Reinserción
Jacobo (36 años, vecino de Vigo) condujo sin carné desde los 15 años y pasó ocho en la cárcel: «Yo tuve suerte, otros no llegan a contarlo»
"Pensé que no pasaba nada... hasta que me vi en A Lama y Teixeiro", reconoce tras cumplir ocho años entre rejas
Las multas, las persecuciones y los accidentes no consiguieron frenarlo; escuchar a una madre que perdió a su hijo en la carretera le hizo replantearse su vida: "Me hizo bajar las orejas y reflexionar"
Tras cumplir condena por varios delitos de tráfico, quebrantamientos y un atraco, ahora vive en Moaña, tiene casa propia, se apoya en su pareja y repite una promesa que resume su nueva etapa: «No vuelvo a nada»

Jacobo, de 36 años, a la entrada de la Asociación Érguete, en Vigo. / LOC
R. Prieto
Es más que un trámite administrativo. La educación vial para los condenados por delitos de tráfico se ha convertido en el clic necesario para abandonar una espiral de delincuencia. El caso de Jacobo, un vecino de Vigo de 36 años que pasó gran parte de su juventud ignorando las normas de tráfico, ilustra cómo el contacto directo con la realidad de las víctimas puede lograr lo que años de multas no consiguieron.
Desde adolescente, Jacobo —nombre ficticio— se ponía al volante de manera habitual y utilizaba a menudo el vehículo de su abuelo sin permiso. Él mismo reconoce que empezó a conducir con 15 años sin carné. Durante años vivió convencido de que nada podía pasarle: «Pensaba que no pasaba nada… hasta que me vi en la prisión de A Lama».
«Yo tuve suerte… otros no llegan a contarlo», resume al repasar un historial delictivo: conducción recurrente sin carné, delitos por alcoholemia al volante, quebrantamientos de condena y fugas de controles policiales, entre otros. Hoy, Jacobo recuerda episodios de un pasado que le parecen impensables, escenas propias de una película de acción de alto riesgo y con un final incierto: «Me persiguió la Guardia Civil de noche y acabé detenido», «me perseguían y yo apagaba las luces para escapar» o «me dieron un golpe en el coche y me bajaron a la fuerza». En aquellos años de desenfreno, el coche era su ley. Incluso admite que seguía conduciendo porque entendía que «no había nada ni nadie» que se lo impidiera.
«Le quitaron el coche a mi abuelo por mi culpa»
En esa huida hacia adelante, los primeros en pagar el precio de su temeridad fueron los suyos. El coche de su abuelo fue decomisado dos veces. Jacobo lo resume con una frase que aún hoy le escuece en la conciencia: «Le quitaron el coche al abuelo por mi culpa». Lejos de frenar, continuó: «Me escapé otra vez… pero esa vez multaron a mi abuelo».
La escalada era imparable y los avisos de la carretera, cada vez más físicos. Hubo otra persecución, una moto robada y un choque brutal contra una casa, un accidente que casi le cuesta la vida. «Me tiraron de la moto», recuerda mientras se toca de manera refleja la cicatriz que le quedó marcada en la cabeza.
Era el único de la pandilla que conducía sin carné… y enseñaba a otros, S pensaba en ir a flipar por ahí
«Era el único de la pandilla que conducía sin carné… y enseñaba a otros», confiesa sobre una época en la que, textualmente, solo pensaba en «ir a flipar por ahí».
Sin embargo, el descontrol al volante terminó por traspasar la temeridad en la carretera. En 2016, su vida terminó de descarrilar: «Hice un atraco». Fue el hecho que destapó todas las condenas que tenía pendientes. La suma de sus delitos se tradujo en 14 años de condena, de los que cumplió ocho entre rejas. Una caída para quien vivió, sin mirar las consecuencias, «de los 15 a los 36 conduciendo sin carné».
Para entender a Jacobo hay que mirar a su infancia. Creció sin sus padres: «Mi madre tenía problemas con las drogas». Él y su hermano fueron criados por sus abuelos en un hogar de cinco hermanos, donde el abuelo se convirtió en su faro. Por eso, cuando, ya en prisión, le llegó la noticia de la muerte de sus abuelos —su único sostén emocional—, se hundió. «La muerte de mis abuelos me llevó al límite», admite.
