en Noia. Su padre también había acudido, pero regresó antes a casa para preparar la comida. Eran las diez menos diez y los chicos no habían vuelto. El timbre sonó. El reloj se detuvo esa noche para Fran y Dori. «Esperad lo peor», les comunicaron familiares que acudieron a buscarlos desde el lugar del siniestro, a escasos 200 metros de la vivienda.
Diego, de 24 años, falleció en el asfalto tras salirse de la calzada. No fue un exceso de velocidad, no fue una llamada ni un WhatsApp. La autopsia confirmó lo inesperado: un infarto fulminante. Guille, de 14, que viajaba en el asiento del copiloto, fue trasladado a la UCI con daños que los médicos consideraban incompatibles con la vida. «Es duro perder a un hijo, pero además tienes a otro en tinieblas. Gracias a Dios podemos decir que lo de Guille fue un milagro, o que su hermano lo protegió y cuidó para que nosotros pudiésemos seguir con esta vida que nos tocó vivir por la pérdida de Diego», relata Fran.
Transcurridos casi dos años, tras un sinfín de intervenciones, Guille logró regresar a casa. Con una discapacidad del 88%, ha retomado este curso sus estudios en el IES Campo de San Alberto de Noia. «Tenemos que luchar por él. O, más bien, él es el que lucha por nosotros, el que nos da vida para seguir adelante. Él ha sido nuestra tabla de salvación: la mía, la de mi mujer y la de los abuelos». La vida, como para cada una de las familias rotas por la muerte de un hijo, un padre, una madre o una pareja, nunca volverá a ser como antes. «Ahora llegará Nochebuena, el día 25... Para nosotros se acabaron las Navidades. No queremos, no tenemos nada que celebrar. Cuando Guille quiera celebrarlo, se hará».
El recuerdo de aquella noche sigue vivo: «No había frenada. Se fue directamente al otro lado de la carretera. Por suerte no pasaba otro vehículo por el carril contrario, de haber sido así igual estaríamos hablando de más víctimas». Esa tarde, Guille quiso lavar el coche para dar una vuelta antes de la cena de Nochebuena. «Diego, por cumplirle el deseo, salió, pese a que no se encontraba del todo bien», recuerda su padre. Fran se reprocha no haber insistido en que su hijo acudiera al médico: «¿Y si hubiera podido evitarlo? Me culpo tantas veces. Si hubiera ido al médico quizá le hubieran detectado algo».
Hoy, la habitación de Diego permanece intacta, como la dejó aquel 24 de diciembre. Las fotos, que al principio tuvieron que retirar por el dolor que causaban a los abuelos, han vuelto a ocupar su lugar.
En el Día Mundial en Recuerdo de las Víctimas de la Violencia Vial, Fran levanta la voz más allá de su dolor personal. Reclama que la seguridad vial se convierta en una asignatura en los colegios. «Desde pequeños deberían aprender cómo actuar en bicicleta, patinete, moto y coche, y también en caso de una emergencia: enseñar a hacer una RCP en los colegios. Falta concienciación».
La denuncia alcanza también a los responsables de las infraestructuras: «Hay cunetas que están deshechas. Hay puntos negros en las carreteras en los que ocurre un siniestro y, al día, a las semanas o a los meses, pasas por ahí y siguen en el mismo estado. Se recauda con multas y sanciones, pero las carreteras siguen igual; falta mantenimiento e inversión para garantizar una red viaria segura».
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