LA MADRE DEL JOVEN MUERTO ELECTROCUTADO
«Yibrán me decía: 'Mamá, sé que moriré joven, pero no quiero ser un viejo que no ha vivido por miedo'»
María recuerda a su hijo Yibrán Javier, vigués fallecido en junio del pasado año electrocutado en un aerogenerador en Burgos cuando trataba de subirse a lo alto para sacar una foto
Este martes detuvieron a los dos amigos que lo acompañaron en aquella trágica aventura: «Es innecesario, no es justo para estos chicos»

Yibrán junto a su madre, María. / Cedida
Edgar Melchor
«Sabía que era una buena persona, pero los dos días de tanatorio fueron asombrosos: vino un ‘tsunami’ de gente a decirnos cómo Yibrán les había ayudado». Así recuerda María para FARO, que pertenece a Prensa Ibérica que también edita EL CORREO GALLEGO, a su hijo Yibrán Javier Rodríguez, vigués de 22 años que falleció en junio del 2025 electrocutado dentro de un aerogenerador de un parque eólico de Quintanilla Sobresierra, en Burgos, cuando trataba de subirse a la zona más elevada para captar con su cámara aquella «paz» que le proporcionaban las alturas y los lugares de difícil acceso. Este martes, la Guardia Civil detuvo a los dos amigos que lo acompañaron en aquella trágica aventura, una decisión que la progenitora considera «innecesaria»: «No es justo para estos chicos, ellos no tienen la culpa de su muerte, todos pensaban que iba a ser algo bonito».
Formado en Artes Gráficas, amante de la fotografía urbana y del grafiti, el joven Yibrán —conocido asimismo como Proxy— trabajaba en una pizzería, empleo que complementaba repartiendo precisamente el periódico FARO de VIGO los sábados. Relata su madre que la mujer que lo acompañaba en la distribución del diario le contó que su hijo aprovechaba los viajes de un lado para otro de la ciudad también para llevarle comida a las personas que dormían en la calle. «Los contenía emocionalmente, les ofrecía su mano», explica María, quien admite que va «llevando» la muerte de Yibrán, el menor de tres hermanos —junto con Yaiza y Yeray—, todos artistas, y que vivía con ella y el padre en la ciudad cuando todo ocurrió. Profesora de yoga, admite que sus «creencias» le ayudan a mantenerse firme ante esta desgracia.
Desde pequeño, el joven vigués ya disfrutaba de las alturas. «Con 8 años, escalaba las paredes de la cocina», apunta María, quien confiesa que esta vena atrevida era intrínseca de Yibrán, pues ni ella ni el padre son tan «aventureros». «Él nació y creció sin miedos, salvo el escénico, pues siempre he animado a mis hijos a ser emprendedores y he tratado de inocularles los menores miedos posibles», explica. Ya por entonces, mostraba signos de su «humanidad» en una época en la que sufría ‘bullying’: «Había un niño que le pegaba unas palizas… Y yo le decía “Yibrán, por favor, al menos empújalo, pero me decía “no, mamá, si lo empujo se puede hacer daño”».

El joven vigués, también conocido como Proxy. / Cedida
A los 15 años, aproximadamente, Yibrán comenzó a practicar ‘urbex’, acrónimo en inglés de ‘urban exploration’ (exploración urbana), un arte basado en fotografiar lugares abandonados y de difícil acceso. Este amor por las cámaras sí viene de familia, concretamente de su hermana Yaiza, igualmente fotógrafa, aunque de otra disciplina.
«Él quería dejar un legado fotográfico, estaba planteándose hacer un libro de fotos de altura muy especiales aquí en Vigo», desvela la progenitora, quien confiesa, al mismo tiempo, que solía «echarle la bronca» al joven por subirse a zonas peligrosas.
«Me decía que yo no valoraba sus fotos, pero yo le decía que sí, que eran preciosas, pero que tenía que abogar por un cuerpo que tardé 15 horas en parir»
«Siempre quise apoyarlo, pero obviamente le decía las cosas como eran, aunque él estaba muy seguro de lo que hacía y tomaba muchas precauciones». Recuerda una conversación concreta que mantuvo con él: «Me comentaba que yo no valoraba sus fotos, pero yo le decía que sí, que eran preciosas, pero que tenía que abogar por un cuerpo que tardé 15 horas en parir».
«Yibrán me salvó la vida»
Al hilo, María relata que se encontraba «muy malita» antes de dar a luz a Yibrán, pues tenía un tumor que, aunque benigno, le iba a provocar una enfermedad crónica, y rechazó una última cirugía. «Yo quería morirme. Me pusieron una inyección para quedarme estéril, pero, milagrosamente, me quedé embarazada, eso me dio mucha fuerza y me acabaron operando del tumor, por lo que mi hijo me salvó la vida». Los padres le pusieron el nombre de Yibrán por el filósofo libanés Khalil Gibran, de quien el yoga acoge varias de sus «enseñanzas».
18 años más tarde, con Yibrán ya con «una arruga de la sonrisa» en su rostro, le confesó a su madre: «“Quiero hacer lo que me hace feliz, prefiero arriesgarme y morir joven que ser un viejo que no ha vivido por miedo, pero voy a estar muy bien y quiero que tú también estés muy bien”».
Finalmente, «su vida fue corta, pero consiguió una gran labor de amor, y eso es lo que todo el mundo me dice». En su despedida en Vigo, donde fue incinerado, un grupo de chicos con asperger se acercaron a María para expresarle que Yibrán les había ayudado a socializar. Su benevolencia caló del mismo modo en un conjunto de señoras de avanzada edad que acudieron igualmente al tanatorio: «¿Y ahora quién nos va a llevar las bolsas de la compra?».
Para concluir, María, a modo de prevención, insiste en la «inocencia» de muchos jóvenes que practican ‘urbex’. «Ven vídeos de otras personas que hacen este tipo de actividades, pero igual no son tan fiables, como le pasó a Yibrán; que les den una vuelta antes a las cosas porque dejan mucho dolor detrás», sentencia la madre.
Los amigos del vigués han abierto una cuenta en la red social Instagram llamada @proxy404_still.here para «mostrar» su «arte» y mantener «vivo su legado».
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