La última descarga de Oubiña: 189 euros por navegar entre las heridas de Galicia
Donde antes llegaban fardos, hoy embarcan turistas. La iniciativa del histórico narcotraficante reabre el debate sobre si la memoria de una tragedia puede convertirse en un negocio
El antiguo capo del narcotráfico gallego cobra 189 euros por recorrer los escenarios de sus operaciones mientras crece el debate sobre la banalización de una tragedia que dejó miles de víctimas

Laureano Oubiña esposado y escoltado en el juicio de la Operación Nécora / FDV
Diego Mosteiro Riveiro
Laureano Oubiña ha vuelto a situarse en el foco mediático, aunque en esta ocasión por un motivo muy distinto y aún así relacionado con el que marcó su pasado. El que fuera uno de los narcotraficantes y contrabandistas más conocidos de Galicia durante las décadas de los ochenta y los noventa ha impulsado una ruta turística centrada en la historia del narcotráfico gallego.
Bajo el nombre de 'La Ruta del Narcotráfico', la iniciativa propone un recorrido por algunos de los enclaves que desempeñaron un papel clave en las operaciones de contrabando y tráfico de drogas en las Rías Baixas. Durante la visita, el propio Oubiña guía a los asistentes por playas, bateas y otros puntos que, según explica, fueron utilizados para las descargas de droga y del denominado "tabaco de batea", con el objetivo de mostrar cómo se desarrollaban estas actividades durante las décadas de los ochenta y los noventa.
¿En qué consiste el tour?
El itinerario recorre algunos de los enclaves más representativos de la historia del contrabando y el narcotráfico en Galicia, entre ellos la isla de Cortegada, Carril, la desembocadura del río Ulla, Rianxo, Budión, A Pobra do Caramiñal, Ribeira, Punta de Curro Vedo, Aguiño, las islas de Rúa, Sálvora y Ons, San Vicente do Mar y el muelle de Meloxo.
Los organizadores presentan la iniciativa como una propuesta que va más allá de un relato histórico. Según explican, no se trata de "un documental ni una conferencia", sino de "una experiencia en vivo", en la que el propio Laureano Oubiña comparte con los participantes vivencias y episodios relacionados con su pasado.
La experiencia, con un precio de 189 euros por persona y plazas ya agotagas, incluye desayuno a bordo, un aperitivo con productos gallegos y un almuerzo en la isla de Ons, donde los asistentes podrán escoger entre diferentes opciones de menú.
Como parte de la actividad, los participantes también tendrán la posibilidad de adquirir ejemplares de libros y botellas de vino firmados por Laureano Oubiña. Asimismo, la organización ha anunciado el sorteo de una cena privada con el exnarcotraficante, valorada en 500 euros.
¿Quién fue realmente Laureano Oubiña?
Desde su salida de prisión, Laureano Oubiña ha tratado de reconstruir su imagen pública. Libros, entrevistas, apariciones televisivas y, ahora, una ruta turística por los escenarios del narcotráfico gallego forman parte de una estrategia con la que ha buscado proyectar un perfil distinto al que marcó su pasado.
Para quien desconozca su trayectoria, esta exposición pública puede transmitir la idea de que se trata de alguien que cumplió condena por un episodio aislado de contrabando o por una operación puntual de tráfico de drogas. Sin embargo, la realidad judicial y la historia del narcotráfico en Galicia dibujan un escenario muy diferente. Oubiña fue una de las figuras más relevantes de las organizaciones que dominaron el contrabando y el tráfico de hachís durante las décadas de los ochenta y los noventa, acumulando varias condenas por estos delitos.
Su nombre forma parte de un capítulo especialmente doloroso de la historia reciente de Galicia. El narcotráfico dejó una profunda huella en numerosas localidades de la comunidad, donde la droga destruyó vidas, rompió familias y condenó a generaciones enteras a la adicción. Convertir hoy ese pasado en un producto turístico, con uno de sus protagonistas ejerciendo de guía, reabre inevitablemente el debate sobre los límites entre la memoria, el negocio y la banalización de una tragedia que aún permanece en la memoria colectiva de muchos gallegos.
Entre las condenas que acumula Laureano la más conocida es su primera gran condena, esta llegó en 1994, en el marco de la denominada Operación Nécora, considerada el mayor golpe judicial contra las redes del narcotráfico gallego. En aquel procedimiento fue condenado por dos delitos contra la Hacienda Pública, con una pena de seis años y un día de prisión por cada uno de ellos.

