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Un erasmus afgano de la USC podría ser asesinado en su país por escribir un libro

En una carta abierta, A.K. denuncia la corrupción y la violencia talibán. Su familia está atemorizada

El Correo Gallego publica hoy la carta abierta escrita por A.K., un erasmus afgano de la Universidade de Santiago cuya vida corre peligro en su país. ¿Cuál fue su delito? Denunciar en un libro la corrupción y la violencia talibán. Como él mismo relata, resulta evidente que el terrorismo ha ganado la batalla en Afganistán, donde el aumento de poder de los talibán tiene atemorizada a gran parte de la población. Sin embargo, y contrariamente a lo que cabría esperar, dice, “mucha gente prefiere ignorar lo que pasa”. No es el caso de su familia, cuya sensación de inseguridad es cada vez mayor.

Esta es la carta abierta de A.K.

“Me llamo A.K., tengo 27 años, y oculto mi nombre por la seguridad de mi familia. He escrito un libro que se publicará en España: Golpeados por la historia: recuerdos de un estudiante afgano, en el que he narrado la historia de mi familia, y que es un homenaje a mi pueblo, el pueblo hazara. Los hazara somos millones de personas que formamos parte de una de las minorías de Afganistán. Descendemos de los antiguos mongoles, por eso somos insultados como “chinos”; nuestra lengua es el persa y nuestra religión el islam chiita. Nuestra patria fue el Hazarayat, el principal reino de lo que será un país artificial, Afganistán, creado por el imperio inglés como estado tapón frente a imperio ruso. Ahora somos una de las minorías raciales, lingüísticas y religiosas de ese país que nunca existió.

Para crear ese país los ingleses decidieron armar a uno de los pueblos de la región, los pastunes, que llevaron a cabo uno de los grandes y desconocidos genocidios de la historia reciente, el genocidio hazara, en el que murieron millones de personas, y cuyas consecuencias sigue sufriendo mi pueblo por parte de los pastunes, el grupo dominante en Afganistán, del que nacieron los talibanes. No todos los pastunes son talibanes pero sí es cierto que todos los talibanes son pastunes.

Nací en la montañosa provincia de Ghor, en el centro de mi país y pertenezco a una familia de jornaleros, de campesinos sin tierras ni casas que trabajaron por siglos para los terratenientes de la región, que les asignan casa y tierras en unas aldeas gobernadas por el alguacil que nombra el señor y por los mullahs, y en las que el gobierno casi no está presente. Son los terratenientes los que votan por todos sus dependientes, enviando los votos en mulas, en esos simulacros que se quieren vender como elecciones.

Mi familia emigró a Herat para vivir mejor, y yo estudié en varias madrasas, seminarios para formar clérigos, a las que me envió mi padre para que yo no tuviese que ser un jornalero. Gracias a ello y a mi expulsión de la última de ellas pude cursar el grado de Historia en Herat y Santiago de Compostela. Abandoné la práctica religiosa cuando vi que los principios morales comunes a las grandes religiones, como el islam, el judaísmo y el cristianismo, eran aplastados por el fanatismo, la intolerancia y el odio que desemboca en la violencia.

Me dirijo desde Herat a la Universidade de Santiago, y al Gobierno de Galicia y de España, que ha enviado su Ejército para ayudar a la reconstrucción de mi país, porque la ciudad de Santiago y su universidad me dieron acogida por un curso, en el que por primera vez en mi vida pude vivir como un joven. Santiago es una ciudad abierta que acoge a gentes de todo el mundo sin importar las religiones, las ideologías políticas ni la condición social o económica. En Santiago pude vivir al amparo de mis valores, que son la dignidad y el valor de la vida de las personas, el respeto hacia los demás, la tolerancia, el diálogo, la solidaridad y el respeto a las ideas y los sentimientos de todos. Valores todos ellos compartidos por su universidad y por la Constitución y las leyes españolas.

Quiero hacer una llamada de atención desde uno de los suburbios hazara de Herat, en el que vivo con mi madre y mis dos hermanos menores, ganándome la vida como profesor en una academia. De mis otros hermanos, dos son albañiles y trabajan ilegalmente en Irán y mi otra hermana vive como campesina en mi región de origen, Ghor. Mi padre, jornalero descendiente de jornaleros, murió hace años.

