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Del oscuro chapapote al blanco solidario

Una tragedia de tan grande magnitud requería de una respuesta acorde a las circunstancias, y esa se produjo en forma de marea blanca solidaria de voluntarios y voluntarias llegadas de toda España y de infinidad de países extranjeros. Las cifras oficiales de la Xunta hablan de 327.000 acciones voluntarias entre noviembre de 2002 y julio de 2003 pero, a buen seguro que dicha cuantía se queda muy corta.

Los primeros voluntarios se echaron a la costa sin ningún tipo de protección y sin apenas medios materiales hasta que, con el paso de los días, las administraciones locales primero y, posteriormente, la Xunta comenzaron a coordinar las labores de limpieza del chapapote.

El entonces alcalde de Muxía, Alberto Blanco, todavía recuerda que la primera medida que adoptó fue “enviar a operarios municipales a limpiar la playa de Lourido” (al pie de la cual se construyó el Parador de Turismo Costa da Morte). Ordenó además hacer acopio de todos los materiales precisos entre los establecimientos locales. A los pocos días recibieron una llamada de Alcalá de Henares (Madrid) solicitando el acogimiento de voluntarios “a cambio dun bocadillo e unha auga ao mediodía”. Su ofrecimiento fue bien acogido, pero antes, “tivemos que asegurarnos de que a póliza de responsabilidade civil do Concello servía para darlles cobertura, pois non podiamos arriscarnos a enviar a esa xente á costa sen garantizarlles un seguro en caso de que sucedese algún tipo de percance”, añadió.

A partir de entonces, a Muxía, al igual que el resto de municipios de Costa da Morte, miles de voluntarios llegaron cada día dispuestos a luchar desinteresadamente contra el negro chapapote. Cuando ya se comenzaron a organizar los dispositivos, se les proporcionó, además de mascarillas y guantes de protección, un mono blanco, que se convirtió en un símbolo de identidad y de ahí surgió la definición “marea blanca”.

Pabellones polideportivos, lonjas y otros edificios públicos se reconvirtieron en centros de acogida e improvisados comedores para poder atender a esa marea solidaria. Unha lucha a la que sumaron pescadores, mariscadores y también el propio Ejército, además de militares de otros países, que proporcionaron también apoyo logístico.

Además de grupos organizados, también llegaron a Costa da Morte múltiples voluntarios a título individual procedentes de muy diversos lugares. Uno de ellos fue el lituano Antanas Biskontas que, durante meses trabajó sin descanso cargando y transportando “capachos” cargados de chapapote en la costa de Muxía. Desgraciadamente, falleció a principios de 2004, a los 44 años, víctima de un cáncer.

La marea solidaria también se manifestó en forma de donaciones, tanto económicas, como de alimentos, e incluso de juguetes, y también de maquinaria y equipamientos para la lucha contra el chapapote.

Fruto de esa ola de voluntariado, los días de convivencia en la costa y en las villas marineras de acogida sirvieron también para que surgiesen historias de amor, algunas de las cuales acabaron en matrimonios. Además, algunos de esos voluntarios y voluntarias “se enamoraron” de esta tierra y varios de ellos se quedaron a vivir en Galicia.

EN PRIMERA PERSONA
“Hai que quedarse co positivo”
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Alberto Blanco, Exalcalde de Muxía

El entonces alcalde de Muxía, Alberto Blanco (PP), dice preferir quedarse “co bo” y lo positivo derivado de la catástrofe, durante la cual “intentamos facer as cousas do mellor xeito posible, aínda que o mellor é que nunca tivese sucedido”. Asegura que “o Goberno volcouse con esta zona e non escatimou medios para axudar aos afectados, e o conxunto da sociedade amosou unha grande solidariedade, empezando polos muxiáns”.

Dos décadas despúes, Blanco asegura que en este tiempo “conseguíronse cousas importantes para Muxía e para a Costa da Morte, como o Parador de turismo, ou a autovía”, aunque“tamén se perderon oportunidades de fixar poboación co rexeitamento do bipartito á piscifactoría de Touriñán e á planta de repoboación de especies mariñas prevista en Moreira”.

En el plano positivo sitúa también la pronta recuperación del medio marino y el hecho de que “Muxía e a Costa da Morte situáronse no mapa; o auxe experimentado no sector turístico é a mellor proba”, concluye.

“Vin para 15 días e levo 20 anos aquí”
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Sole Méndez, Voluntaria en Fisterra

Emprendió viaje desde la Sierra de Gata (Extremadura), donde estaba desarrollando un proyecto de agricultura ecológica, para ayudar a limpiar el chapapote. “Vin para 15 días e levo aquí 20 anos”, afirma Sole Méndez, hoy una gallega más. Se instaló en Fisterra, donde trabaja como mariscadora. Aquí nació su hija, Alegría Fisterra, un nombre que lo dice todo y que tiene su explicación. “O de Alegría púxenllo porque era o berro co que nos animábamos os voluntarios cando tiñamos momentos baixos, e adoptámolo porque un día un galego dixo: alegría, que non pasa nada”. Y el de Fisterra se explica por sí solo.

Por su trabajo y porque además siente la necesidad de ello, Sole recorre con frecuencia las playas en las que limpió el chapapote y lamenta que, veinte años después, “siga chegando a toda a costa o petróleo, agora a través dun produto derivado: o plástico”. Ella sigue luchando contra esta nueva contaminación y reivindicando un mayor respeto por el medio natural y el patrimonio de esta comarca.

“Atendíamos a 500 personas cada día”
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Sven Schewebsch, Voluntario en Carnota

Comenzó limpiando la costa de Baiona pero al cabo de unos días le dijeron que ya no era necesario, y llamó a varios sitios con la intención de seguir luchando contra la marea negra. Cuando llamó a Carnota le dijeron “cama no tenemos, pero trabajo mucho”. No lo dudó y puso rumbo norte con su autocaravana. Recaló en Lira, al lado de la piscifactoría. Al día siguiente se despertó rodeado de autobuses cargados de voluntarios. Primero ejerció de intérprete y, a los pocos días, asumió la función de coordinador. Habilitó como campamento base una nave abandonada, de una antigua conservera, en Ardeleiro, que fue reconvertida en centro de coordinación y de asistencia a quienes limpiaban la costa.

Después se instalaron carpas y habilitaron zonas de descontaminación de botas. Durante meses ese fue uno de los epicentros de la lucha contra el chapapote. “Cada día atendíamos entre 500 y 600 personas”, afirma Sven, quien decidió instalarse en Carnota y allí sigue desarrollando múltiples proyectos medioambientales.

13 nov 2022 / 01:00
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