«Tengo ganas de desconectar, pero no sé cómo»: crecer entre bulos, pantallas infinitas y odio
Adolescentes gallegos reclaman a las familias y a las instituciones una educación digital basada en la conversación y el espíritu crítico. Alertan de la exposición a propaganda ultra y a la normalización de la violencia desde muy temprana edad

Elda y Alfredo, este jueves, antes de su ponencia. / Xoán Álvarez
Alfredo no tarda ni un minuto en decir algo que obliga a levantar la vista. Lo cuenta sin dramatismo, casi con la serenidad cansada de quien ha aprendido demasiado pronto cómo funciona Internet. «A mí lo que me preocupa es la cantidad de publicidad nazi y de discursos de odio que hay». La frase aparece en mitad de una conversación sobre adolescentes y redes sociales en el marco de las jornadas Infancia, adolescencia e benestar dixital en Galicia —organizadas por Unicef y celebradas este jueves por la tarde en Santiago—, pero deja suspendida una pregunta incómoda: ¿qué están viendo los niños cuando deslizan el dedo sobre la pantalla durante horas?
La adolescencia gallega de Alfredo, de 17 años y representante del Consello de participación Voces Novas de Tomiño, y Elda, que con 14 años ya ejerce de portavoz de la asociación Fogaricas do Rosal, se parece a la de millones de chicos y chicas que crecieron con el móvil pegado a la mano, educados entre vídeos cortos, chats, memes y un flujo infinito de estímulos. Pero también se parece a una generación obligada a construir su identidad en un espacio donde conviven entretenimiento, ansiedad, propaganda ultra, presión social y desinformación. Todo al mismo tiempo.
En ese contexto, Elda, sin embargo, decidió no tener redes sociales, a excepción de WhatsApp. «No tenía esa necesidad», explica. Lo dice con naturalidad, como si no fuera excepcional habitar el margen en una época donde la conexión parece obligatoria. «Tengo otras actividades que me ocupan mucho tiempo», añade. De esta forma, prioriza su salud mental, su intimidad, su consumo y si tiempo en un mundo (una industria, más bien) en el que las pantallas gobiernan en conversaciones, amistades y silencios. En cambio, Alfredo sí utiliza redes sociales y conoce de cerca esa tensión cotidiana. No las demoniza, pero tampoco las romantiza. Destaca el impacto en las «expectativas imposibles que tenemos de la realidad» en cuanto a cuerpos irreales y vidas filtradas hasta volverse ficción. «Lo que muchas veces se vende o lo que interesa es lo bonito, no tanto lo real», resume.
Pero aunque no se tengan redes sociales, el contenido que en ellas hay acaba llegando. «Tengo ganas de desconectar y no sé cómo», confiesa Elda. Esa adicción que todos los humanos parecen tener instalada la describe como una inercia física, un vídeo lleva a otro, un mensaje obliga a abrir otro enlace, una recomendación empuja la siguiente. «Voy a seguir y voy seguir», ejemplifica. La ansiedad digital, explican estos adolescentes, no nace solo del exceso de pantalla, sino de una arquitectura diseñada para capturar atención.
Pero si algo preocupa especialmente a ambos adolescentes es la facilidad con la que Internet se convierte en una autopista para la desinformación. Alfredo no habla desde el miedo abstracto, sino desde lo que aparece en su propia experiencia en vídeos de TikTok o mensajes en X: discursos de odio, misoginia, contenido ultraderechista, racista, homófobo o propaganda nazi envuelta en humor. «Es una pelea constante por la atención de las personas», explica. «Los niños no tienen formado completamente el saber lo que está bien y lo que está mal».
Para ellos, un algoritmo no distingue entre curiosidad, vulnerabilidad o pensamiento crítico, sino que premia el clic, y pocas cosas generan más interacción que el miedo, el odio o la indignación. Elda amplía el foco hacia los más pequeños, que navegan por plataformas donde pueden ver violencia, pornografía y espacios en los que la mentira circula con la misma legitimidad que una información verificada. «Un niño tan pequeño no va a pensar que a lo mejor lo que ve no es cierto», advierte.
Por eso ambos desconfían de las prohibiciones absolutas. «Lo mejor para nosotros es que nos digáis esos riesgos y por qué no podemos acceder a ciertas cosas», reclama Elda a las familias y a las instituciones públicas, defendiendo una educación digital basada en conversación y criterio, no en castigos.
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