El furtivismo resiste en los ríos de Galicia con electricidad, redes, sedales y lejía: "El kilo de trucha se paga a 80 euros"
El juicio a dos pescadores ilegales con 228 truchas capturadas con corriente en el río Rodil saca a la luz el arraigado problema de la pesca para el mercado clandestino

Las 228 truchas intervenidas en 2024 en el Rodil / Cedida

El juicio celebrado este martes a dos furtivos sorprendidos con 228 truchas capturadas con electricidad en julio de 2024 en aguas del Rodil, en la montaña lucense, ha desempolvado el debate sobre la pesca ilegalen los ríos de Galicia. Aunque se trata de un problema serio, con derivadas medioambientales, económicas o incluso de salud pública, lo cierto es que pasa desapercibido para la inmensa mayoría de la sociedad, que suele vivir de espaldas al río. Así que solo aflora cuando se produce algún caso que, debido a su magnitud, es especialmente mediático. Y el de las 228 truchas pescadas con corriente en el Rodil fue uno de los más sonados de los últimos tiempos.
El furtivismo fluvial en Galicia está muy arraigado en las comunidades ribereñas, que durante generaciones utilizaron la pesca masiva de truchas, salmones, lampreas o anguilas como complemento a la economía familiar. Eran tiempos de abundancia en los ríos, por lo que su impacto en el ecosistema era (o al menos parecía) mínimo. El destino de esa pesca era siempre el mismo: la venta.
Pero la situación cambió cuando entró en vigor la Ley 7/1992 de Pesca Fluvial de Galicia, que prohibió radicalmente la comercialización de truchas o salmones procedentes de la pesca deportiva. Así, una actividad que era tradicional y legal siempre que se respetasen tallas y cupo pasó a ser sancionable, lo que alimentó un mercado negro que más de 30 años después sigue activo. Y los medios de vigilancia son siempre escasos para la región de los mil ríos, con más de 30.000 kilómetros de cauces, una red inabarcable para la Xunta.
Y prueba de que esa realidad delictiva sigue vigente son estos episodios que se repiten cada temporada de matanzas de truchas mediante el uso de electricidad, de lejía y químicos, de redes e incluso el propio "furtivismo de caña", como lo llaman los guardarríos: aquellos pescadores que depredan truchas sin respetar tallas ni cupos.

Truchas intervenidas a un furtivo en el Tambre en 2021 / Cedida
Encargos para las fiestas
A medida que la trucha empezó a escasear en los ríos por la presión, la contaminación, los depredadores y el abandono del rural, que implicó un deterioro del ecosistema, su cotización en el mercado negro fue creciendo. La trucha de río siempre fue un manjar caro, pero hoy está convertida en un lujo. Así, aunque legalmente no puede comercializarse, se hace de forma ilegal. "Se paga a 80 euros el kilo", explica una autoridad en materia de pesca fluvial que opta por el anonimato. "A esos precios no debe sorprender a nadie que existan furtivos; de hecho, cada vez hay más".
Por furtivo entiende aquel que está perfectamente orientado a capturar el máximo de peces en poco tiempo para su venta clandestina e incluso apunta a alguna pequeña red organizada. Para ello, necesitan usar métodos rápidos y eficaces como la electricidad, que fue la utilizada por los identificados en el río Rodil. Fue un 23 de julio, una fecha que además no es casual porque el día 25 es Santiago Apóstol, "y estas pescatas suelen producirse antes de las fiestas", en las que hay encargos, relata un guardarríos.

Material intervenido a furtivos del salmón del Ulla en 2021 / Cedida
¿Qué tipos de técnicas hay?
Él explica que el uso de electricidad o lejía para envenenar el río pertenecen más al pasado, mientras que hoy se estila más "usar redes o incluso sedales durmientes", que son hilos con anzuelos repartidos por el río que se dejan de noche y se recogen antes de amanecer. "Recientemente en un río de la Costa da Morte había evidencias claras de que habían redado una presa", apunta otro pescador que fue testigo de ese escenario.
Y después está "el furtivismo de caña", que son aquellos pescadores que capturan truchas menores de la medida legal, que superan el cupo diario o que se meten en tramos de pesca sin muerte o vedados con el fin de juntar para comer o vender.
En el caso del río Rodil, los furtivos fueron sorprendidos con una batería de coche y cables para atontar a los peces con la descarga y así recogerlos con facilidad. "Hubo episodios donde se hacía incluso con cables del tendido eléctrico, lo que dejó más de un susto y algún herido". La electricidad impacta en el ecosistema, pero menos que la lejía, que por ejemplo mata cualquier organismo vivo a su paso. Las redes, por su parte, actúan sobre una zona más pequeña y concreta, mientras que los sedales durmientes que se dejan y que son muy frecuentes en Galicia tienen un problema: actúan 24 horas y 365 días al año.
El problema añadido, lamenta el colectivo de pescadores, es la impunidad con la que actúan. La factura de la matanza del río Rodil, 228 truchas, se saldó con una multa de menos de 1.800 euros para los dos implicados. Demasiado barato si se tiene en cuenta que se acabó con la biodiversidad y la riqueza natural de un buen trozo de río. Los pescadores lo tienen claro. "Al final, si quieres poner marisco en la mesa vas al marcado y lo pagas. Si quieres truchas, o entras al mercado negro del furtivismo o renuncias a comerlas".
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