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Los otros protagonistas del verano

Los viajes en vacaciones, un lujo que no está al alcance de todos: «Es un privilegio que no me puedo permitir, es inviable»

Desde familias numerosas que llevan una década sin viajar, trabajadores que cuentan cada euro por el alquiler, hasta jóvenes que necesitan ahorrar para comprar un coche. Solo alrededor del 20% de los gallegos se pueden permitir viajar en verano. El subidón de precios este año se lo pone más difícil todavía a quienes sufren para llegar a fin de mes

Aroa Molanes con su hijo Gabriel en brazos.

Aroa Molanes con su hijo Gabriel en brazos. / FdV

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Jose Antepazo

Vigo

El verano suele asociarse a descanso, playas, viajes y tiempo libre. Las redes sociales se llenan de fotografías de destinos paradisíacos, escapadas urbanas y comidas frente al mar. Pero detrás de esa imagen idílica existe otra realidad mucho menos expuesta: la de quienes no pueden permitirse hacer las maletas porque sus prioridades económicas están muy lejos del ocio. El encarecimiento de la vivienda, junto con el aumento de los precios de los alimentos, las facturas de suministros, la precariedad laboral y el acelerón un 11% de los precios de los paquetes y alojamientos turísticos en la comunidad, han convertido las vacaciones en un gasto difícil de asumir para muchas familias y jóvenes. Para ellos, desconectar no significa subirse a un avión, sino encontrar pequeños espacios de desconexión entre jornadas laborales y preocupaciones para no llegar a fin de mes en números rojos.

Los meses de verano son los más demandados para hacer algún viaje, tal y como lo refleja el Instituto Galego de Estadística (IGE). En julio, agosto y septiembre (los de mayor afluencia) de 2025, casi el 23% de la población gallega disfrutó de unas vacaciones, el dato más elevado hasta la fecha según la encuesta de Benestar e Condicións de Vida realizada por el organismo. Por tanto, un 77% de la comunidad decidió renunciar a estos momentos de disfrute.

Aroa Molanes, camarera de 26 años y madre del pequeño Gabriel, resume esa situación con una frase contundente: «Ir de vacaciones es un privilegio que yo ahora mismo no me puedo permitir, es inviable». Su visión refleja una realidad compartida por miles de personas. En su caso, a los gastos habituales de cualquier hogar se suma la crianza de un hijo en un contexto en el que los salarios no avanzan al mismo ritmo que los precios. «Sube la luz, el agua, los alquileres... Todo menos los sueldos. ¿Cómo te vas a ir de vacaciones? Ojalá poder hacerlo, qué chiste», lamenta. Razona que «irte con 1.400 euros que cobras y gastar 1.800 no es factible».

La joven pone como ejemplo uno de los cambios que más percibe en su día a día, el precio de la cesta de la compra. «Antes con 50 euros llenabas el carro y ahora con esa cantidad te da la risa. Te hacen falta 200 euros mínimo para llenarlo», expresa. Aunque su problema no es únicamente económico. También existe una dificultad añadida: la conciliación. Entre las responsabilidades familiares y laborales, plantearse unos días de descanso se convierte en algo «imposible».

«Si no fuese madre, igual podría ahorrar para unas vacaciones, pero midiendo mucho el dinero, teniendo todo muy pautado y yendo a un hotel muy barato, ¿pero cómo es ese hotel? A lo mejor está lleno de basura», argumenta Molanes. «Cuando vas de vacaciones —añade— quieres disfrutar y no estar pendiente de que si te gastas dinero en una comida no puedas ir a un museo, tienes que poner todo en una balanza».

Una oportunidad laboral

Mientras unos viajan, otros aprovechan el verano para trabajar, como Marta Del Río. La estudiante de 22 años lleva empleándose durante los meses estivales desde que cumplió la mayoría de edad, renunciando a planes con amigos, días de fiesta o playa «porque tenía que trabajar al día siguiente».

El año pasado viajó a Cádiz con una amiga, pero reconoce que fue una escapada improvisada y ajustada económicamente. «Aprovechamos que un amigo bajaba en coche por trabajo, nos quedamos en un apartamento muy barato en las afueras y aprovechamos el bono del Verano Joven para desplazarnos», relata. Más allá de esa experiencia, recuerda que la última vez que viajó fue cuando apenas tenía diez años. «Para la mayoría de familias es muy difícil permitirse un viaje cada año, algo que antes era muy común», una preocupación que comparte con sus amigas.

Aunque considera que «viajar es una experiencia muy enriquecedora y algo que todos deberíamos disfrutar, actualmente no compensa el esfuerzo económico que supone». Destaca que estudiar fuera es más que pagar un piso y que «la beca ayuda, pero no es suficiente». «A veces da la sensación de que hasta comprar ciertas frutas es un lujo. Cuando ves las cerezas a siete euros el kilo te das cuenta de cómo han cambiado las cosas», reflexiona. Por ello, asegura que prefiere trabajar en verano y «disfrutar de otras formas de ocio más asequibles para vivir un poco más tranquila» durante el curso.

Lorena Núñez decidió montar su propio negocio el año pasado. Se trata del bar Chulada Perk, ubicado en Cangas, ambientado en la icónica cafetería de la serie 'Friends'. «Se juntan mil factores que nos dificultan ir de vacaciones, pero el primero y más importante es que no tenemos tiempo», señala. Subraya los obstáculos que presenta la hostelería a la hora de tomarse un respiro y, particularmente, en materia de conciliación. Los meses de verano son los más potentes en el sector y que permiten una mayor cantidad de ingresos, un periodo especialmente relevante para este tipo de negocios. «Cuando nosotros podemos ir, los niños ya tienen clase», explica. Por lo que, en su caso, para intentar disfrutar de unos días de desconexión en familia debe encajar cuidadosamente las piezas de un puzzle que parece un rompecabezas.