Creo que el mundo debe conocer qué es lo que está pasando en Afganistán, un país en el que la corrupción y la mentira infectan al Gobierno y la Administración, en el que la violencia es omnipresente, hasta el punto de que todos los miembros de su Gobierno han hecho que sus familias vivan fuera de su país, porque no puede protegerlas en él. La intervención de la ISAF en Afganistán mejoró parte de las condiciones de vida de mi país, pero no supuso ni la implantación de la democracia ni el fin de la violencia. Es verdad que se frenaron la violencia y el fanatismo talibán, pero solo para dejar que ahora vuelva con un nuevo vigor. Esta es la situación de mi pueblo, que vuelve a ser el objeto predilecto de la violencia talibán.

A fines de 2018 Trump encargó a su embajador en Irak, Zalmay Khalizad, un pastún norteamericano y destacado miembro del partido republicano, la misión de negociar la paz en Afganistán. Su objetivo era lograr la retirada de sus tropas para mejorar sus perspectivas electorales. El negociador mantuvo conversaciones con los líderes talibán en Qatar durante muchos meses y a puerta cerrada, y consiguió al final que se firmase un acuerdo el 29 de febrero de 2020 en la ciudad de Doha.

De acuerdo con él, los EE. UU. retirarían todas sus tropas de Afganistán en un determinado período de tiempo y los talibán se comprometían a no atacar a las tropas norteamericanas y a romper sus lazos con Al Qaeda. Además de ello, el gobierno afgano debía comprometerse a liberar a 5.000 prisioneros talibán como signo de buena voluntad, antes de que ese mismo gobierno y los talibán iniciasen por su parte otras conversaciones de paz.

A partir de entonces fueron liberados miles de prisioneros talibán, y la mayor parte de ellos volvieron a la guerra. Es cierto que dejaron de atacar a las tropas norteamericanas, pero concentraron sus ataques en el ejército afgano y en los civiles, lo que demuestra que el único propósito de los EE. UU. era poder salir de Afganistán. Cuando se firmó el acuerdo, el país estaba sufriendo además una gran crisis política. Tras las elecciones presidenciales, muchos políticos y votantes apoyaron la candidatura de Abdullah, el candidato tayiko, mientras que los pastunes apoyaron a su candidato Ashraf Ghani. Solo votaron dos millones de personas, y la comisión electoral tardó seis meses en hacer públicos los resultados. Cuando esa comisión proclamó ganador a Ghani, Abdullah y sus seguidores la acusaron de fraude, y por esa razón se proclamó a su vez ganador y presidente. La situación empeoró y surgió el temor de que el país estallase un conflicto entre pastunes y no pastunes. Ambos candidatos se proclamaron presidentes el mismo día, pero todos los embajadores y representantes extranjeros asistieron solamente a la ceremonia de investidura de Ghani.

Como había conflictos también dentro de los seguidores de Ghani, y la tensión política se hizo insoportable, los EE. UU. advirtieron a los dos presidentes que retirarían su ayuda de cien mil millones de dólares para el año siguiente si no se ponían de acuerdo. Se pusieron de acuerdo inmediatamente, convirtiendo a las elecciones en una farsa, como había ocurrido con las del 2014, cuando los dos candidatos tuvieron el mismo problema. Esta crisis fue una de las razones por las que las conversaciones entre el gobierno y los talibán no se habían iniciado, y como la violencia crece cada día, no parece previsible que esas conversaciones tengan ningún futuro. En mi opinión, incluso aunque esas conversaciones se celebrasen, el gobierno acabaría compartiendo el poder con los talibán, por lo que no llegaría la paz.

Una parte de los talibán cree que de ninguna manera se puede negociar con los EE. UU y el gobierno de Kabul y que deberían continuar con su jihad. Cuando los medios de comunicación occidentales hablan de este tratado de paz, ocultan que los talibán no solo tienen fuertes vínculos con Al Qaeda, sino también con el Isis. Los talibán y el Isis han llevado a cabo muchos ataques coordinados en los últimos años, sobre todo en las zonas chiitas del país.

