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Estudio en centros de Santiago

Un estudio alerta de una violencia invisible y normalizada en institutos: «Hay conductas que no consideran violentas hasta que las analizamos en clase»

Un informe de Igaxes y Fundación Trébol detecta que burlas, exclusión y presión social son formas habituales de violencia entre adolescentes

Actividad de Igaxe, en el marco del programa PREVINT, en un instituto compostelano.

Actividad de Igaxe, en el marco del programa PREVINT, en un instituto compostelano. / Cedida

Mateo Garrido Triñanes

Mateo Garrido Triñanes

Santiago

Gran parte de la violencia entre adolescentes en Galicia adopta formas que pasan desapercibidas dentro de las dinámicas juveniles. Burlas, humillaciones, mentiras o presión social forman parte de las relaciones cotidianas entre iguales y en muchas ocasiones ni quienes las cometen ni quienes las reciben las identifican como comportamientos violentos, según concluye un estudio elaborado por Igaxes y la Fundación Trébol a partir del programa de prevención PREVINT, aplicado en nueve institutos de Santiago.

El estudio analiza las actitudes y comportamientos de 827 estudiantes de secundaria mediante cuestionarios que miden distintas formas de violencia interpersonal, como agresiones físicas, violencia psicológica, intimidación o aislamiento social. Los resultados muestran que las conductas más habituales no son las agresiones físicas, sino aquellas relacionadas con la violencia psicológica, como la presión social o la humillación dentro del grupo. Entre los comportamientos más frecuentes aparecen mentir sobre otra persona (45,2%) o culpabilizarla de problemas (43,5%), prácticas que los investigadores consideran formas de violencia normalizadas en las relaciones entre iguales.

Otras conductas como burlarse o ridiculizar a compañeros alcanzan cifras cercanas al 23%, mientras que humillar públicamente a otra persona aparece en torno al 19% del alumnado encuestado.

El análisis también detecta diferencias por género. Los adolescentes varones presentan en mayor medida conductas de violencia física y sexual, mientras que entre las chicas predominan formas de violencia psicológica o relacional, como la ridiculización o el aislamiento dentro del grupo.

Chelo García.

Chelo García. / Cedida

«La violencia física la identifican enseguida, pero la psicológica, que es la que tienen más normalizada, no la ven como violencia»

Chelo García

— Educadora social y coordinadora del programa Escola de Vida de Igaxes

En el trabajo directo en las aulas, los educadores detectan cómo muchas de estas situaciones se perciben como simples bromas. «La violencia física la identifican enseguida, pero la psicológica, que es la que tienen más normalizada, no la ven como violencia», explica Chelo García, educadora social y coordinadora del programa Escola de Vida de Igaxes.

Durante los talleres, los propios estudiantes empiezan a reconocer situaciones que antes no percibían como problemáticas. «A veces cuentan que dejaron a una compañera sola en el patio o que alguien recibe una colleja y todos se ríen. Hay conductas que no consideran violencia hasta que las analizamos en clase», señala García.

Para esa labor de concienciación, el programa cuenta con el violentómetro, una escala que permite identificar distintos niveles de violencia en las relaciones entre adolescentes. Según la educadora, esta herramienta ayuda a que tomen conciencia de comportamientos que antes consideraban normales: «Van viendo cómo cosas a las que no daban importancia en realidad son violencia y cómo, si se normalizan, es más fácil que se llegue a situaciones más graves».

Un violentómetro de los que Igaxes emplea en el programa PREVINT

Un violentómetro de los que Igaxes emplea en el programa PREVINT / Cedida

El estudio también detecta la existencia de un pequeño grupo de estudiantes —en torno al 2% o 3% del alumnado analizado— con niveles de agresividad más elevados. Aunque estos datos, tal y como apuntan desde Igaxes, «no son predestinativos», es decir, no están llamados a predecir comportamientos futuros, sí ayudan a identificar situaciones de riesgo y orientar estrategias preventivas en los centros.

Además de las burlas o humillaciones, el informe identifica dinámicas de presión social dentro del grupo. Ignorar deliberadamente a una persona o excluirla aparece en porcentajes que oscilan entre el 35% y el 41% del alumnado, mientras que intimidaciones o amenazas afectan casi a uno de cada cuatro adolescentes.

El informe también advierte de que la violencia puede intensificarse cuando se combinan factores como el origen migrante, la pertenencia al colectivo LGTBI o situaciones de vulnerabilidad social, una dinámica que los investigadores describen como violencia interseccional.

El informe se basa en los resultados del programa PREVINT, una iniciativa de prevención de la violencia aplicada en centros educativos y dirigida principalmente a alumnado de primero de la ESO, en torno a los 13 años. A través de seis sesiones de trabajo en el aula, el programa combina actividades educativas con herramientas de medición que permiten analizar las actitudes del alumnado antes y después de la intervención.

El objetivo es ayudar a los estudiantes a identificar comportamientos que muchas veces pasan desapercibidos en sus relaciones cotidianas y que pueden convertirse en el punto de partida de situaciones de violencia más graves.

El modelo incluye además una segunda evaluación dos años después, cuando los estudiantes cursan tercero de la ESO, lo que permite observar la evolución de esas conductas y analizar el impacto del programa en el tiempo.

Según explican desde la organización, esta metodología permite no solo trabajar la prevención en el aula, sino también ofrecer a los centros educativos información para detectar dinámicas de violencia entre iguales y desarrollar estrategias para abordarlas antes de que se consoliden.

Igaxes: 25 años de trabajo con jóvenes en situación de vulnerabilidad

El informe sobre violencia adolescente forma parte del trabajo de Igaxes, una organización social con más de 25 años de trayectoria en Galicia especializada en la intervención con jóvenes en situación de vulnerabilidad, especialmente aquellos que han pasado por el sistema de protección de menores.

La entidad cuenta con un equipo de alrededor de 100 profesionales y desarrolla programas dirigidos a facilitar la transición a la vida adulta de estos jóvenes, que en muchos casos deben emanciparse a edades tempranas.

Entre sus iniciativas destaca el acompañamiento educativo y laboral y la gestión de viviendas de transición a la vida adulta, donde actualmente residen unos 80 jóvenes que reciben apoyo para desarrollar un proyecto de vida autónomo.

Junto a la intervención directa, la organización también impulsa investigaciones y evaluaciones de impacto sobre problemáticas que afectan a la juventud, como la exclusión social, el abandono escolar o la violencia entre adolescentes.

El objetivo es trasladar ese conocimiento al ámbito institucional para que proyectos piloto puedan convertirse en políticas públicas o programas educativos más amplios.

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