Sin posibilidades

A su vez, la falta de trabajo también condiciona las posibilidades de ocio. Así lo expone Irene Iglesias, de 23 años, que reconoce que viajar es algo que no entra en sus planes a corto plazo. «Por mí hasta viviría en las Maldivas, pero va a ser que no», dice entre risas. Aunque no se considera una persona especialmente viajera, lamenta haber tenido pocas oportunidades para conocer nuevos lugares. Para ella, incluso una breve escapada resulta inasumible: «No me puedo permitir ir de vacaciones ni siquiera dos días. Entre los billetes de tren o avión, el hospedaje y comer fuera... Qué va, qué va».

La estudiante Irene Iglesas.

La estudiante Irene Iglesas. / FdV

Sus prioridades económicas son otras muy diferentes. Le gustaría independizarse, pero sobre todo conseguir un vehículo de segunda mano que le permita desplazarse con autonomía. «Cojo el coche de mis padres porque me hace falta para ir a cualquier sitio y no tienen el poder adquisitivo para comprarme uno, ni siquiera para pagarme el seguro para poder usar el suyo», cuenta. Por eso, «estaba trabajando de camarera», pero lo tuvo que dejar para centrarse en «unos estudios pendientes», con los que le resultaba «incompatible» continuar en el mundo laboral.

La exposición constante de los viajes por parte de los diferentes usuarios en las redes sociales, en especial de los creadores de contenido, genera a menudo un sentimiento de «frustración». «En la sociedad de influencers en la que vivimos, eso es un problema porque quieres ser como ellos», declara Iglesias. Reconoce que «ahora vivimos mucho en las pantallas» y que lo primero que hace al despertarse es mirar el móvil. «Ves que alguien está de vacaciones y, aunque no lo pretendas, buscas ser como esa persona», alega. Pero más que envidia, lo define como «una presión social» vinculada a la imagen, «más que nada por aparentar tener lo que todo el mundo tiene». Por su parte, Aroa Molanes comenta que «teniendo al niño aún me da más pena porque me gustaría poder viajar con él cuando sea más mayor y que conozca sitios».

Un gasto «numeroso»

Y si viajar ya resulta complicado para una sola persona, el reto se multiplica en las familias numerosas. Betty Carballo, personal de limpieza de 50 años, recuerda perfectamente la última vez que se planteó organizar unas vacaciones en familia. «Pregunté precios y cuando me empezaron a decir cifras mi cara ya lo decía todo. Va a ser que no voy a dejar mi sueldo y parte del de mi marido para irme una semana», se niega.

La familia numerosa Hugo, Betty, Javi Jr., Cris y Javi.

La familia numerosa compuesta por Hugo, Betty, Javi Jr., Cris y Javi. / FdV

Su última experiencia vacacional junto a su pareja y sus tres hijos se remonta a hace trece años. «Nos fuimos a un camping un mes, pero por el precio no nos quedaron ganas de volver. Por lo que pagamos, quizás nos hubiese salido más rentable irnos a un hotel y que nos diesen todo hecho», narra. Desde entonces, las vacaciones han cambiado de significado para ella, pues no está dispuesta «a trabajar como una esclava y gastar el triple de lo que gasto en casa». Lejos de hoteles y destinos turísticos, las alternativas pasan por planes más sencillos como ir a la playa o a casa de sus familiares. «Si hace bueno y cojo al marido de humor, preparo una tortilla y unos filetes y arrancamos para la playa», relata.

Betty también encuentra un momento de desconexión gracias a su hijo menor, Hugo. El joven compite con frecuencia por distintas ciudades en baile de salón y su madre es su seguidora más fiel. «Mis vacaciones son cuando me voy un fin de semana con él a verlo bailar, pero nos vamos los dos solos», apunta Carballo. Son desplazamientos que intenta organizar por su cuenta para abaratar costes. «El hotel lo cojo por mi cuenta que me sale más barato, que si voy por el club igual menos de 300 euros no pago», defiende.

Como tantas otras familias, admite haber tenido que ajustar incluso la compra diaria. «En vez de coger una caja de leche, cojo media. En vez de kilo y medio de filetes, cojo un kilo. Hay que cortarse», comenta la limpiadora. Un pensamiento que comparte Ale de Manrique, un estudiante de Diseño de Moda de 24 años y, a su vez, empleado en una tienda de ropa. El diseñador señala que su situación le obliga a controlar cada euro, sobre todo porque «la mitad del sueldo» la dedica a pagar el alquiler de una habitación, otro de los grandes problemas al que se enfrentan los jóvenes en la actualidad. «Hay que hacer piruetas con todo para no llegar en números rojos a final de mes», señala de Manrique.

Ale de Manrique en sus prácticas de Diseño de Moda.

Ale de Manrique en sus prácticas de Diseño de Moda. / FdV

Las primeras renuncias afectan al ocio: «He dejado de ir a tomar algo o cenar con amigos. Al fin y al cabo, es de donde más toca recortar». En su caso, dispone de tiempo para vacaciones porque tiene días libres en su empleo, pero eso no significa que pueda viajar. «Si quiero hacer alguna escapada, sé que me va a repercutir mucho económicamente en los meses siguientes».

Por eso, mientras el verano es concebido por muchas personas como unos meses de descanso y viajes, para otros representa un periodo más de trabajo, ahorro y contención del gasto. La preocupación por pagar el alquiler, llenar la nevera o llegar a fin de mes pesa más que cualquier oferta de vuelos.

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Fuente: Faro de Vigo

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