La relación entre los talibán y Al Qaeda es muy distinta porque tiene una larga historia. Sus vínculos siempre han sido muy fuertes y los talibán dieron cobijo y proporcionaron lugares seguros a Al Qaeda porque simpatizan con su ideología. Puedo dar fe de cómo los estudiantes que son partidarios de los talibán están muy orgullosos de este apoyo a Al Qaeda. Según los informes de las Naciones Unidas y varias agencias independientes, Al Qaeda no solo tiene entre 400 y 600 unidades distribuidas entre doce provincias de Afganistán, sino que también tiene allí sus campos de entrenamiento, y según algunos medios sus militantes rondan los 2.300. Hay informaciones totalmente fiables y testigos presenciales de que en muchas provincias del sur de mayoría de población pastún los talibán refuerzan sus lazos con Al Qaeda pactando matrimonios entre miembros de los dos grupos, lo que hace que esa relación sea muchísimo más fuerte y más compleja. Puedo dar fe como persona que escucha diariamente a los jóvenes simpatizantes y colaboradores de los talibán desde hace cuatro años, que el fin de ese movimiento es recrear el “emirato islámico de Afganistán”, y volver a recuperar el poder que habían ejercido despiadadamente entre 1996 y 2001.

En el instituto donde doy clase se imparte una asignatura en la que los estudiantes comparten su información sobre los asuntos que más les interesan, y el profesor y el resto de la clase escuchan a quien hace la exposición. La finalidad de esta asignatura es desarrollar la capacidad de expresión del alumno, pero a mí me ha proporcionado la oportunidad de escuchar y entender a mis alumnos, que son una muestra de la sociedad afgana y que representan a sus diferentes comunidades. Hablan mucho de sus sistemas políticos favoritos, y cuando lo hacen se puede ver que muchísimos jóvenes pastunes admiran a los talibán, y creen que hacer la jihad y matar infieles es obligatorio según el Islam, y que el único gobierno posibles es el emirato islámico.

También creen que la jihad debe expandirse por todo el mundo utilizando toda clase de medios. Este asunto me ha llamado mucho la atención y veo cómo esta opinión se está haciendo cada vez más mayoritaria con el paso del tiempo. Permítanme explicar cómo es exactamente la relación entre los talibán y Al Qaeda, porque ambos son inseparables en algunas partes del país, y nadie en el mundo sabe mejor esto que la CIA. El hecho de que los Estados Unidosyan firmado un tratado de paz con los talibán significa en cierto modo haberlo hecho también con Al Qaeda, y haberles entregado totalmente el país. ¿A qué se ha debido esto? La respuesta más lógica es que Trump solo quiere llevar sus tropas de vuelta a casa, porque piensa que eso sería una gran baza para su reelección, y porque su administración quiere dejar de gastar dinero en Afganistán. Creen que ese esfuerzo es demasiado costoso y además inútil. En ocasiones ha dicho que la India y otros países vecinos deberían enviar tropas a Afganistán y asumir el coste militar. Además, en algunos medios de comunicación norteamericanos se ha dicho que en la cabeza de Trump este tratado de paz podría hacerlo merecedor del premio Nobel de la paz por sus esfuerzos para consolidar la paz mundial. Yo no sé si a Trump le concederán el Nobel de la paz, pero lo que sí sé es que él no traerá la paz a Afganistán.

Sea por la razón que sea, el terrorismo ha ganado la batalla. Desde la firma del acuerdo con los talibán, cada vez es más fuerte y la situación es cada vez más violenta, como ha confirmado la ONU basándose en informes y testimonios de primera mano. Algunas de las cosas que los talibánes usan para lograr sus fines políticos son: poner bombas en las carreteras, realizar ataques suicidas, destruir puentes y calles, quemar escuelas con los niños dentro, atacar hospitales materno-infantiles, capturar a los miembros de las fuerzas de seguridad afgana y cortarles brazos y piernas, detener a pasajeros hazara y dispararles o quemarlos vivos, azotar y lapidar mujeres en público, etc. No me puedo creer que ahora se considere que no son un grupo terrorista.

