Política migratoria contra la libertad académica
«Este ya está fuera»: el pontevedrés deportado de EE UU por una conferencia
Roger Calabuig cruzó el Atlántico para dar una conferencia y ni logró salir del aeropuerto. Invitado por la Universidad de Utah para hablar de movilidad humana, racismo y xenofobia, este cooperante vecino de Poio fue interceptado al aterrizar en Las Vegas y expulsado de inmediato. Su relato dibuja una frontera que no solo filtra pasaportes, sino también ideas

Roger Calabuig, cooperante de Cruz Roja y escritor. / Rafa Vázquez
Susana Regueira
Roger Calabuig Hernández no es un recién llegado a los escenarios difíciles. Lleva media vida entrando y saliendo de lugares donde el mundo se rompe. En 22 años como cooperante de ayuda humanitaria en Cruz Roja, este ingeniero medioambiental, escritor —ha publicado un libro sobre las migraciones humanas desde la prehistoria— y estudiante de antropología en la UNED de Pontevedra ha trabajado en más de 50 países, varios de ellos marcados por la guerra, el desplazamiento y la intemperie. Ha cruzado fronteras difíciles, lidiado con burocracias hostiles y aprendido a moverse en escenarios donde casi nada funciona como debería. Pero el episodio más desconcertante de su trayectoria no lo vivió en uno de esos territorios, sino en el aeropuerto de Las Vegas. Iba a entrar en Estados Unidos para dar una charla universitaria sobre movilidad humana, racismo y xenofobia. No pasó del control migratorio.
Su periplo comenzó el pasado día 5. Viajaba con un visado ESTA y un contrato en la mano, invitado por la Universidad de Utah. Su cometido era impartir una conferencia el día 7, concebida para reivindicar la importancia de las humanidades ante las amenazas de la administración Trump de recortar fondos a estas disciplinas. «Quise vincular las humanidades, las ciencias sociales con la ayuda humanitaria. Es decir, cómo las ciencias sociales nos ayudan a ayudar», explica.
Pero el viaje se torció nada más aterrizar. En el control de inmigración le preguntaron a qué iba a Estados Unidos. Contestó que iba a dar una charla. Le preguntaron si le pagarían por ella. Contestó que sí. Y, según su relato, en ese instante cambió por completo el tono de la conversación. «El tipo directamente se levanta y me lleva al centro de detención», recuerda. La frase con la que, dice, justificaron la decisión sigue resonándole con una mezcla de estupor e incredulidad: «Ha entrado usted en el país con intención de hacer un trabajo que puede hacer un estadounidense y, por lo tanto, está detenido».
La sorpresa inicial dio paso a la perplejidad cuando comenzaron los interrogatorios. A pesar de mostrar el contrato y de explicar que solo iba a impartir una charla de una hora, la maquinaria burocrática no se detuvo. Calabuig asegura que, en un primer momento, llegó a pensar que todo se resolvería como un malentendido administrativo, quizá con una rectificación sobre el tipo de permiso necesario para entrar en el país. Aun dentro del desconcierto, creyó que seguía habiendo margen para hablar. «Yo he viajado mucho, de verdad», viene a decir desde la experiencia acumulada. Y precisamente por eso suponía que incluso allí, en una frontera tan vigilada como la estadounidense, todavía habría espacio para la lógica.
«Ha entrado usted en el país con intención de hacer un trabajo que puede hacer un estadounidense y, por lo tanto, está detenido»
En el centro de detención comenzó un interrogatorio que él describe como áspero y mecánico. Le formularon las preguntas de rigor, revisaron sus documentos, le advirtieron de la autoridad que tenían para retenerlo, expulsarlo o deportarlo. Él insiste en que, a esas alturas, los agentes ya habían entendido que no se trataba de alguien que pretendiera quedarse a trabajar o instalarse en el país. Pero la situación cambió cuando uno de los agentes volvió a leer el contrato con más atención y se detuvo en el contenido de la conferencia. «El oficial vuelve a repasar el contrato y lee que yo soy un conferenciante que viene a hablar de movilidad humana, migración, derechos humanos, xenofobia y racismo», cuenta Calabuig. En ese momento, uno de los agentes llamó a su compañera y le dijo: «Esto se me había escapado». La respuesta de ella, asegura, fue inmediata: «Este ya está fuera».
Para Calabuig, la decisión no fue administrativa, sino una «expulsión ideológica». Sospecha, aunque no puede probarlo, que la resolución final pudo depender de un sistema de inteligencia artificial que rastrea la actividad en redes sociales. «Ellos hablan de un tercer ente que no puedes ver», señala. El desenlace fue rápido: expulsión del país y veto de por vida para solicitar el visado ESTA.
Más allá de la deportación, lo que más le impactó fue el lenguaje y la actitud en el centro de detención. Relata cómo los carteles y los propios agentes se referían a los detenidos como aliens —alienígenas o extranjeros, en un sentido que él considera despectivo—. «A mí eso me retrotrae completamente a la deshumanización absoluta que había en regímenes fascistas como los nazis, el deshumanizar a los demás para percibirlos como inmigrantes que vienen a quitarnos el trabajo, como invasores», reflexiona.
La conversación con una de las oficiales fue, en su opinión, especialmente reveladora. «Hace un comentario como este, dice: “Ya, yo ya sé que vas a venir a hablar tú, a decir que somos todos iguales, ¿verdad?”», recuerda Calabuig. Cuando le respondió que sí y le señaló que ella no pensaba lo mismo, la contestación de otro agente fue tajante: «Es que nosotros estamos aquí para hacer cumplir la ley y los procedimientos y no tenemos que pensar».
Asegura que fue una «expulsión ideológica» y sospecha que la decisión la tomó una inteligencia artificial
Para el cooperante, esa frase remite de forma directa a la historia. «Eso es lo que decían los acusados en Núremberg, siempre decían: “Nosotros cumplíamos órdenes”».
En menos de dos horas, Calabuig fue escoltado por dos policías hasta la puerta de un avión con destino a Londres, sin su maleta. Tras 15 horas de espera en la capital británica, finalmente logró llegar a Madrid, con la misma ropa durante cuatro días.
La Universidad de Utah se ha puesto en contacto con él para disculparse por la actuación del sistema de inmigración y le ha ofrecido un equipo legal para tratar de levantar el veto de por vida. También tiene previsto denunciar el caso ante la prensa local.
Para Roger Calabuig, la experiencia ha sido la constatación de lo que considera un «fascismo proteccionista, nacionalista y extremista». «Que a estas alturas no podamos entrar a un país como Estados Unidos por un tema ideológico me parece terrible», concluye. Su caso deja, además, una imagen inquietante de hasta qué punto una maquinaria burocrática (quién sabe si incluso dictada por una IA) puede llegar a bloquear el debate de ideas antes incluso de que empiece.
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