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Caput mundi

    Aunque pueda parecerlo, no es un misterio cómo una pequeña aldea de la región del Lacio llegó a convertirse en la capital del mundo antiguo. En muy pocos casos Roma inició guerras para aniquilar a sus enemigos o se ensañaba con ellos. Más bien, al contrario, la vía normal que utilizó para expandir su imperio fue la unión de grupos, tendiendo la mano, concediendo una serie de beneficios, de derechos cívicos y acogiendo a los vencidos, tratando de integrarlos a modo de federación, pues foedus (de donde procede tal palabra) significa precisamente “tratado” o “alianza”. Mediante su uso, se trataba de establecer una relación de igualdad entre vencedor y vencido (“foedus aequum”), una suerte de agrupación donde desaparecen vencedores y vencidos. Así se alcanzó la conocida como “pax romana”, el período de estabilidad que vivió el antiguo imperio aproximadamente entre el año 27 a.C. y el 180 d.C., coincidiendo con el apogeo de su desarrollo económico y expansión territorial. Precisamente, la palabra “pax” se relaciona con “pactum” (pacto), del verbo “pangere”, que significa “ensamblar” o “fijar”; de donde deriva, a su vez, “impacto” (esto es, “lo que se fija dentro”).

    Algunas amistades bienintencionadas que leen esta columna –posiblemente, nuestros únicos lectores– suelen alabar su tono, calificándolo amablemente de “erudito”; lo que quizás sea, en realidad, un callado grito cortés para hacernos ver que demasiado latín puede parecer un tanto pedante. Además, no por descortesía, sino por falta de tiempo, ninguno de los dos podemos tampoco detenernos en testar los comentarios a la versión electrónica –si es que hubiere alguno, claro– por lo que, realmente, desconocemos si ésa es la impresión general. Pero, en nuestra defensa, cabe resaltar que el recurso, por ejemplo, a la etimología resulta muy esclarecedor a la hora de plantearse lo que uno quiere realmente decir, porque las palabras son, cual gato de Schrödinger, a la vez, lo que son y lo que fueron. En todo caso, como bien saben quienes nos siguen, esta columna tiene como finalidad resaltar los mecanismos que, en el marco de la actual coyuntura económica, sirven para potenciar la cooperación público-privada, a través de herramientas como el mecenazgo o la filantropía, siendo una de ellas las denominadas “inversiones de impacto”.

    Ciertamente, las inversiones de impacto no pueden considerarse filantropía, al menos no en su sentido más estricto, pero sí en el marco de una concepción moderna y amplia que enfoca ésta de un modo más profesional y alejado de la clásica idea decimonónica que la asocia con las meras donaciones o incluso con la caridad. En la cultura de responsabilidad social actual y, particularmente, en las empresas familiares, existe una nueva sensibilidad hacia la actividad filantrópica. Como se ha dicho, los “dos bolsillos” típicos (uno, para el retorno financiero, y otro para la filantropía) tienden a fundirse en ahora en uno solo, analizando cómo generar un retorno mediante inversiones alineadas con los valores propios de la empresa, integradas en su modelo de negocio; recurriendo para ello, entre otras actuaciones disponibles, a este tipo de inversión de impacto, caracterizada por su intencionalidad (o voluntad del inversor de generar un impacto positivo y cuantificable) y causalidad (o relación causa-efecto entre inversión e impacto generado por la misma).

    Este modelo que, en cierto sentido, explota la rentabilidad de la conciencia social, encuentra su cauce más tecnológicamente avanzado y legalmente sofisticado en las plataformas de financiación participativa (o crowdinvesting). Se trata de empresas autorizadas cuya actividad consiste en poner en contacto, de manera profesional y a través de páginas web u otros medios electrónicos, a una pluralidad de personas físicas o jurídicas que ofrecen financiación a cambio de rendimiento dinerario (inversores), con personas que solicitan financiación para destinarla a un proyecto participativo (promotores). Está previsto sobre todo para empresas nuevas o startups, con dificultades para gestionar su adecuado acceso a la financiación bancaria o al capital riesgo, o que desean crecer más allá de lo que posibilitan esas vías tradicionales. Por otro lado, la figura permite también a inversores minoristas acceder a mercados antes reservados a los grandes capitales. Y, en todo caso, facilita la promoción de proyectos socialmente responsables, atendiendo a esa conciencia de sensibilidad creciente entre los inversores. En tal contexto, el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) acuña el eslogan “la recuperación debe ser pintada de verde”, mientras su organismo lanza la Plataforma de Transparencia de Bonos Verdes, herramienta digital destinada a mejorar la confianza en que las inversiones en proyectos de positivo impacto ambiental lo tienen realmente.

    Roma, caput mundi, regit orbis frena rotundi, según rezaba la inscripción en verso leonino en torno a la corona de Diocleciano. Pero llevar firmes las riendas del mundo de hoy parece reclamar cierta revisión de los actuales mecanismos de gobernanza financiera, ineficientes ante determinados retos, como ha demostrado la sangrante pandemia. El impacto social se puede consolidar entonces como el nuevo “foedus”, la alianza entre los poderes públicos y el mundo empresarial que permita alcanzar la “pax económica” en el siglo XXI. Un período prolongado de prosperidad sostenible, caracterizado por un modelo donde impere el pacto sobre las relaciones de cooperación público-privada, estimulando a las empresas a iniciar o culminar proyectos de interés colectivo allí donde no alcanza el Estado. Nos queda eso, o la guerra.

    02 may 2021 / 01:00
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