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La Xunta manda las comarcas al cajón 30 años después

El mapa territorial diseñado por la Xunta de Fraga en 1996 que dividía Galicia en 53 comarcas nunca llegó a consolidarse, porque quedaron relegadas a meras divisiones territoriales, sin financiación ni capacidad administrativa. El bipartito primero y Feijóo después empezaron a desdibujar ese mapa y, ahora, Rueda le da la puntilla

Precedo Ledo, con un mapa comarcal en 'braille' en 2001

Precedo Ledo, con un mapa comarcal en 'braille' en 2001 / EFE

Martín García Piñeiro

Martín García Piñeiro

Santiago

Diputaciones sí, comarcas no. La gestión provincial del territorio es finalmente la ganadora del pulso mantenido durante tres décadas con las comarcas, aquel mapa ideado por Manuel Fragaa través de Andrés Precedo Ledo que, en la práctica, apenas tuvo recorrido. De hecho, siempre fue una batalla desigual, ya que las Diputaciones no solo gozan de gran tradición en el país —desde el siglo XIX— y están blindadas en la Constitución, sino que sobre todo son poderosas armas electorales a las que nadie está dispuesto a renunciar. Frente a eso, las comarcas siempre fueron algo un tanto etéreo, citado en el artículo 27 del Estatuto de Autonomía y poco más. Y el escenario de que ambas realidades conviviesen nunca fue una opción, ya que generaría una duplicidad competencial insostenible para las siempre ajustadas arcas públicas.

En ese contexto es en el que la Xunta decide ahora finiquitar definitivamente las comarcas como entidades administrativas: "Carece de sentido", zanja el Gobierno gallego. El anteproyecto de ley de administración local de Galicia apuesta claramente por "reforzar" el papel de las Diputaciones Provinciales y pasar página administrativa de figuras como las comarcas y parroquias, inútiles a nivel de gestión, argumentan.

"Repensamos todas las figuras que existían actualmente", afirma la directora xeral de Administración Local, Natalia Prieto. "El contexto de hace 30 años era diferente, lo que buscamos ahora es no tener tantas subdivisiones territoriales". Así, mientras se refuerzan las Diputaciones y mancomunidades de ayuntamientos, las comarcas y parroquias quedarán relegadas a un mapa de museo y a lo que pueda haber de sentimiento identitario entre sus habitantes.

Presentación de la nueva ley de administración local de Galicia

Presentación de la nueva ley de administración local de Galicia / Cedida

Historia de un fracaso: de Precedo a las Fundaciones

Es difícil hablar del desarrollo comarcal de Galicia sin citar la figura de Andrés Precedo Ledo, el geógrafo coruñés al que Manuel Fraga confió en 1990, cuando todavía no había cumplido ni un año al frente de la Xunta, la puesta en marcha de un plan que redefiniese el territorio a través de la figura de la comarca. Los trabajos dieron como resultado un mapa que dividía Galicia en 53 áreas, plasmadas en la ley 7/1996 de desarrollo comarcal. Y había una Secretaría Xeral específica al frente de la cual se situó al propio Precedo Ledo.

Pero una cosa era pintar un mapa en un papel y otra muy diferente dotarlo de personalizar jurídica, recursos y, en definitiva, poder. Manuel Fraga quiso incluso replicar el modelo comarcal en la organización interna del Partido Popular de Galicia (PPdeG), pero se topó con la oposición frontal de los barones provinciales. Los Cacharro, Baltar, Cuíña y compañía no estaban dispuestos a ceder terreno en favor de las comarcas. Y quizás fue esa la palada de tierra definitiva que acabó por enterrar el sueño comarcal de Fraga.

En 1997, solo un año después de aprobar la ley comarcal, la Xunta dio luz verde a la ley de administración local —la que ahora deroga Rueda— y, en ella, el propio Fraga renunciaba en cierto modo a articular la gestión gallega del territorio alrededor de las comarcas, al vaciarlas de financiación y poder. El único paso que dio fue alumbrar —también con el sello de Precedo— la figura de las Fundaciones Comarcales, unos organismos artificiales limitados a gestionar fondos de desarrollo rural y del ámbito turístico sin más.

Hubo un total de 33 y, desde su nacimiento, tuvieron colgada la etiqueta de chiringuitos. De hecho, su desaparición se fraguó entre los años 2010 y 2012, dentro del plan concebido por Alberto Núñez Feijóo para racionalizar la administración y suprimir los organismos considerados superfluos o duplicados. Eran tiempos de recortes, en plena crisis, y las Fundaciones simbolizaban las vacas gordas, algunas de ellas establecidas en flamantes centros comarcales.

Antes, durante el bipartito PSdeG-BNG, el conselleiro Méndez Romeu ya había vaciado esas Fundaciones Comarcales de fondos al desligar a la Xunta de su financiación, bajo el argumento de que no habían cumplido su función;e incluso les limitaron su acceso a fondos europeos, por lo que, en la práctica, fueron cascarones vacíos de la Administración desde aproximadamente 2008.

Más tarde, ya en el año 2016, la fusión municipal de Cerdedo-Cotobade impulsada por la Xunta de Feijóo en su segundo mandato fue un nuevo ejemplo del nulo papel que jugaban las comarcas a nivel administrativo, ya que Cerdedo pertenecía a la de Tabeirós-Terra de Montes y Cotobade, a la de Pontevedra, por lo que su fusión rompía aquel mapa diseñado dos décadas atrás.

Mapa comarcal de Galicia de los 90

Mapa comarcal de Galicia de los 90 / Cedida

Divisiones artificiales y demasiado minifundistas

El plan comarcal para Galicia trazado por la Administración Fraga en los años 90 ya había nacido torcido. A la hora de repartir el territorio, quizás por el ADN minifundista de los gallegos, se habían creado 53 comarcas, lo que muchos consideraban un exceso, al existir algunas que aglutinaban únicamente a un par de ayuntamientos. A Barcala, con Negreira y ABaña; o la vecina Xallas, con MazaricosSanta Comba, son solo algunos ejemplos cercanos a Santiago. Pero había más repartidos por el resto de Galicia.

Incluso se llegó a cuestionar la artificialidad de algunas de las divisiones trazadas, como en A Mariña de Lugo, una zona bien definida de más de 60.000 habitantes y gran poder económico que acabó fragmentada en tres realidades (A Mariña Occidental, A Mariña Central y A Mariña Oriental) que nunca llegaron a calar entre sus propios habitantes.

Y esa sensación de identidad, arraigo o pertenencia, muy bien definida en zonas como OMorrazo o Valdeorras, es en realidad lo único que queda ahora de las comarcas. Porque todo lo demás acaban de meterlo en el cajón. Quien sabe si para siempre.

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