Dentro de los muros de la cárcel, la rabia se tradujo en peleas, sanciones y celdas de aislamiento. Mientras el mundo exterior seguía girando, él sentía que se ahogaba en el barro: «La sociedad avanza y tú no», reflexiona ahora sobre aquel golpe de realidad que terminó por forzar su cambio de rumbo.
El día que cumplió 30 años tomó una decisión: «Dejé de pelearme en prisión». Decidió que era el momento de empezar a reconstruirse. Se formó como cocinero mientras asimilaba el peso de su pasado: «Entré en prisión y me vino todo junto: alcoholemia, quebrantamientos y atraco». El castigo fue tan largo y difuminó tanto el tiempo que, cuando finalmente salió en libertad, tras pasar por los penales de A Lama y Teixeiro, su memoria había borrado el almanaque: «No recuerdo el día que salí».
El choque con el exterior, en 2024, fue brutal. El asfalto que antes devoraba sin miedo ahora le causaba vértigo: «Salí de prisión y me bloqueé». El paso por el Centro de Inserción Social (CIS) le enseñó a convivir con normas estrictas, un cordón umbilical con la libertad que estuvo a punto de romper en momentos de pánico. «Podía haber huido y no volver nunca», admite, consciente de que esa decisión habría destruido definitivamente su futuro.
Fue entonces cuando Jacobo se integró, como parte de su condena, en los talleres de educación vial de la Asociación Érguete. Allí se acabó la teoría y empezó la «bofetada de realidad». Escuchar testimonios en primera persona, como el de Jeanne Picard, delegada de Stop Accidentes en Galicia —que perdió a su hijo tras ser arrollado en un siniestro vial en la autovía de O Barbanza hace ya más de dos décadas—, fue lo que le obligó a «bajar las orejas» y «reflexionar».
Las historias con rostro, voz y lágrimas demostraron tener un peso muchísimo mayor que las cifras de cada balance de la DGT. Aquel encuentro le permitió, por primera vez en su vida, bajarse de su propio ego y ponerse en la piel de las víctimas inocentes que bien podrían haberse cruzado en sus noches de persecuciones y alcoholemias.
Aquel joven que enseñaba a otros a delinquir al volante se ha convertido hoy en un ejemplo de reinserción. Su proceso ha sido largo y doloroso: ocho años encerrado y una vida entera por rehacer. Mirando atrás, con la madurez que da el dolor, Jacobo reconoce el valor de las advertencias familiares que durante tantos años ignoró: «Tenía que haberle hecho caso al abuelo».
«Si me caen solo dos años, no cambio»
Hoy, Jacobo ha construido una casa en Moaña y ha tomado una decisión que, desde su salida de prisión y su asistencia a los talleres de educación vial, marca su día a día: «No vuelvo a nada». Es su promesa de segunda oportunidad, aferrado al apoyo de su pareja, la persona clave que lo rescató del abismo durante el tercer grado y junto a la que «cambiaron muchas cosas». Quedan atrás los aislamientos y las peleas, en una transformación que casi nadie esperaba de aquel chico temerario.
Sabe perfectamente que el camino de la rehabilitación es individual y que no existen fórmulas mágicas: «Cada uno tiene que poner de su parte». Y lanza una advertencia cruda que debería hacer reflexionar al sistema judicial y a la sociedad sobre el peso de las penas en la reincidencia: «Si me caen solo dos años, no cambio».
Después de años huyendo, chocando y destruyendo todo a su paso, Jacobo entendió que la carretera no perdona ni espera. Que un volante en manos equivocadas no es una travesura: es una sentencia. Hoy lo dice sin titubear: si no cambias a tiempo, la carretera te cambia a la fuerza. Y, cuando eso ocurre, según reconoce, ya no eliges tú: «El daño, la cárcel o la muerte deciden por ti», advierte.
Al contar su historia no busca empatía. Solo pretende que alguien frene antes de cruzar la línea que él cruzó demasiadas veces. Porque, como admite: «Yo tuve suerte… otros no llegan a contarlo».
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Fuente: La Opinión A Coruña
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