Podría resultar muy difícil de entender por qué los talibán conservaron siempre parte de su poder. Eso se debió a que el gobierno afgano siempre fue muy flexible con ellos, y a que el presidente etno-nacionalista Ghani y sus seguidores siempre quisieron convencer a la gente de que: “los talibán habían cambiado”, y que respetarían a las mujeres y los derechos humanos si se compartía el poder con ellos. Nada de esto es cierto. Ellos aplican la sharía islámica más estricta, y prohíben a las mujeres estudiar y trabajar. Y además su único fin es hacerse con el poder en Kabul y establecer su emirato. Tras la firma del acuerdo, los que comparten las ideas de los talibán y los que creen que pueden consolidar al gobierno pastún hablan de una victoria sobre los talibán que en realidad no es más que una victoria justamente de ellos. Trump ha dicho que una vez que se retiren las tropas de la ISAF probablemente se vaya a producir un colapso, porque los talibán volverán a tomar el poder. Pero también dice que su país no es la policía de Afganistán.

En el mes de abril de este año, el coronavirus llegó a Afganistán. Yo mismo y mis dos hermanos padecimos la enfermedad. A comienzos de junio, el gobierno informó de 18.969 casos, pero todo el mundo cree que la cifra habría que multiplicarla por diez. Cuando comenzaron a producirse las muertes, se cerraron las escuelas y las universidades, pero el resto del país siguió funcionando, y las familias siguieron enterrando a los muertos en la forma habitual, en un ataúd abierto en tierra. En este mismo período de tiempo, el propio gobierno ha confirmado que el número de personas asesinadas por los talibán y otros grupos multiplica por cinco el número de muertos por la enfermedad.

La violencia y la miseria crecen cada vez más en diferentes regiones y comunidades. No es seguro por ejemplo dar un paseo por mi ciudad, porque la gente es asaltada y asesinada. Cerca de mi casa, un hombre y su hijo fueron asesinados por ladrones armados solo porque se resistieron a entregarles la bicicleta, el móvil y el poco dinero que llevaban encima. Siempre ha habido violencia en mi país, desde que yo tengo memoria, pero ahora es mucho peor.

En la últimas cuatro semanas, un grupo de manifestantes aymaq, que protestaban porque el gobierno repartía la ayuda humanitaria entre parientes y amigos, fue atacado por la policía. Siete personas murieron y doce quedaron heridas de gravedad. En otro ataque en Herat, en la maternidad Dasht-e Barchi, que está en el área hazara de Kabul, veinticuatro mujeres y sus bebés fueron esinadas. En ese mismo momento, veinticuatro trabajadores que intentaban pasar ilegalmente a Irán fueron capturados por la guardia fronteriza iraní y tras torturarlos fueron arrojados al río Harirud, en el que murieron. En la misma semana, los talibán detuvieron un autobús que viajaba de Ghazni a Kabul y quemaron vivos a seis pasajeros hazara.

Lo más deprimente para mí es que en los medios la gente se alegra de los asesinatos de los hazara. Mucha gente prefiere ignorar lo que pasa, y se dedican a hacer chistes o a lanzar bulos sobre la vacuna del coronavirus. Cuando veo que nadie reacciona ante esta creciente brutalidad y como los medios hacen que todo caiga pronto en el olvido, comienzo a perder la esperanza. En Afganistán no existe ninguna posibilidad de manifestarse pacíficamente. En 2016, una manifestación fue atacada por un comando suicida que causó la muerte de 85 manifestantes, dejando a muchos más heridos. A partir de entonces cesaron las protestas masivas, y el gobierno fue acusado no solo de no hacer nada para impedir actos como éste, sino de coordinarlos con los terroristas para frenar las protestas.

Desde la liberación de los prisioneros talibán, en mi ciudad, Herat, los terroristas fundamentalistas son cada vez más activos. Se dividen en dos grupos, los que defienden el emirato islámico, que normalmente son pastunes, y los que defienden el califato islámico, que debería integrar en una unidad a todos los países islámicos del mundo. Los primeros son los talibán, y los segundos forman el grupo Hizb ut-Tahrir. A estos últimos la policía no se los está tomando en serio, pero se puede ver como cada vez son más y van acumulando recursos financieros. Sus miembros tienen una relación muy estrecha con el gobierno iraní. Muchos de ellos son becados como estudiantes en las universidades de Irán. Los miembros del grupo son jóvenes de clase media de etnia tayika y religión sunita. El aumento de admiradores de este grupo y de los propios talibán es muy preocupante, porque pretenden iniciar una guerra religiosa con los chiitas y acabar por enfrentarse con el propio gobierno.

