Gallegos en Venezuela, un mes después de la caída de Maduro: «Mijo, aquí todo sigue igual»
Emigrantes y descendientes aseguran que el ciudadano común no ha percibido ningún cambio en su día a día desde el ataque que Estados Unidos llevó a cabo en el país caribeño el pasado 3 de enero

Dos jóvenes pasan en moto frente a un mural en honor a Nicolás Maduro y Cilia Flores en Catia la Mar / Efe

Durante la madrugada del próximo miércoles se cumplirá un mes de la operación estadounidense en Venezuela que permitió la captura del presidente Nicolás Maduro. Una intervención militar que, más allá de garantizar a Donald Trump el acceso y la gestión de las mayores reservas petroleras del planeta, renovó las esperanzas de la oposición al chavismo y de buena parte de la ciudadanía del país caribeño de asistir, por fin, a la caída de un régimen que ha depauperado la vida de la mayoría de los venezolanos.
Desde entonces, la vicepresidenta Delcy Rodríguez ha asumido el poder, con buena sintonía con el Gobierno estadounidense y dando algunos pasos aperturistas, como el anuncio realizado el pasado viernes de una amnistía general para los presos políticos con el objetivo de «favorecer la convivencia y la paz social en Venezuela», tras semanas de liberaciones puntuales.
Sin embargo, cuatro semanas después, los gallegos residentes en el país caribeño aseguran que, más allá del cambio en el discurso político, sus condiciones de vida no han variado en absoluto. «Mijo, aquí todo sigue igual», responde a la llamada de este diario Patricia, hija y viuda de emigrantes gallegos, que reside todavía en Caracas.
En su opinión, la transición hacia un modelo democrático llegará en el medio o largo plazo. «En el país existía la expectativa de que habría un cambio de régimen no inmediato, pero sí rápido. Y nada que ver. Sí pienso que llegará, pero no en el corto plazo», augura. En ese impasse, esta jubilada, que recibe una pensión mensual de 130 bolívares, menos de un euro al cambio, asegura que no podría subsistir sin la ayuda que recibe de sus tres hijos, todos ellos residentes en Galicia desde hace ocho y cinco años.
Ernesto, compostelano de 79 años y residente en Venezuela desde hace más de seis décadas, afirma encontrarse en la misma situación. «La pensión es de medio dólar. Además, recibo el bono de guerra, que son aproximadamente 50 dólares al mes. Vivir con eso sin recibir ninguna ayuda desde fuera sería imposible», sostiene.
En su opinión, la ciudadanía venezolana «está ya adaptada» a vivir bajo la sombra de la incertidumbre. «Aquí tenemos el dólar funcionando, pero no está regularizado. Se cobra en bolívares, pero la mayoría de comercios, desde supermercados hasta farmacias, trabajan con dólares. El venezolano lo primero que hace al despertarse es ver cómo está el cambio, y lleva tiempo viendo cómo, día a día, su moneda se deprecia continuamente», reflexiona sobre una economía que, según considera, «no es normal».
Menos fuerza en las calles
Todos los gallegos residentes en Venezuela contactados por este diario coinciden en que la presión que el chavismo venía ejerciendo en las calles ha disminuido. «Los controles de la Policía Nacional Bolivariana (PNB), en los que incluso se revisaban los teléfonos móviles en busca de material político, prácticamente han desaparecido», apunta Federica, hija de ourensanos emigrados al país caribeño.
Ernesto va más allá y señala que, pese a las manifestaciones de los partidarios del Gobierno y la presencia de los colectivos —paramilitares afines al chavismo— en los primeros días tras la intervención estadounidense, «a la hora de la verdad no hubo ninguna respuesta por parte del régimen». «No vivimos con miedo», asegura.
Según su relato, el plano económico ha tenido una importancia capital en esta falta de apoyo hacia el Ejecutivo que ahora encabeza Delcy Rodríguez. «La situación es de calma. La gente sale a trabajar y está suficientemente ocupada en ir luchando y viendo cómo juntar la plata para comprar lo necesario. Nos han pauperizado tanto que han terminado por pauperizar los propios apoyos con los que contaban entre el pueblo», explica.
Recursos para el cambio
Federica, que se considera una afortunada al residir en una ciudad que define como «la burbuja de Venezuela», en una zona privilegiada donde algunos cargos del régimen «tienen apartamentos», es la más optimista. «Es cierto que el ciudadano común no ha notado ningún cambio, pero en el fondo hay muchas cosas moviéndose», afirma.
Más allá de los principales lugartenientes del régimen —los hermanos Rodríguez, Diosdado Cabello, Padrino López...—, apunta a que en los puestos intermedios y en la escala militar hay gente que «está muy atornillada». Por ello, asegura que siempre tuvo claro que la operación estadounidense sería algo puntual y que la transición se prolongaría en el tiempo. Sin embargo, esto no merma su optimismo. «Estamos muy contentos, con esa sensación de querer gritarlo a los cuatro vientos y no poder. Cuando empiezas a ver la cantidad de dinero que el régimen se sacaba, te das cuenta de los recursos que tiene este país. En cuatro o cinco años vamos a ser los de antes o, incluso, mejores. Estoy segura», vaticina.
La caída del precio de los bienes inmuebles, un importante escollo para el regreso a Galicia
Pese al periodo de cambios en el que se encuentra Venezuela tras la caída de Nicolás Maduro; la llamada de las raíces, la inestabilidad económica del país caribeño y el continuo goteo de familiares que han tomado el camino de regreso a Galicia hacen que haya todavía gallegos que no vean con malos ojos emprender el viaje de vuelta hacia la comunidad para disfrutar «tranquilos» de su jubilación. Sin embargo, a la hora de dar este paso, el desplome del precio de los bienes inmuebles supone un importante escollo.
«Mi familia ya está toda allá. Lo único que me ata a Venezuela es la vivienda que tenemos en Caracas. Claro que me he planteado volver para Galicia pero antes tendría que vender esta casa y los precios actualmente son ridículos», explica Patricia, hija de gallegos y viuda de un emigrante de Cuntis.
Más allá de la situación de inestabilidad política y social en la que se encuentra Venezuela, los gallegos residentes en el país caribeño apuntan que este declive del precio de la vivienda está también relacionado con el progresivo deterioro de las infraestructuras y el abandono que han sufrido diferentes áreas del país caribeño, otrora importantes buques insignia del turismo en el norte de Sudamérica.
«Nuestra familia se esforzó mucho para comprar un piso en la playa, en la zona de Boca de Uchire, y ahora estamos intentando venderlo por casi nada. De comprarlo por 100.000 dólares a ofrecerlo por 4.000, imagínate cuál es la situación. Una zona que era maravillosa y está abandonada, con muchas casas que fueron ocupadas sin que sus propietarios pudieran hacer nada por impedirlo», lamenta Teresa, estradense en el país latinoamericano.
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