Laureano Oubiña, sentado en la segunda fila en un juicio con más capos de la droga gallega / FDV
A finales de la década de los noventa volvió a ser condenado por su participación en una operación de tráfico de hachís. La sentencia acreditó su implicación en un alijo de 5.741 kilogramos de hachís, interceptado en 1997, por el que recibió una pena de cuatro años y cuatro meses de prisión.
Su historial judicial continuó ampliándose en 2002 con una nueva condena por otro cargamento de droga. En esta ocasión, la Justicia lo consideró responsable del transporte de 6.000 kilogramos de hachís a bordo del buque Juagarón, una operación desarrollada en la ría de Vigo, por la que fue condenado a seis años y nueve meses de prisión.
Cuatro años después volvió a ser condenado por otro importante alijo de hachís. La resolución judicial lo declaró culpable del transporte de 12.599 kilogramos de esta sustancia en el buque Regina Maris, imponiéndole nuevamente una pena de seis años y nueve meses de cárcel.
Además de estas condenas por narcotráfico, en 2012 volvió a sentarse en el banquillo en un procedimiento relacionado con el presunto blanqueo de capitales procedentes del narcotráfico, una causa centrada en la supuesta ocultación y afloramiento de bienes financiados con dinero obtenido de actividades ilícitas.

Laureano Oubiña, durante su declaración / Fernando Rodríguez
La ruta de la vergüenza
El negocio que hace apenas unas décadas sembraba muerte, adicción y ruina en numerosas familias gallegas se ha transformado hoy en una nueva fuente de ingresos. Lo que durante años representó miedo, silencio y destrucción personal y colectiva se comercializa ahora como una experiencia turística. Resulta difícil no preguntarse si, detrás de esta iniciativa, también se está mercantilizando el dolor de quienes vieron cómo jóvenes de sus pueblos —y también muchos adultos— caían en la drogadicción, hipotecaban su futuro y apagaban sus vidas al mismo ritmo que la droga consumía sus cuerpos y deshacía sus hogares.
La publicación de Fariña, el libro del periodista Nacho Carretero, y posteriormente la serie homónima producida por Atresmedia y difundida internacionalmente a través de Netflix, situaron el narcotráfico gallego en el centro del imaginario popular. Aquella historia, necesaria para comprender una etapa oscura de la Galicia contemporánea, acabó convirtiéndose también en un fenómeno de la cultura pop. Con el paso del tiempo, parte de ese relato ha corrido el riesgo de deslizarse hacia la romantización de una época que, en realidad, estuvo marcada por la corrupción, el poder de las redes del narcotráfico y el profundo impacto social que la droga dejó en las rías gallegas.

Laureano Oubiña, entrando a un juicio / IÑAKI ABELLA
La Galicia de aquellos años no era un escenario de aventuras ni una postal cinematográfica. Era una comunidad que veía cómo el narcotráfico penetraba en sus pueblos, condicionaba la vida económica y política de determinadas zonas y dejaba una huella imborrable en miles de familias. Convertir hoy ese pasado en un producto turístico obliga, al menos, a abrir un debate incómodo: si la memoria debe servir para comprender y reparar, o si puede terminar convertida en un espectáculo rentable para quienes fueron protagonistas de aquella historia.

