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Gallegos en Venezuela reclaman un futuro mejor: «Mi pensión no da para un saco de harina»

Gallegos de la diáspora relatan a este diario la situación que se vive en el país caribeño desde hace años, donde acceder a los bienes más básicos es, en muchas ocasiones, una odisea.

«Mi marido falleció de hepatitis por no poder conseguir medicación», lamenta una caraqueña hija de emigrantes.

Colas, de nuevo, ayer en Caracas para acceder a un supermercado

Colas, de nuevo, ayer en Caracas para acceder a un supermercado / Ronald Peña

Mateo Garrido Triñanes

Mateo Garrido Triñanes

Santiago

El estruendo de las explosiones y la incertidumbre tras la reciente intervención militar que Estados Unidos llevó a cabo en la madrugada del pasado sábado en Venezuela han devuelto al primer plano informativo una crisis que, para millones de personas, lleva muchos años siendo algo cotidiano. Entre ellas se encuentran miles de gallegos y descendientes de gallegos que permanecen todavía en el país caribeño y que han asistido al deterioro económico y social que ha sufrido el país, muy anterior a la captura de Nicolás Maduro.

Patricia, hija de gallegos y viuda de emigrante de Cuntis, que reside en Caracas, resume la situación con crudeza: «Estos últimos años han sido horribles. Hemos pasado hambre», explica a este diario. Su marido falleció en 2017, víctima de una hepatitis, debido a la falta de medicación: «Allí no la conseguíamos. La familia, desde Galicia, nos mandaba antibióticos pero llegaban tarde y debido a esa situación la enfermedad se complicó».

Aquel año, la escasez de bienes básicos, tanto sanitarios como alimentarios, generó en el país caribeño una situación de disturbios y colas interminables en supermercados y farmacias. Hoy en día, según relata Patricia, ese desabastecimiento ya no existe. Sin embargo, aquellas estanterías vacías han virado ahora en bolsillos diminutos. «Hoy hay alimentos y medicamentos, lo que no hay es dinero», lamenta.

La mujer ejemplifica esta situación en su propia vivencia personal. Como jubilada cobra una pensión mensual de 130 bolívares —lo que equivale a menos de un euro—. «¿Qué voy a hacer con eso si un kilo de harina cuesta 500 bolívares? No me da», sostiene.

De este modo, en su subsistencia juegan un papel fundamental sus dos hijos que, tras estudiar las carreras de Matemáticas y Periodismo, aprovecharon su linaje gallego para regresar a la tierra de su padre y sus abuelos en busca de un futuro mejor: «Afortunadamente, ellos han conseguido trabajo y me ayudan en lo que pueden. Aún así, en muchas ocasiones, me es muy complicado llegar a fin de mes».

Roberto, nacido en Venezuela pero hijo de gallegos, describe un proceso de empobrecimiento prolongado en el tiempo que golpeó con especial dureza a la clase media. Profesionales cualificados, pequeños empresarios y trabajadores autónomos vieron cómo sus ingresos poco a poco se desplomaban y sus ahorros se evaporaban para poder afrontar el coste de la vida. «Hoy en día, un salario medio puede estar en torno a los 300 euros al cambio, mientras que una cesta básica para una familia de cuatro miembros no baja de los 700 euros mensuales», explica.

Ese desfase entre ingresos y precios explica, en su opinión, el éxodo masivo de los últimos años. Buena fe de ello dan las cifras que maneja la Xunta: en 1999 había en el país caribeño 50.000 gallegos, al cierre de 2023 esa cifra rondaba los 30.000. «Siempre digo que estamos devolviendo la visita», apunta Roberto, en referencia a los hijos y nietos de aquellos gallegos que emigraron a Venezuela que hoy están haciendo las maletas para regresar a la comunidad, aunque con una situación bien distinta: «Nuestros padres llegaron aquí como camareros, albañiles o gente de la construcción, y había oportunidades. Hoy muchos retornan a Galicia con estudios universitarios, pero sin poder ejercer su profesión por lo difícil que es homologar sus títulos».

En opinión de Roberto, la intervención militar de Estados Unidos, aunque «necesaria», sume al país en una situación de total incertidumbre que debe tener «rápida solución». «Llevamos días con el país prácticamente detenido, la gente en sus casas y sin trabajar. No hay actividad económica», sostiene. Un hecho que, de extenderse en el tiempo, puede generar problemas de desabastecimiento. «Puede ser, otra vez, como en 2017», añade Patricia.

Ernesto, compostelano de 79 años, vive en Venezuela desde hace más de seis décadas. Al igual que Patricia es pensionista, pero, en su caso, además tiene problemas de salud. Padece diabetes, hipertensión y problemas de próstata y reconoce que solo puede mantenerse gracias al sostén de su familia. «Si no tuviera esa ayuda, para mí sería imposible conseguir las medicinas. La única solución sería regresar a Galicia y no me veo con fuerzas», manifiesta.

Ayudas del Gobierno

A la pensión de jubilación de Ernesto, se añade desde 2024 el cobro de los bonos de guerra —un subsidio puesto en marcha por el régimen chavista para combatir la inflación que le reporta unos 100 dólares mensuales—, que junto a la ayuda familiar le permite salir adelante y hacerse con su medicación.

Por otra parte, según explican Ernesto y Roberto, las ayudas estatales en forma de cajas de alimentos, destinadas a la población más vulnerable, tampoco garantizan una vida digna. «Traen dos kilos de arroz, uno de harina, algo de aceite y poco más. Nada de carne ni de pescado. No resuelven nada», apunta el hijo de gallegos, que censura además que su reparto está ligado a mecanismos de control político: «Te dan lo básico para generar una dependencia e, incluso, que lo agradezcas».

El deterioro de los servicios públicos agrava aún más la situación. Cortes de luz de hasta 12 o 14 horas diarias en el interior del país, falta de agua y un sistema sanitario colapsado empujan a la población hacia Caracas y su área metropolitana, donde las condiciones son ligeramente menos precarias. «Aquí no nos enteramos ni de la mitad de lo que pasa en otras zonas», reconoce Roberto.

En estos momentos, con Maduro encarcelado en Nueva York, estos gallegos atisban con preocupación cuáles serán los próximos pasos. «Se ha cortado la cabeza a la culebra, pero queda mucho cuerpo», apunta Roberto. La idea de que sea Delcy Rodríguez, la número dos del exmandatario venezolano, no les agrada y, por ello, demandan el empleo de nombres ficticios que guarden su anonimato en este reportaje.

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