Hasta hace poco, estos dos grupos se odiaban, pero desde este año parecen estar unidos y coordinados entre sí. Incluso publican sus comunicados durante el día, mientras que hasta ahora lo hacían solo por las noches, cuando amenazaban a las personas que defienden la educación no religiosa con sus “cartas nocturnas”.

También comienzan a ser muy activos en las redes sociales, y creen que quien no está de acuerdo con ellos es un enemigo del Islam. Copan todas las redes sociales y amenazan e intimidan a la gente a través de ellas. Personalmente he decidido desactivar mi Facebook por esta razón y para que no puedan localizar la casa en la que vivo. Aunque no soy una persona relevante, algunos de mis estudiantes me seguían, hasta que comencé a darme cuenta de que, como defendía los derechos de los hazara, la gente comenzó a dejar de hablar conmigo. Yo, como otros hazara que mantienen la página web llamada “La república del silencio”, he intentado defender las culturas y las lenguas no dominantes, como la de los aymaq, balooch y los hindúes, que son maltratados en las escuelas religiosas. Por esa razón defendía le enseñanza secular en escuelas y universidades. Ya no puedo hacerlo porque no me siento seguro. Incluso dudo de si he estado perdiendo el tiempo porque no voy a conseguir que nada cambie en la vida real.

La sensación de inseguridad de mi familia es cada vez mayor con el aumento del poder de los talibán. Mi madre, que en su vida solo ha viajado desde mi aldea natal a Herat, quiere que nos hagamos pasaportes para poder reunirse con sus hijos que trabajan ilegalmente en Irán. El problema es que el gobierno de Herat no nos expide el pasaporte porque somos originarios de la provincia de Ghor. Tendríamos que viajar hasta allí en autobús, unos 300 kilómetros por carreteras de montaña, o ir directamente a Kabul y esperar a que nos los diesen., pagando un soborno. Nuestro autobús podría ser asaltado en el camino, como suele ocurrir, y no nos podemos permitir viajar en avión. No sé qué va a ser del futuro de mi familia.

Yo sé que mi historia no tiene nada de especial, y que en el mundo hay millones de personas que viven en situaciones similares a la de mi familia, e incluso mucho peores. También sé que la vida humana, el más sagrado de los valores, en realidad no vale nada y que muchas veces a nadie le importa la muerte o el destino de los demás. Pero a mí me importa mucho la vida de mi madre y de mis hermanos menores y el destino de mi pueblo. En el ghetto judío de Cracovia un niño escribió: “aunque los océanos fueran de tinta y los cielos de papel, no podría describir los horrores que estoy viviendo”. Yo he tenido la suerte de poder estudiar en Santiago de Compostela y de disponer de un poco de papel y tinta para poder publicar un libro en una importante editorial española y dar así testimonio de la vida de mi familia y de mi pueblo, que es una parte irremplazable de la humanidad.

Desde mi desesperación, hago una llamada pública a las autoridades de la Universidad de Santiago, una universidad que también fue un poco la mía, a las de esa ciudad, de Galicia, de España, y a todas las fuerzas políticas y organizaciones religiosas que defienden la solidaridad entre las personas y los pueblos, para que me ayuden a sacar a mi madre y mis hermanos de Herat. No pido caridad, yo puedo trabajar, enseñando árabe, persa, pastún, y tengo un buen dominio del inglés y cada vez más aceptable del español. Mi madre solo quiere huir y reunirse con sus hijos; mi hermana, que se salvó de un matrimonio pactado de niña y de otro a los 16 años, quiere estudiar en la universidad en algún lugar donde se reconozcan los derechos de las mujeres. Yo seguiría enviándoles dinero si pudiese trabajar como profesor, o en cualquier otro oficio en España. Para mí sería una experiencia maravillosa volver a vivir en la ciudad que me acogió, Santiago de Compostela.

No sé si tendré alguna respuesta, o si mis palabras se perderán en el viento, pero de todos modos quiero que mi testimonio, recogido en un libro cuya publicación puede suponer un gran riesgo para mi vida y la de mi familia, quede grabado como el epitafio de una vieja tumba”.

10 jun 2020 / 14:41
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