Pancarta de protesta en contra de narcotraficantes como Laureano Oubiña / EFE
¿Memoria o espectáculo?
La iniciativa impulsada por Laureano Oubiña trasciende la mera organización de una ruta turística. Su propuesta abre un debate mucho más profundo sobre cómo una sociedad decide recordar algunos de los episodios más oscuros de su historia reciente y, sobre todo, quién está legitimado para convertir ese pasado en un negocio.
¿Se trata de un ejercicio de memoria histórica o de una forma de turismo negro? ¿Es una oportunidad para conocer un episodio que marcó a Galicia o, por el contrario, supone una banalización del sufrimiento que provocó el narcotráfico? ¿Dónde se encuentra la línea que separa la divulgación histórica del entretenimiento construido en torno al delito?
Durante las décadas de los ochenta y los noventa, Galicia sufrió una de las mayores crisis derivadas del narcotráfico de toda Europa. La llegada masiva de drogas, especialmente hachís y posteriormente cocaína, dejó miles de personas atrapadas por la adicción y golpeó con dureza a numerosas familias que vieron cómo hijos, hermanos o padres quedaban atrapados en una espiral de dependencia, delincuencia y exclusión social. Muchos de aquellos jóvenes nunca lograron salir de ella.
Frente al poder económico y social que llegaron a acumular algunos narcotraficantes, también surgió una respuesta ciudadana sin precedentes. Asociaciones como Érguete, impulsada por madres que decidieron plantar cara a las redes de la droga, desempeñaron un papel decisivo al denunciar públicamente la impunidad con la que actuaban estas organizaciones y al reclamar una mayor actuación de las instituciones. Su movilización contribuyó a cambiar la percepción social del narcotráfico y a convertir un problema silenciado durante años en una prioridad pública.
Por ello, resulta inevitable preguntarse qué mensaje transmite una sociedad cuando algunos de los protagonistas de aquel fenómeno pueden convertir su propia historia criminal en un producto turístico. La memoria de quienes combatieron el narcotráfico y de quienes sufrieron sus consecuencias convive ahora con una oferta que invita a recorrer los escenarios donde se desarrollaron aquellas actividades ilícitas de la mano de uno de sus protagonistas. El debate ya no gira únicamente en torno a Laureano Oubiña, sino a la forma en que Galicia decide recordar uno de los capítulos más dolorosos de su historia reciente y al riesgo de que el relato termine imponiéndose sobre la memoria de las víctimas.

Asociación Nais Galegas Contra o Narcotráfico / Noe Parga
Galicia tiene derecho a recordar su historia, pero también tiene el deber de no olvidarla. La memoria no puede construirse únicamente desde el relato de quienes protagonizaron uno de los capítulos más oscuros de esta tierra, porque entonces corre el riesgo de convertirse en una versión incompleta, cómoda y, en cierto modo, indulgente con el pasado.
Hace apenas unas décadas, las playas por las que ahora navegarán embarcaciones llenas de turistas eran el escenario de descargas clandestinas que alimentaban un negocio criminal cuyas consecuencias todavía perduran en la memoria de miles de gallegos. Mientras unos acumulaban fortunas, otros enterraban a sus hijos. Mientras algunos consolidaban su poder, familias enteras recorrían hospitales, centros de desintoxicación y cementerios intentando comprender cómo la droga les había arrebatado a quienes más querían. Esa también es la historia de Galicia, aunque resulte menos atractiva para convertirla en una experiencia turística.
El narcotráfico no fue una aventura ni una leyenda. No fue un episodio pintoresco de las Rías Baixas ni una sucesión de lanchas rápidas burlando a las autoridades. Fue una tragedia social que marcó a una generación y dejó una cicatriz que todavía hoy permanece abierta en muchos hogares gallegos. Esa es la memoria que no puede quedar sepultada bajo el atractivo de un recorrido en barco, un desayuno frente al mar o una fotografía junto a quien un día ocupó el centro de aquellas operaciones.
Con el paso del tiempo es legítimo que cualquier persona rehaga su vida tras cumplir su condena. Lo que no debería suceder es que el paso de los años termine desdibujando la dimensión de los hechos o sustituyendo la memoria de las víctimas por el relato de quienes contribuyeron a escribir aquella historia. Porque cuando el protagonista del narcotráfico acaba convertido en guía turístico y el escenario del delito en un reclamo de ocio, el riesgo no es solo banalizar el pasado; es que las nuevas generaciones lleguen a conocer mejor a los narcotraficantes que a las madres que se enfrentaron a ellos, mejor a quienes hicieron negocio con la droga que a quienes pagaron el precio de combatirla.
Quizá la pregunta que debería hacerse Galicia no sea si este recorrido merece costar 189 euros o si agotará todas sus plazas. La verdadera pregunta es qué estamos dispuestos a vender cuando ponemos precio a nuestra memoria. Porque hay heridas que el tiempo puede cerrar, pero nunca debería convertir en espectáculo. Y porque la historia del narcotráfico en Galicia no pertenece a quienes hicieron fortuna con el narcotráfico, sino a quienes sufrieron sus consecuencias y lucharon para que nunca volviera a repetirse.
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