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Francisca Moar Pardo

"Antes aquí había aldea, agora só queda o burato"

Vecina de As Encrobas que defendió el valor de su tierra en la Revolta de 1977. Luchó cuerpo a cuerpo contra la Guardia Civil para impedir la toma de posesión de Unión Fenosa sobre los terrenos expropiados para abrir la mina de Limeisa

A.TALADRID • CERCEDA  | 14.11.2008 
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"Estabamos no monte e o terreo era en costa. Tiñamos a Garda Civil enfrente apuntándonos cos fusís e detrás de nós aos nosos homes empuxándonos para botar aos gardas e que non puideran con nós. Ás veces notabas a punta do fusil no peito e entrábache o medo por dentro... ¿Ves? Cando me acorda aínda non son quen de non chorar".

Francisca Moar es una de esas mujeres a las que lo de pelear como un hombre le queda pequeño. No como ellos, sino por delante de ellos batalló contra la Benemérita y la embestida de la gran industria en el monte de As Encrobas en 1977 con la fuerza con la que sólo se defiende lo propio, lo íntimo, "a terra que era nosa".

Tres años antes, el Consejo de Ministros de Franco declaraba el terreno de la parroquia de As Encrobas, en Cerceda, zona preferente de explotación minera en busca de lignito. Por aquel entonces los vecinos de la zona no llegaban al medio millar, pero tenían algo con lo que no contaba el gigante implacable del progreso industrial: en As Encrobas había pueblo, había alma.

Y el pueblo no iba a rendirse sumiso en la batalla de David contra Goliat dejando que expropiasen sus bienes y sus raíces para teñir sus vidas del color negro del carbón. Comenzaba entonces, a principios del 77, la autoreivindicación del agrarismo en la que pasó a la historia como A Revolta das Encrobas, marcando un hito en el sindicalismo del agro. La historia de esta batalla tiene final agridulce. Unión Fenosa, la encargada de la expropiación minera de As Encrobas, conseguía meses después instalarse en la zona, abrir la mina y dejar un enorme mordisco en la montaña que hasta entonces no era piedra, sino aldea. Sin embargo, para ello había tenido que enfrentarse a un pueblo que consiguió poner en pie de guerra a toda la opinión pública gallega, que con su presión exigió y consiguió que el irrisorio precio que la eléctrica ofrecía en un primer momento por los terrenos a expropiar se multiplicase hasta por 30. En la prensa salían entonces fotografías del campo de batalla de la Revolta: los montes de As Encrobas, donde una Francisca "con 35 anos, que quén os collera de novo", y decenas de mujeres como ella, mayores que ella e incluso su propia madre, se encaraban con guardiaciviles. "Daquela non era como agora, a represión das forzas da orde era moito máis dura e se collían aos nosos homes desfacíannolos. Por eso por diante iamos as mulleres, e con nós parecía que eran algo menos brutos", relata con una sonrisa tímida de quien casi se avergüenza de una situación en la que no se reconoce pero de la que se enor-
gullece. La batalla era a todas luces desigual. Contra tricornios, capas y fusiles, luchaban paraguas, piedras y palos y vecinos que "nin roupa de abrigo nin comida levabamos". Y es que los enfrentamientos llegaban de repente. "Viña algún veciño e avisaba: ‘veñen por tal sitio do monte’, e entón alá iamos todo o pobo ao monte a atrancarlles o paso. Eles viñan contra nós, e nós a non deixarlles pasar. Volvían de alí a un pouco, e nós outra vez a aguantar", recuerda Francisca. Cortar el paso a la Guardia Civil hacia el terreno que el Estado pretendía expropiar tenía un significado más allá del simbólico: la expropiación no se haría efectiva mientras un representante de Fenosa no pusiese el pie sobre la tierra de As Encrobas. Por eso el objetivo estaba claro. No pasarán.

Pero pasaron. Un ingeniero de minas representante de la gran empresa puso sus pies sobre "a terra que levaban e que, por moito que pagaran por ela, era nosa". Pese a haber librado media docena de combates cuerpo a cuerpo en el monte, la guerra de Francisca comenzaba sin embargo entonces.

Los pagos por el terreno expropiado llegaron a satisfacer a algunos vecinos, pero Francisca supo siempre que su casa valía más. Su finca, su granja... no podían comprarse al precio que Fenosa ofrecía. Y así fue. Al tratarse de una parcela fuera del radio que abarcaría la mina aunque estrictamente en su zona de máxima afección, Fenosa no ofreció más por ella y Francisca pudo quedarse dentro, pero aquel ya no era su hogar. Primero llegó el aislamiento. "Esto era unha aldea e agora xa ves, ningún veciño. Nada. Só o burato", muestra mirando con furia a la mina.

La soledad es la principal enfermedad que sufre Francisca, sola desde hace años, con la única compañía de una hija, Mari Carmen, que depende de ella, en el medio de la nada. Pero hasta la nada se tambalea. El enorme agujero en la montaña generado por la extracción de lignito hace que el suelo tiemble bajo los pies de Francisca. Su casa se ha agrietado, como su cara y su vida, mientras espera la ayuda de alguien que asuma que en As Encrobas, antes de una mina de dinero, había un pueblo.